domingo, 3 de septiembre de 2017

Viaje a Galicia.





Mi mujer y yo tuvimos el honor de ser invitados desde La Coruña por mi antiguo compañero de trabajo y amigo, Pepe López, a los actos de presentación del árbol genealógico de su familia, que había ultimado tras largos años de investigación y que tendrían lugar en Palas de Rei (Lugo), lugar de origen de la misma.

Como yo había estado implicado muy directamente en la creación de una obra de ese tipo por línea materna y continuaba con los trabajos de la línea paterna, esa curiosa coincidencia, sumada a la amabilidad y sinceridad de su ofrecimiento, nos motivaron para aceptar la invitación.

También asistiría desde Barcelona otro común amigo y antiguo compañero de trabajo: Emilio Fernández, gallego de nacimiento; un reencuentro que me alegraba.

Así que el 26 de agosto de 2016, día previo a la celebración del evento, viajamos en tren desde Sevilla a Lugo, previo transbordo en Madrid. En Lugo estaba previsto que nos recogieran  para el traslado al pueblo.

A la llegada vivimos unos momentos de incertidumbre, pues nadie nos esperaba y tanto mi amigo como su amable mujer, Mª Jesús, no respondían a nuestras llamadas por teléfono.

Poco después apareció para recogernos en coche una simpática joven, Silvia, allegada a la familia, quien nos informó de la fatal coincidencia del reciente fallecimiento de una hermana de mi amigo, por lo que estaban en el funeral. Aún así, ya presentes muchos asistentes, incluso parientes llegados desde Argentina y Paraguay, no había posibilidad alguna de suspender las actividades.

Previo al alojamiento en Palas de Rei, fuimos atendidos con suma amabilidad tanto por Silvia como por sus padres y otros asistentes del acto.


Ya esa noche asistimos a la concurrida y bien abastecida cena que mi amigo organizó en la casa matriz de campo que conservan él y sus hermanos, donde nacieron y se criaron, conocida en el entorno por la Casa de Seixas de Lamaboa, situada cerca del municipio en dirección a Lugo.
Tuvimos así la oportunidad de conocer y conversar con los familiares más cercanos y algunos de los llegados desde Argentina y Paraguay, resultando una animada y grata velada.


En este caso no puedo por menos que añadir un recuerdo por otro común amigo y antiguo compañero, Paco Díaz Anero, fatalmente fallecido poco tiempo atrás en Ferrol; recuerdo que me evocaron dos cuadros por él pintados, colgados de una pared del salón, uno de los cuales expongo. Paco, además de su trabajo habitual, destacó en el arte de la pintura.



La presentación, el sábado día 27, tuvo lugar desde media mañana en el Polideportivo de la localidad. La admirable obra abarcaba a 33 ramas familiares y se remontaba nada menos que hasta principios del siglo XVII, por lo que era tan extensa que fue preciso exponerla en numerosos paneles colocados en las paredes, aparte de utilizar fotografías y modernos medios de proyección para facilitar su comprensión.


Siguió un almuerzo dentro del mismo Polideportivo para los más de 200 asistentes, con productos típicos de la tierra entre los que no podía faltar el pulpo a feira, terminando con la tradicional queimada de aguardiente. En la foto de arriba,  en primer lugar a la derecha, Pepe López, , seguido de su mujer, María Jesús.

La tarde estuvo animada por un grupo de gaitas, junto con bailes y canciones gallegas interpretadas por tres jóvenes traídos desde La Coruña.

A continuación, los cabezas de familia de Buenos Aires y Paraguay pronunciaron emotivos discursos y una prima de Pepe, Ana Vila, recitó poesías en castellano y gallego de un libro por ella publicado. En resumen, todo un éxito de organización y confraternidad.

Más adelante el acto filmado en el Polideportivo fue subido a You Tube, donde se puede acceder indicando: ÁRBOL PEPE PALAS DE REI 2016.


A la mañana siguiente, o sea, el día 28, nos llevó Silvia para despedirnos de nuestros amigos y nos encontramos con la comitiva principal en un campo próximo al Polideportivo. Tuvimos la suerte de llegar a tiempo de presenciar la ceremonia de nombrar Cabaleiro de Honor de la Asociación Cabaleiros de Ulloa, a uno de los familiares argentinos: Gabriel, aficionado a los caballos. En el acto había varios socios, entre ellos Norberto, hermano de Pepe, en su día presidente de la asociación y que cedió a Gabriel un caballo blanco, que montó ataviado con la capa de la Orden de Santiago. Luego le entregaron la placa acreditativa. Presenciamos por tanto una ceremonia vistosa ambientada en la Edad Media.

