sábado, 15 de septiembre de 2018

Ciudades Imperiales, 1.



      Para el tradicional viaje estival, mi mujer y yo (en adelante me referiré ocasionalmente como nosotros), optamos el presente año de 2018 por repetir un circuito en autobús organizado de nuevo por la empresa turística Travelplan.

      En esta ocasión nos decidimos por visitar las llamadas Ciudades Imperiales: Budapest, Viena y Praga; viaje que, por alguna razón, nos quedó frustrado tiempo atrás. El circuito también incluía Karlovy Vary, ciudad checa de balnearios.

      Quizás sea más clásico o habitual el recorrido a la inversa, pero nosotros decidimos iniciarlo por Budapest, simplemente porque la llegada estaba prevista de mañana y los otros vuelos arribaban avanzada la tarde.

      Además, aparte de aprovechar la jornada, esa opción nos permitía un contacto previo y oportuno con el grupo, evitando así los problemas sufridos el año anterior en Roma por la desconexión con el mismo, al llegar ya de madrugada al hotel, según expuse en la entrada de 7-1-18.

      Comienzo ya sin más el relato del viaje de la forma más resumida que me sea posible por no hacerlo tedioso, contando solo los casos más relevantes, con el añadido de algunas curiosidades o anécdotas. Aún así, fue tanto lo visto y escuchado, que precisaré de varias entradas para ultimarlo.

Domingo, 22 de julio.-

      En vuelo concertado por la empresa turística citada con la compañía aérea polaca “Enter Air”, a las 12:00 horas llegamos a Budapest procedentes del aeropuerto de Barajas, donde nos recogieron para los traslados a diferentes hoteles.
      Nos correspondió el Ibis Aero, donde nos esperaba nuestra guía responsable y acompañante durante todo el circuito: Leticia Mayor.

     Leticia resultó ser una admirable mujer, instruida y de trato afable. Nos facilitaba precisa información cultural durante los recorridos y la forma de desenvolvernos en Hungría o la República Checa con su diferente sistema monetario; florín o corona respectivamente.

     Siempre respondía con agrado a nuestras preguntas; siempre pendiente para evitar cualquier posible extravío. Además, en los tablones de los hoteles, dejaba nota escrita de la programación y modos de desplazarnos en transporte público por las ciudades.

      Dispusimos de la tarde libre con cena incluida a las 20:30 horas. Leticia negoció ese horario más cercano al acostumbrado español, ya que estaba prevista para una hora antes.


      Una vez aposentados, nosotros, como la mayoría de compañeros, nos desplazamos en largo recorrido de autobús público al centro, en este caso de la parte de Pest, donde se ubicaba el hotel, no solo por aprovechar la tarde y conocer esa zona de la ciudad, sino por alimentarnos, pues solo habíamos tomado un ligero desayuno.

     Regresamos al hotel con tiempo suficiente para cenar.

Lunes, 23 de julio.-

      Temprano desayuno en el hotel en régimen de autoservicio, pero ya estaba el comedor atestado de comensales y asistentes en pleno actividad.

      En mi caso no encontraba café descafeinado. Por lo visto allí no es habitual. Conseguí entenderme con un empleado, quien me trajo de la cocina una taza con un poco de líquido negro, supuesto descafeinado, que vertí en mi taza de leche.

      Terminados los preparativos, nos sentamos, mi mujer frente a mí. Me levanté un momento por olvido de azúcar y mi mujer hizo lo propio por mermelada. Cuando llegamos a nuestros sitios no encontramos nuestros desayunos. Supuse, o que me había confundido de lugar, o que mi mujer lo había mudado.
Yo, a mi mujer: “¿Asun, qué has hecho con las bandejas?”
Mi mujer: “¿Yo…? Nada, no las he movido de lugar, sé lo mismo que tú”.

¡Resultó que con aquel ajetreo y prisas, al verlas solas, los camareros las habían retirado intactas!