Después de concluido ese acontecimiento, fuimos invitados a tomar unos aperitivos en el restaurante del motel La Cabaña, allí cercano. Finalmente nos despedimos, quedando agradecidos para siempre a nuestros amigos y anfitriones por su hospitalidad gallega.


Como ya habíamos pensado aprovechar la ocasión para disfrutar del placer de viajar una vez más por Galicia, de nuevo la amable Silvia se ofreció para acercarnos con su coche a Lugo, donde habíamos reservado hotel.

Gozamos el ambiente apacible del mediodía de un domingo y de la calidad del tapeo al aire libre que ofrecen numerosos bares y restaurantes localizados en determinada zona del centro de la ciudad, como la Plaza del Campo y las calles de La Cruz o Rua Nueva.

Como en el centro se encontraba el hotel, paseamos además por otras de las limpias calles intramuros, nos acercamos a la amplia Plaza Mayor y contemplamos los monumentos del entorno, algunos de bella arquitectura.


Por la tarde caminamos por lo alto de todo el perímetro de sus murallas romanas. Merece la pena estudiar con mayor profundidad esta gran obra de ingeniería, declarada patrimonio de la humanidad, que yo no detallo por no hacer ya tedioso el relato.

El recorrido supera los dos kilómetros, pero resulta cómodo porque todo el suelo es llano o apenas presenta algún suave desnivel y está cubierto de gravilla. Nos impresionó la anchura de los muros, concebidos para la circulación hasta de carros, los cuales podrían cruzarse sin dificultad alguna.

El ambiente de noche era muy tranquilo, pero más bien hacía frío, hasta el punto de que después de cenar en un restaurante cercano al hotel, no nos fue posible, como habíamos previsto, sentarnos en la terraza de éste situada en la sexta planta, para recrearnos con las vistas de la ciudad iluminada.


El lunes 29 tomamos el tren con destino a Orense, donde llegamos poco antes del mediodía. Durante el trayecto disfrutamos contemplando el bello paisaje verde y montuoso.

Como es habitual en los veranos de esa ciudad del interior de Galicia, que al igual que Lugo visitaba por segunda vez, la temperatura era calurosa. Aún así, paseamos por toda la armoniosa y bien edificada parte central hasta llegar a la Plaza Mayor, la Catedral y las famosas fuentes termales llamadas Las Burgas, donde brotan las aguas a casi 70 grados. Después del paseo almorzamos en la terraza de uno de los restaurantes de la zona.


Por la tarde dimos un largo paseo hasta el monumental puente romano sobre el río Miño. Desde arriba divisamos en la ribera una pequeña y concurrida playa.

Antes de recogernos, cenamos con tranquilidad y con agradable temperatura en una de las terrazas cercanas al hotel.


El martes día 30 retornamos a Sevilla por el mismo medio de transporte que a la ida, dando así término a un viaje imprevisto, pero que al final nos resultó emotivo, placentero e inolvidable. 

jueves, 13 de julio de 2017

Crucero por el Báltico, 2.


San Petersburgo. Martes y miércoles. Días 12 y 13 de julio de 2016
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Llegada a las 8:00 horas. 146 millas recorridas desde Helsinki. 14 horas de navegación.

Tiempo nublado y a veces tormentoso. Frecuentes lluvias. Temperaturas frescas, incluso frías para nosotros: unos 8 grados centígrados por las tardes. Para permanecer de noche en las terrazas de la cubierta de popa, única al aire libre, disponíamos de mantas. Solo nos consolaba saber que en gran parte de España estaban padeciendo rigores de calor que superaban los 40º.

Estuvimos tentados de unirnos a la excursión de viajar a Moscú en tren de alta velocidad, con cuatro horas de trayecto en cada sentido. También, al regreso te mostraban San Petersburgo. Pensamos que no tendríamos nueva oportunidad. Desistimos porque, además de que solo disponían de guía en lengua inglesa, nos pareció un viaje agotador.

Así que nos apuntamos el segundo día (para el primero ya no teníamos plaza con guía en español) a: “Mañana en el palacio de Jussupov, con crucero por los canales”.