Vuelta a empezar con los preparativos del desayuno, pero ya no estaba por la labor de repetir la conversación con un empleado para conseguir otro descafeinado. Me limité a echar en la leche un sobre de lo que fuera para cambiar de color y asunto concluido. Eso sí, ya con la precaución de tener las bandejas bien asidas.

      A las 7:45 nos recogió el autobús para iniciar el recorrido, ya acompañados también por guía local como es preceptivo en cada ciudad o monumento. En este caso, una mujer cuyo nombre no recuerdo, pero sí que, aunque nativa, nos hablaba en un fluido y ameno español.


      Primero nos dirigimos a la otra orilla del río, a la parte más antigua de la ciudad, la llamada Buda, que en su mayor parte está edificada en una colina.

      Empezamos por el barrio monumental del Castillo. Visitamos la representativa iglesia de San Matías, conocida por otros nombres, entre ellos el de la Coronación, pues allí fueron coronados Francisco José y Sissí. Muy cerca, se encontraba una gran estatua ecuestre en bronce de San Esteban.

      Desde arriba se pueden contemplar unas maravillosas vistas de la ciudad, con el magnífico edificio del Parlamento Nacional en la orilla del Danubio, situado en la parte de Pest.


      Junto a la colina de Buda se encuentra la de Guéllert, donde se levanta la estatua que llaman de la Libertad.

      Hacía calor, aunque esa mañana se había suavizado por la lluvia, intensa en ocasiones.


      Pasamos de nuevo a la parte de Pest para recorrer sus lugares más emblemáticos, como la  Plaza de los Héroes, aunque no tuvimos oportunidad de detenernos y contemplar sus monumentales estatuas en bronce erigidas en 1896, con motivo del milenario de la llegada de los fundadores de la nación: 7 tribus magiares, como ellos se llaman a sí mismos, procedentes de los Urales.

      En Budapest son muy numerosos los balnearios, baños y fuentes termales en algunas calles.

      A continuación, pasamos a un barco atracado en la orilla de Pest, donde nos recibieron con una copa de cava o refresco. Brindamos en húngaro. Recuerdo que se decía algo así con Eguisigatra.

      Después nos trasladaron a otro barco que estaba a su lado y dimos un romántico y largo paseo por el Danubio. Pasamos muy cerca del Parlamento y bajo algunos puentes. El más famoso es conocido como de Las Cadenas, aunque también es muy popular otro blanco que llaman de Sissí, emperatriz muy vinculada a la ciudad.

      Retornamos al barco de origen donde estaba preparado el almuerzo. Una vez terminada la comida, concluía la visita programada.
      Nosotros optamos por apuntarnos a una de las excursiones opcionales y de pago aparte, según relato a continuación.



Parlamento.

      Esa fue la primera visita concertada. Impresionante y bello edificio, tanto en su exterior como por su decoración interior, incluso con paredes o artesonados recubiertos de pan de oro.

      Según la información de la guía, es el tercer parlamento del mundo en dimensiones, tras los de Bucarest y Buenos Aires.

      Quizás por tradición, en la Sala de la Cúpula, dos guardias con vistosos uniformes y solemnes giros custodian la corona y demás atributos regios de San Esteban I, pues en realidad se trata de réplicas. Los originales fueron trasladados al Museo Nacional.

      En otra estancia, la guía nos mostró un mapa de la Hungría anterior al final de la I Guerra Mundial. Alineada con el bando perdedor, dos tercios de su territorio quedaron anexionados a las naciones vecinas. Por ello, nos comentó que, cuando les preguntan con qué países limita Hungría, responden que con sí misma.



Basílica de San Esteban.

      Continuamos en autobús para visitar esta majestuosa basílica, considerada catedral, también situada en la parte de Pest. Es el templo religioso católico de mayores dimensiones de Hungría.

      Como simple curiosidad, añadiré que, en la cripta está enterrado Puskas, quien fuera  mítico jugador del Real Madrid.

Mercado Central.

      También en Pest se sitúa este importante mercado. Hasta allí nos llevó el autobús y se despidió la guía local. Fue entonces Leticia quien nos fijó un tiempo libre y nos informó sobre los productos tradicionales, como embutidos y patés. También encontramos vinos húngaros que desconocíamos. La planta de arriba estaba dedicada a artículos de regalo.

      Reunidos en el punto de encuentro, caminamos hasta el autobús para retornar al hotel. La cena no estaba incluida en la segunda noche de estancia en cada ciudad. Cenamos por nuestra cuenta en un pequeño y acogedor restaurante junto a la recepción del mismo, que disponía incluso de terraza y zona ajardinada. Terminaba así la visita turística a Budapest. Preciosa ciudad.

Continuará.
     

sábado, 7 de abril de 2018

Ruta italiana, 4.



Sábado, 29 de julio de 2017.-

Esa mañana, como de costumbre, nos recogió el autobús estacionado próximo a la puerta del hotel para trasladarnos a la basílica de San Pablo Extramuros, primera de las visitas programadas para la jornada.

Llegados allí, se unió a nosotros el guía local, del que en este caso recuerdo su nombre: Nino, un simpático italiano que hablaba un asombroso español, incluso utilizando todo tipo de modismos y refranes en nuestra lengua cuando venían al caso. Como tenía aspecto de mexicano y el agradable acento de ese querido país, le pregunté por su origen y, para mi sorpresa, me respondió que era de ascendencia italiana, incluso, si mal no recuerdo, nativo de Roma. Lo curioso es que él mismo se sorprendía de su acento y no le encontraba explicación, pues aunque estuvo casado con una mujer de habla hispana, ésta era dominicana y no mexicana.

La basílica y una abadía anexa forman el impresionante conjunto de San Pablo Extramuros. El interior del templo se encuentra repleto de obras de arte, entre ellas, una serie de medallones con las figuras de los papas, desde San Pedro hasta el actual: Francisco, seguidos de otros en blanco en espera de sucesivos pontífices.
Con todo, el atractivo principal es el sepulcro donde la tradición popular sitúa los restos de San Pablo, martirizado en tiempos de Nerón y enterrado allí, lo que convierte el lugar en uno de los puntos de destino y veneración de las peregrinaciones católicas romanas.


Viajamos después para conocer las catacumbas de Domitila, llamadas así porque la tradición cuenta que se excavaron en terrenos cedidos por Flavia Domitila, nieta del emperador Vespasiano y sobrina de su hijo, el también emperador Domiciano, quien, a pesar del parentesco la mandó ejecutar por cristiana.

Durante el trayecto, Nino nos explicaba cuanto de interés se divisaba en el entorno. Sobre las catacumbas nos informó que hay sesenta localizadas en Roma, de las que unas seis son las visitadas, pero que no diéramos crédito a la general creencia de que eran lugares de ocultación de los cristianos huyendo de las persecuciones de los romanos; escenario tan falso como recurrente que nos muestran las películas, pues, ni mucho menos ofrecían espacios de refugio. Ya lo comprobaríamos.

Eso mismo nos confirmó la guía encargada para la ocasión cuando iniciamos el descenso, en un recorrido limitado de los quince kilómetros descubiertos.

En principio visitamos una pequeña basílica, pero ya construida a fines del siglo IV por el papa San Dámaso, sobre la cripta donde fueron enterrados los mártires Nereo y Aquileo. Después nos adentramos en las galerías; todo un laberinto de estrechos y tenebrosos pasillos distribuidos en varios niveles de profundidad. De cuando en cuando, aparecían algunos espacios que sirvieron de panteones familiares.

También vimos infinidad de nichos rectangulares y de escaso fondo excavados en las paredes, muchos de ellos de pequeñas dimensiones, para niños, pues los cadáveres eran sepultados en posición lateral, simplemente envueltos con ropas. A los lados se pueden comprobar los huecos para las lámparas de aceite, de las que había colecciones y, a veces, aún se pueden apreciar las manchas de tizne que desprendían. Aparte de una tenue iluminación, esas lámparas ardiendo reducían la pestilencia. Nos quedó claro que lugares tan insalubres, tétricos y estrechos, no reunían condiciones de escondite para ningún colectivo.