Nuestra meta en estos casos es siempre conocer la ciudad, prescindiendo de palacios y museos, pero no teníamos otra opción. No entrar en el palacio suponía desconectarnos del grupo, con el riesgo de deambular solos un tiempo por una ciudad desconocida, o soportar una prolongada espera.

Por la limitación de intérpretes nos tocó compartir autobús con pasajeros franceses. Las dos guías que nos iban alternando información se llamaban Natalia, nombre de mujer muy común en Rusia como sabemos, así que con Natalia se quedó la de español y ésta designó como Natacha a la de lengua francesa. Por no ser menos común, el conductor: Sasha, hipocorístico de Alejandro.


Impresionante la panorámica urbana desde sus numerosos canales. También desde el río Neva, con sus 1.300 metros de anchura, 25 de profundidad y corriente impetuosa. Atentos siempre en bajar la cabeza en las lanchas al pasar bajo tantos puentes.


Nos informaron que suman 500 los palacios y mansiones construidos por el centro de la ciudad. Destaca el Palacio de Invierno, convertido en museo: el famoso Hermitage. También aparecían muy vistosas las doradas  cúpulas  de algunas iglesias o de las verjas de frecuentes jardines.

Nos sorprendió ver un autobús español de la empresa “Autobuses Xativa, S.L.”, pero con matrícula rusa. Conocimos después que, como es muy bajo el índice de salinidad del mar Báltico, de forma más acusada en esa zona del golfo de Finlandia como consecuencia de la enorme cantidad de agua dulce que fluye al mismo, tanto de ese país como la que vierte desde Rusia el caudaloso río Neva, éste permanece congelado gran parte del año. Eso supone que su temporada turística sea corta. No sería rentable mantener una flota de autobuses parada durante largo tiempo. Así que cuando es preciso alquilan los necesarios a otros países europeos.

No contamos con tiempo alguno para compras. Parecía una medida previamente premeditada para adquirir los típicos productos rusos expuestos en las tiendas de a bordo.

Si embargo, dentro del puerto y muy próximas a la pasarela de embarque, había dos tiendas bien abastecidas. Podíamos pagar incluso en euros y en esa moneda nos daban la vuelta. Cambio: 70 rublos por euro.

También observamos en el puerto que todos los cruceros  estaban abasteciéndose de combustible, lo que hace suponer que era más barato en Rusia.
A las 18 horas del segundo día, partida con rumbo a Tallín. 


Tallín. Jueves. Día 14 de julio de 2016.

Llegada a las 9:00 horas. 160 millas recorridas desde San Petersburgo. 15 horas de navegación.
Temperatura muy agradable. Nubes y claros, aunque no llegó a llover.

Nos apuntamos a la excursión “Visita de Tallín”. Viajamos en autobús hasta la parte alta de la ciudad, pues una parte importante de la capital de Estonia está edificada en acusada pendiente. Allí iniciamos la visita.

Fue la primera y única ocasión entre todas la excursiones que realizamos, tanto en ese como en el anterior crucero, donde nos proveyeron de auriculares en el interior del autobús. Podíamos así mantener un coloquio informativo con nuestro guía: Rolando, natural de Caracas.

Rolando incluso nos facilitó su número de móvil por si ocurría algún extravío entre la muchedumbre, incidente que efectivamente sucedió. Ya avanzada la excursión lo llamó una pareja que se había desconectado del grupo. Con esa medida les resultó fácil localizarnos.

Todo el recorrido hasta la parte baja donde nos recogió de nuevo el autobús la realizamos a pie. Caminamos más de 3 horas, pero tuvimos así la oportunidad de contemplar con bastante detalle una preciosa ciudad, muy limpia y ajardinada. Dispone también de numerosas y bellas iglesias de rito ortodoxo.


Tanto la plaza principal situada en la parte baja, en el casco antiguo, llamada del Ayuntamiento, como otras del entorno y calles aledañas estaban muy animadas y concurridas de terrazas. En el centro de esa plaza existe un punto indicador desde donde se pueden ver todas las iglesias de Tallín. Incluso hicieron un chaflán en el tejado de un edificio, para que al menos se pueda contemplar la cruz de la cúpula de la única que quedaba oculta.
A las 17:00 horas partimos para Estocolmo. 