Son frecuentes los frescos sobre algunos nichos o panteones.  En una tumba en forma de arco, pudimos contemplar en la parte interna superior la pintura de una Santa Cena y de frente, a San Pedro y San Pablo. El primero con pelos rizados y canosos en la cabeza y la barba y el segundo bastante calvo y con barba negra. La guía nos hizo notar que San Pedro no portaba las llaves de Cielo, atributo aún no considerado por aquellos primeros cristianos.

A la caída del Imperio Romano las tumbas fueron saqueadas, en busca de objetos de valor.

Salí impresionado a la superficie, pero contento por la histórica experiencia vivida. Eso sí, plenamente convencido de que, en solitario, yo no bajaba ni a la pequeña basílica iluminada, aun con la certeza de recoger un tesoro.

(Mi gratitud al componente del grupo que, con disimulo, tomó una serie de fotografías y me proporcionó algunas, lo que me ha permitido seleccionar las dos que ilustran este apartado).

Seguimos la ruta de nuevo con Nino como guía local e Isabel como responsable del grupo, para visitar desde el exterior la basílica de San Juan de Letrán, considerada la catedral de Roma por ser la sede de su obispo, o sea, del papa.


La que sí conocimos con detalle fue la basílica de Santa María la Mayor. Otro templo repleto de obras de arte. En su interior están enterrados varios papas y también se encuentra la tumba del famoso escultor Bernini.


A la derecha de la puerta principal, bajo unos soportales, se erige una estatua en bronce al rey español Felipe IV, benefactor de ese templo, muy vinculado a la corona española hasta la actualidad.

Una vez terminada la visita nos despedimos de Nino y marchamos hasta el autobús para retornar a mediodía al hotel.


Esa tarde, a las 20:00 horas, nos recogieron de nuevo para trasladarnos al barrio del Trastévere, pues teníamos incluida una cena típica italiana en un restaurante llamado La Piazzeta.

Nos encantó el bohemio y castizo barrio por su bullicio y animación, incluso vecinos jugaban a las cartas en una mesa situada en plena calle. Un ambiente latino, familiar, que nos recordaba las películas del cine neorrealista italiano, algunas de ellas interpretadas por Alberto Sordi, nativo del lugar, cuya casa de nacimiento lo señala una placa como pudimos comprobar.

Finalmente, gran parte del grupo regresamos al hotel en el autobús y algunos se quedaron para volver por su cuenta.

Domingo, 30 de julio.-

Bueno, pues nos llegó el día del retorno. Hubo quienes aprovecharon la mañana libre para conocer algunos lugares de Roma donde no estuvimos, o solo visitamos de pasada, pero mi mujer y yo, en previsión de que por cualquier contrariedad perdiéramos el vuelo a Sevilla, optamos por permanecer en el entorno del hotel donde nos recogerían a las 15:15 para trasladarnos al aeropuerto.

Llegó la hora y nadie aparecía para recogernos. Rebasados unos minutos de incertidumbre, me vi obligado de llamar al número de teléfono previsto para casos de emergencia. Me respondieron que no nos preocupásemos, pues un coche ya estaba en camino.

No voy  extenderme por no hacer tedioso este apartado, pero lo cierto es que al final, aunque llegamos a ponernos en cola justo con las dos horas previas al vuelo exigidas, no llegamos a tiempo al mostrador de facturación y, aunque facturaron nuestro equipaje, nos entregaron tarjetas de embarque sin asientos, a pesar de tener el vuelo cerrado con meses de antelación: overbooking.

Tuvimos que superar infinidad de dificultades, pero por suerte, al final conseguimos el vuelo previsto a Sevilla.

Durante el trayecto aéreo, pudimos divisar con claridad todo el través de la isla de Cerdeña.

Ya en Sevilla, mi hijo me comentó que venden determinado porcentaje de billetes por encima de la capacidad del avión, en previsión de quienes no se presenten, por lo que es recomendable confirmar la tarjeta de embarque con antelación. Nada sabíamos, ya que en los años precedentes viajamos en vuelos concertados con los cruceros.

Curiosamente, el lunes siguiente, en el panel de un concurso televisivo pudimos leer: “overbooking: estafa legal que puede arruinarte las vacaciones”. En nuestro caso no llegó a tanto, pero desde luego, aquella tarde nos la amargó.

Con todo, remato estos relatos como los inicié. La experiencia fue inolvidable, por cuanto viajamos, por cuanto vimos, por cómo nos fue explicado, por las personas que conocimos y porque vivimos momentos que la convirtieron poco menos que en una aventura.

Vale.

sábado, 24 de febrero de 2018

Ruta italiana, 3.



Jueves 27 de julio de 2017.

Esa mañana, de regreso a Roma, tras el ciclo de visitas a Florencia, Lucca y Pisa, paramos en primer lugar, como estaba programado, para conocer la ciudad de San Gimignano, Patrimonio de la Humanidad y conocida como la Nueva York Medieval, pues aún conserva numerosas torres de notable altura de las 72 que llegó a tener en la Edad Media.

Dispuestos para bajar del autobús aparcado a las afueras, pues el municipio se encuentra amurallado y el casco urbano exento de tráfico, Isabel, me comentó: “Manolo, no te pierdas de nuevo, que cada vez que lo haces pierdes a cinco personas más contigo”. Me lo dijo con su habitual sentido del humor, pues sabía que no fui responsable de los extravíos precedentes. Aquello ocurrió por simple coincidencia.

Accedimos a la ciudad por una puerta de la muralla y en aquella ocasión, que no precisamos de guía local, recorrimos por nuestra cuenta sus bellas calles y plazas y contemplamos sus altas torres. Coincidió también la visita con un día de animado mercado al aire libre de variados productos.

A la hora acordada, una vez reunido el grupo en un punto previamente fijado, marchamos hasta unas bodegas para tomar un aperitivo y degustar uno de sus afamados vinos blancos, en ese caso el denominado Vernaccia, según lo establecido en las prestaciones del viaje.


A continuación, era ya mediodía cuando llegamos caminando un largo trecho desde donde nos dejó el autobús hasta la Plaza del Campo de Siena, donde compiten en carreras de caballos los 17 barrios que componen la ciudad, en disputa por el famoso Palio; carreras que se celebran tradicionalmente los día 2 de julio y 16 de agosto de cada año. En todo caso, añaden alguna más en ocasiones memorables.

Nos impresionó su extensión y belleza, así como la muchedumbre que la ocupaba, hasta el punto de que muchas personas descasaban simplemente sentadas en el suelo. Desde allí nos dirigimos al restaurante  concertado para la comida.

Ya después de comer nos acompañó la guía local. Recorrimos numerosas calles adornadas con motivos que identifican al barrio al que pertenecen. Nos mostró el icono que lucía ella misma: el de La Jirafa, que dijo que es el mejor por ser el suyo y había vencido en la última carrera disputada, aunque reconoció que el más laureado es el de La Oca.


Llegamos a una plaza en la que contemplamos un templo de magnífica fachada. Para acceder al mismo era preciso subir una ancha escalinata, en aquel momento repleta de gente sentada. Supuse que era la famosa catedral de Siena, pero no, era simplemente el baptisterio. Para la ver la catedral aún habíamos de subir varias calles empinadas.


Mi mujer ya caminaba con los talones heridos hasta sangrar, por lo que decidió descansar y quedarse allí sentada. Acordamos que yo subiera con el grupo para ver la catedral, para cuya visita Isabel se había encargado de sacar las entradas. La vista de su fachada nos resultó maravillosa por su arquitectura en mármol y por su colorido. 

Bajé para acompañar a mi mujer, quien me convenció que no perdiera la ocasión de visitar su interior, pues allí se encontraba segura y entretenida con el gentío y no portaba objetos de valor. Me acerqué de nuevo y pude localizar a nuestro grupo para entrar. Me alegré sobremanera de ver el interior, pues me resultó de una belleza incomparable.