Estocolmo. Viernes y sábado, días 15 y 16 de julio de 2016
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Llegada a las 9:00 horas. 176 millas recorridas desde Tallín. 16 horas de navegación.

Ciudad de inicio y término del crucero. Temperatura suave, aunque continuaban las frecuentes lluvias como a  nuestra llegada el sábado anterior, incluso chubascos más intensos.
En esta ocasión, el viernes día 15, la excursión elegida en autobús fue: “Estocolmo: visita a la ciudad, Ayuntamiento y museo Vasa”.

Estocolmo es una monumental y bella ciudad. Se aprecia un alto nivel de vida. Está edificada sobre 14 islas e islotes, por lo que resulta característico su trazado de canales, surcados de forma continua por numerosas embarcaciones.

Durante el recorrido tuvimos la oportunidad de presenciar el vistoso cambio de guardia en el Palacio Real.


Visitamos el amplio interior de su colosal Ayuntamiento, prestando especial atención a los dos salones donde celebran la cena y el baile el día de la entrega de los premios Nobel. La cena, en concreto, tiene lugar en el llamado Salón Dorado, llamado así por las paredes recubiertas de teselas de láminas de oro entre otras dos de vidrio. La entrega en sí de los premios tiene lugar  en un edificio diferente: la Sala de Conciertos.

El Vasa fue un potente y lujoso navío fletado en el siglo XVII, que sin embargo naufragó a poca distancia de Estocolmo en su viaje inaugural. Como por las condiciones específicas de aquellas aguas la madera se conservaba en perfecto estado después de rebasados los 300 años, fue reflotado en 1961 y expuesto en un museo muy visitado donde se puede admirar.



Dada mi impericia fotográfica y la penumbra interior del museo, expongo de todas formas la foto que tomé a la maqueta del navío Vasa allí expuesta.
Terminada la excursión retornamos al barco a la hora de la comida.

Ya en esa última tarde y noche a bordo se percibe el desánimo entre los pasajeros, a pesar de que todas las prestaciones siguen en plena actividad, pues es preciso preparar el equipaje que ha de ser facturado, identificarlo con adhesivos de números y colores diferentes en función de los vuelos y, como máximo, disponerlo en las puertas de los camarotes a la 1:00 de la madrugada.

Con todo, lo más negativo, al menos para nosotros, es madrugar al día siguiente, pues los camarotes han de quedar libres a la 8:00 horas, justo la jornada que corresponde al cansado viaje de retorno.

En alguna ocasión gestionamos para evitarlo, al menos en los casos de quienes permanecíamos en el barco hasta las 13 horas, como era nuestro caso, incluso algunos hasta más tarde, pero nos comunicaron que no era posible por el sistema del orden establecido para la limpieza general. Cierto que disponíamos de lugares de descanso y podíamos incluso tomar aperitivos y comer, pero era mucho tiempo y ya deambulábamos como ausentes.

A pesar de todo, nuestra experiencia con los cruceros ha resultado del todo positiva. En las largas horas de navegación disfrutamos de la vida a bordo tan animada, tan cómoda y con tan abundante y variado servicio de restauración.


No quisiera rematar el relato, sin exponer encima de este párrafo una foto del comedor donde cenábamos en grata compañía, con ambiente festivo en ocasiones y servidos por un amable y simpático camarero filipino, apellidado Miraflor.

A las 16:00 horas embarcamos en el aeropuerto de Arlanda en un vuelo de Iberia con destino a Madrid. El avión era el mismo que nos llevó. Esos vuelos están concertados con Costa Cruceros. Allí coincidimos con el nuevo pasaje.

Esa noche nos hospedamos en Madrid cerca de la estación de Atocha, para regresar a Sevilla en el AVE el domingo día 17 de julio de 2016, dando así por concluida tan inolvidable singladura.

sábado, 27 de mayo de 2017

Crucero por el Báltico, 1.



Por las razones que exponía al término de la última entrada, publicada el pasado día 21 de enero, con la que daba fin al relato del crucero desde Venecia a Estambul, al año siguiente, o sea, en 2016, mi mujer y yo repetimos la experiencia. Para la segunda ocasión, elegimos el mar Báltico como escenario.


La compañía fue la misma: la italiana Costa Cruceros. El buque, el Costa Luminosa, aún más lujoso que el Costa NeoClassica con el que navegamos el año anterior.