Terminada la visita retorné con mi mujer, tras quedar con Isabel que nosotros los esperábamos en la Plaza del Campo, mientras terminaban ya el breve recorrido aún previsto.

Una vez todos reunidos, paseamos hasta el autobús para terminar el trayecto en Roma.  Nos alojamos durante tres noches en un hotel de la cadena española Barceló como el de la llegada, pero en ese caso el Arán Mantegna, ambos de 4 estrellas, pero alejados del centro de la ciudad. Ese día teníamos incluida la cena, pero en adelante solo el desayuno.

Viernes 28 de julio.

Comenzaron las visitas en Roma. La primera programada era el Vaticano.  Se requería llegar temprano para agilizar los trámites de entrada. Isabel fijó la partida del autobús desde la puerta del hotel a las 7:30, pero por retraso de dos personas recientemente incorporadas al grupo, se demoró la salida a las 8.00.

(Previamente a la salida, la amable Lucía entregó a mi mujer unas tiras adhesivas apropiadas para cubrir las heridas de los talones  que, en adelante, le aportaron un notable alivio para caminar.)


A pesar de la demora, la guía local, quien se unió a nosotros en la zona de acceso al Vaticano, ya  repleta de colas para entrar, consiguió aligerar los trámites de acceso, a los que siguieron unos rigurosos controles de seguridad.

El distante camino desde el hotel nos permitió contemplar desde la ventanilla del autobús una amplia panorámica de la ciudad: las Termas de Caracalla, que no las suponía tan extensas; el inmenso campo que ocupaba el circo Máximo; el río Tíber y varios de sus puentes; el Castillo de Sant´Angelo, a lo lejos; algunas columnas del Foro…


Ya dentro de la zona monumental del Vaticano, fuimos recorriendo galerías, salas, museos, patios y jardines. Todo el conjunto repleto de bellas obras de arte que la guía nos iba explicando de forma amena y experta; tantas que, como muestra representativa, solo expongo la foto de la estatua griega de Lacoonte.

Seguimos hasta la Capilla Sixtina, donde tuvimos un tiempo libre y la posibilidad de sentarnos en escalinatas laterales para contemplar embelesados la belleza de los frescos, especialmente los famosos de Miguel Ángel que decoran la bóveda. Con frecuencia recordaban la obligación de guardar silencio y la prohibición de tomar fotografías.


Después, continuó la visita al interior de la basílica de San Pedro. Quedamos impresionados por las colosales dimensiones del templo y las numerosas obras de arte que encierra. Por destacar alguna, citaré la Piedad de Miguel Ángel, situada a la derecha de la entrada, y el baldaquino de Bernini, cercano al retablo.

En el suelo de mármol de diferentes tonos, observé un círculo con letras doradas donde figura la catedral de Sevilla como la tercera de la cristiandad en dimensiones, tras la propia basílica de San Pedro y la catedral de San Pablo de Londres.

Salimos a la plaza de San Pedro, abarrotada de gente, incluso de vendedores ambulantes, pues aunque pertenece al Estado del Vaticano, es fácil acceder a la misma. También nos encontramos con una larga cola para visitar la Basílica, cuya entrada desde allí es gratuita.

Después, dispusimos de un tiempo libre para dar una vuelta por el entorno externo, lleno de tiendas y bares, hasta acercarnos al autobús y continuar al restaurante para el almuerzo.


Después de la comida, continuamos un recorrido en autobús, con parada cerca del Coliseo, con tiempo para bajarnos y hacer fotos. Una vez estacionado el autobús, fuimos conducidos paseando, entre otras calles, por la famosa Vía Véneto, hasta llegar a la Fontana de Trevi, concurrida de público como es habitual, lo que hacía difícil acercarse a tirar las monedas al agua para cumplir con el ritual.


Nos fueron concedidos veinte minutos de tiempo libre y se fijó un punto de encuentro para luego continuar el itinerario. Pregunté a la guía local si teníamos previsto pasar por la cercana Plaza de España  y me respondió que no estaba incluida en el recorrido.