Pero en adelante, afectado ya por la pereza narrativa después de cinco años dedicado a estos menesteres de bloguero aficionado, espaciaré aún más las entradas y, en todo caso, me limitaré a relatar algunos viajes de forma resumida, siquiera porque quede constancia para mi propio recuerdo.

Estocolmo. Sábado, día 9 de julio de 2016.

Conforme a mi propósito, prescindo de contar el viaje previo y estancia del día anterior en España y me sitúo ya directamente en las 15 horas de ese día cuando, en vuelo procedente de Madrid, aterrizamos en el aeropuerto de Arlanda.

Temperatura agradable. Unos 23 grados. Ligeras lluvias.

Para nuestra grata sorpresa, personal de la compañía se encargó de transportar nuestros equipajes hasta la misma puerta de los camarotes.

Como la distancia hasta el puerto de Estocolmo es de unos cincuenta kilómetros, nos trasladaron en autobús. Tuvimos así la oportunidad de contemplar un bello paisaje, llano o ligeramente ondulado, muy verde y forestado.

Los campos de cultivo para el ganado estaban ya cosechados y las alpacas, de forma rectangular, dispuestas de forma ordenada y envueltas en plástico blanco.

Teníamos reservado el camarote 8.357, situado en la aleta de estribor, a una altura de un edificio de ocho plantas.

Era lujoso, incluso disponía de un balcón exterior equipado con dos sillas y una mesa. Lástima que solo en contadas ocasiones pudimos gozar de esa intimidad externa contemplando el panorama, bien por las frecuentes lluvias, bien por temperaturas demasiado frescas a medida que avanzábamos con rumbo norte.

Esa tarde la dedicamos a acomodarnos, registrar la tarjeta personal de crédito y conseguir la interna, que nos facultaba para todo tipo de pagos a bordo y como documento de identidad.

Cambiamos el turno para la cena a las 21:30, pues, en contra de lo previsto, nos habían asignado el primero, o sea, a las 19:00, que para nosotros supone una hora más propia para la merienda.

Recorrimos las distintas dependencias y servicios del buque. Los puentes o cubiertas tenían nombres de gemas. Consultamos el Diario di Bordo (el año anterior el Today); hoja divulgativa donde publican las distintas actividades internas y externas.

Concertamos las distintas excursiones elegidas y nos entrevistamos con la asistenta en lengua española.

No tuvimos problema alguno para expresarnos en español, aunque, si el año pasado era el idioma sobresaliente a bordo, ahora solo resultaba notable, pues la mayoría del pasaje la componían italianos. También eran numerosos los tripulantes de habla hispana.


A las seis de la mañana del día siguiente zarpamos con destino a Helsinki. Para salir al mar abierto hubimos de recorrer el fiordo de Estocolmo. Tiene una longitud de 54 millas. Es llano y muy arbolado. El litoral lo componen unas 27.000 islas, algunas diminutas, otras con dimensiones para ser habitadas, aunque solo fuera con una sola casa típica de esos países nórdicos. En suma, un bello panorama.


Helsinki. Lunes, día 11 de julio de 2016.

Llegada a las 8:00 horas. 193 millas recorridas desde Estocolmo. 26 horas de navegación.

Temperatura similar a la de Estocolmo. Nubes y claros, pero sin lluvias.

La excursión elegida fue la de visitar primero el pueblo medieval de Porvoo y así tener la oportunidad de viajar por autobús unos 50 kilómetros por tierras finlandesas, antes de retornar a la capital.

Contemplamos un precioso paisaje ondulado, muy arbolado, con abundante agua y también, los campos de cultivo de forrajes ya recolectados. Las alpacas también envueltas en plástico blanco, pero en ese caso, de forma cilíndrica y no rectangular como en Suecia.


Mucho nos gustó Porvoo, pequeña ciudad medieval que recorrimos a pie. Edificios antiguos pero muy bien conservados, adornados con numerosas plantas y flores. Calles muy pintorescas.

El conductor, un típico finlandés, hablaba un aceptable español. Me informó que su madre pasaba temporadas en la Costa del Sol, donde él acudía con frecuencia.

Por el contrario, la guía tenía aspecto moreno y un sorprendente dominio de nuestro idioma. Le pregunté admirado y me informó que era argentina, pero que ya se sentía integrada en Finlandia.

A media mañana llegamos a Helsinki. El autobús nos dejó en la zona central. Tenía verdadera ilusión y curiosidad por visitar esa ciudad desde que leí hace bastantes años Cartas finlandesas, de Ángel Ganivet.

Es de destacar la amplia Plaza del Senado, presidida por una estatua ecuestre del zar Alejandro II y la proximidad en alto de la catedral.

Nos contó la guía una breve historia del país: perteneció al reino de Suecia desde la Edad Media hasta las Guerras Napoleónicas, cuando fue anexionada por Rusia.

Aprovechando la revolución rusa de 1917, el senado se declaró independiente. Lenin tenía en estima a Finlandia, donde había residido. Además, como los rusos estaban viviendo los momentos críticos de su revolución, les confirmaron la independencia sin oposición notoria. Así que este año celebran su centenario.

Sin embargo, me resultó curioso no ver banderas nacionales por ningún sitio. Ni en los que aparentaban ser edificios oficiales.

También resultaba extraño que un zar ruso siguiera presidiendo la plaza principal, pero según nos explicaron, Alejandro II fue benefactor y protector del país y los finlandeses respetan su memoria.

Aunque el idioma más hablado es el finés, el sueco también se considera lengua oficial.


Aquí remato este relato, pero no sin añadir una anécdota sucedida en un mercado al aire libre, situado en las proximidades de la Plaza del Senado: eran numerosos los puestos con expositores de vistosas cerezas. Las amables vendedoras nos dieron a probar. Estaban exquisitas. Supimos luego que procedían de España, del Valle del Jerte. Costaban 5 euros el kilo. Para mi sorpresa, a mi regreso a Sevilla, comprobé que aquí se cotizaban a precio similar.

Al día siguiente, en los comedores del barco, aparecían entre los numerosos postres. Está claro que se abastecieron en Helsinki de cerezas del Valle del Jerte. Resulta curiosa la importación de grandes cantidades de un producto español y que pese a la distancia los precios de venta sean similares a los de su origen.

A las 18:00 horas partimos con destino San Petersburgo.




sábado, 21 de enero de 2017

Desde Venecia a Estambul, 4.




Era la madrugada del domingo 5 de julio del 2015 cuando procedentes de Atenas embocamos el estrecho de los Dardanelos, donde embarcó un práctico para dirigir la maniobra durante su recorrido hasta salir al mar de Mármara, que duró más de dos horas
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Navegamos por ese mar, rebasando por estribor la isla que le da nombre con rumbo a Estambul, a cuyo puerto, en los inicios del Bósforo y el estuario que forma, llamado el Cuerno de Oro, arribamos a las 15 horas de ese día.

Me ilusionaba hacer realidad el sueño de esa navegación que me evocaba la lectura  desde mi niñez, de los versos de  La Canción del Pirata:
Y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa
y allá a su frente Estambul.


En verdad que, divisar desde el mar esa populosa ciudad de unos catorce millones y medio de habitantes, en la que destacaban las cúpulas y minaretes de las mezquitas de Santa Sofía (actualmente convertida en museo) y Azul, así como el palacio de Topkapi, nos resultó impresionante y además emotivo por la ocasión,  pues desde las 12 horas se celebraba al aire libre la Fiesta Española en los alrededores de la piscina de proa del puente 11.

Presidía el entorno una gran bandera de España y lo habían engalanado con globos rojos y amarillos. Los animadores del buque organizaron rítmicos bailes acompañados de canciones y música española. Hasta el amable jefe de los camareros se sumó al servicio de bebidas y en La Trattoria, justo en la cubierta inferior, nos dispusieron un autoservicio con abundantes, variados y apetitosos aperitivos. Todo ello nos hizo vivir unos momentos inolvidables.

Desde la tarde tuvieron lugar las distintas excursiones programadas para conocer la ciudad, acompañados con guías en español. En nuestro caso, por la causa ya indicada en anteriores entradas, hubimos de elegir la más cómoda, aunque eso significase renunciar a la más completa. Optamos por la llamada “Navegando por el Bósforo”
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Pasados los controles del puerto (el buque siempre aplicaba uno propio para cada embarque), viajamos en autobús para visitar, en principio, la mezquita de Yeni Camii en horas libres de oración. Nos proveyeron de bolsas para portar los zapatos, pues es preceptivo entrar descalzos y las mujeres estaban obligadas a llevar cubierta la cabeza. Aunque no hacía un día caluroso, la temperatura interna resultaba aun más grata, en un ambiente de recogimiento y penumbra. El suelo estaba todo cubierto de alfombras. Es un templo de bella arquitectura.


A continuación contamos con tiempo libre para recorrer los alrededores, principalmente el Mercado de las Especias, situado muy próximo a la mezquita. A pesar del nombre de tal mercado, la oferta se extendía a productos muy diferentes, incluso había tiendas de orfebrería y joyería. Nos sorprendió que muchos comerciantes nos hablasen en un español fluido y bien entonado. El euro era admitido tanto en billetes como en monedas. La muchedumbre en movimiento resultaba abrumadora. La pegatina con el número de autobús que lucíamos en el pecho, suponía un práctico distintivo para reconocernos  entre el gentío.


Reunidos en el punto y la hora previamente acordados por la guía, caminamos para embarcar en un pequeño buque. Nos adentramos varias millas por el centro del estrecho del Bósforo con rumbo al mar Negro, entonces la embarcación viró para retornar al punto de partida, navegando muy próximos a la orilla asiática. Espectaculares las vistas de la única ciudad del mundo repartida entre dos continentes.

Bien, pues para abreviar el relato me sitúo de nuevo a bordo. Ya esa tarde, siguiendo las instrucciones recibidas en una reunión previa o los consejos de la “Anfitriona en español”, Isabel, una agradable señora argentina, hicimos todos los preparativos para disponer e identificar los equipajes a fin de facilitar su recogida en función de los vuelos del día siguiente
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En nuestro caso, nos recogieron en autobús a las 13 horas del lunes día 6 para trasladarnos al aeropuerto de Sabiha Gokcen. Hasta llegar, hubimos de cruzar toda la parte europea de Estambul. Embarcamos en un vuelo de Iberia a las 17.10, para aterrizar en Madrid a las 20.40, donde pernoctamos para llegar a Sevilla al día siguiente, dando así término a nuestra primera experiencia de viajar en crucero.

En todo momento fue excelente el trato recibido por el personal de Costa Cruceros y, en general, perfecta la organización de las diferentes actividades. Como excepción, resultó negativo el escaso avituallamiento que nos proporcionaron al desembarcar con destino al aeropuerto. Nos entregaron una bolsa individual con alimentos; pero para nuestra ingrata sorpresa, cuando nos dispusimos a comer, solo nos encontramos con un par de pequeños bocadillos, uno de ellos ¡con una simple tira de berenjena frita!, una botella de agua y una pieza de fruta. Aquello resultaba contradictorio con la abundancia y variedad de comida a bordo y el sobrante diario, así que tomamos como anécdota humorística tan ridículo contenido.

En repetidas ocasiones hemos escuchado a quienes ya lo han hecho con anterioridad, opiniones contrarias al modo de viajar en cruceros. Argumentan que son muchas horas de navegación y muy limitado el tiempo para conocer las ciudades. Argumento razonable, aunque solo en parte, porque en algunos puertos (suele coincidir con el de partida y el de final de singladura), sí se dispone de uno o dos días para las visitas a tierra.

También es cierto que son varias las ciudades que pueden ser visitadas en una semana. Además, la vida a bordo resulta muy entretenida y  variada. Aparte de las piscinas hay actividades diarias tan dispares como, bailes, teatro o casino. Incluso algunos pasajeros, cuando llegaban a alguna ciudad que ya conocían, preferían quedarse disfrutando de la diversión interna.


También durante la cena en el comedor “Tívoli” se pasaban divertidos momentos en un ambiente elegante: la cena “Del Capitán” o la “Noche de Italia”, en la que los camareros lucían palomitas con los colores de la bandera italiana. Hubo momentos de baile y canciones típicas de ese país, mientras los comensales que no bailaban, agitaban y ondeaban las servilletas.


Otra noche se celebró en la cubierta de piscinas (puente 11) “La Notte Bianca” (Ibicenca), para lo que recomendaron asistir ya previamente a la cena, vestidos en lo posible con prendas de color blanco.

En resumen, para mi mujer y para mí, la experiencia resultó inolvidable, a pesar de las limitaciones por su pie dolorido. Hasta tal punto fue así, que acordamos repetir al año siguiente, aunque cambiando completamente de escenario.