Me senté junto a  mi mujer en un banco de una placita próxima y como yo tenía especial interés en visitarla, pregunté al señor de un quiosco que cuánto se tardaba en llegar caminando, me respondió que unos diez minutos, pero añadió señalándose: “Ma io cinque”, así me tocó la moral y le respondí: “Ma io quattro”.

No lo pensé más, me puse en camino mochila al hombro y paso rápido. Efectivamente, llegué en cinco minutos, hice algunas fotos del entorno y regresé de inmediato, pero mira por dónde que en aquella ocasión, seguro que por la tensión de las prisas, sí fui yo quien confundió algunas calles y retrasé el retorno unos minutos; los suficientes para que el grupo ya hubiese continuado el recorrido, por lo que en el punto de encuentro solo encontré a mi mujer bastante nerviosa y enfadada.

Fui bronqueado con razón y no tuve otra opción que recurrir de nuevo al teléfono para llamar otra vez a Isabel. Me preguntó que quién era, (aunque de sobras lo sabía), que dónde estaba y cuándo había llegado. Le respondí que en el lugar acordado desde hacía cinco minutos.

De inmediato tenía a Isabel junto a mí. Me dijo: “¡No mientas a una guía!... ¡Acabas de llegar, yo estaba ahí mismo, te he visto pasar corriendo, sudando y con la mochila a la espalda!” En realidad, no pretendía mentir por unos minutos más o menos, que no es mi estilo, sino evitar tensar más la situación.

Isabel, como responsable del grupo, se había quedado por allí vigilante y reconoció que, de forma premeditada y pícara, dejó que yo solo llegara hasta mi mujer para escuchar la merecida bronca. Nos acercó hasta donde estaban todos los demás y la guía local. Luego, Isabel me dijo que admiró mi determinación de aprovechar la ocasión que tuve, que tal vez no se repitiera, de llegarme hasta la Plaza de España. Mantuvimos una relación amistosa que recuerdo con agrado.


Pasamos cerca de la Columna de Trajano, pero sin detenernos, continuamos para visitar el Panteón de Agripa, mandado construir por el emperador Adriano. Impresionante e increíble que se mantenga casi intacta su arquitectura tras casi dos milenios. Su imponente cúpula compuesta por casetones de hormigón, tiene un diámetro mayor que el de la cúpula de la Basílica de San Pedro.


En su interior se encuentran las tumbas de varios reyes y reinas de Italia y también, como excepción, la de Rafael, quien siempre quiso que lo enterraran allí. Cumplieron su deseo por su buena fama como artista y persona y por su temprana muerte.


Finalizamos la jornada turística en la Plaza Navona, donde disfrutamos de su entorno, monumentos y ambiente. Cerca de allí recogió el autobús a cuantos optamos por regresar al hotel.

Toda la organización se venía desarrollando a la perfección con el programa establecido, pero ese día, a mi parecer, se dieron dos aspectos negativos:

La Columna de Trajano es un monumento de gran valor histórico, que recoge en relieve los hechos de la conquista de la Dacia. Merecía al menos, una breve parada y una explicación.

En cuanto a la Plaza de España de Roma, mundialmente conocida, su visita debía estar necesariamente incluida en el itinerario turístico, más cuando la expedición se componía de españoles.

Todo esto lo digo además cuando comprobamos que al final, en la Plaza Navona, dispusimos de tiempo más que sobrado hasta la llegada del autobús.

Esa noche la cena no estaba incluida en el precio del viaje, así que determinamos cenar en un restaurante próximo al hotel, llamado Mucca Pazza, o sea, La Vaca Loca.

En ese caso, Emilio, hijo de Lucía, pidió una pizza para él y su madre,  con idea de acompañarla y comerla en la habitación, así que, del grupo que solíamos reunirnos más habitualmente, ya nombrado en anterior ocasión, quedamos diez comensales: Carlos y Emilia, Blanca y Rafa, Emilio y Clemen, mi mujer y yo, más Vicente y Chema.

Chema, como cocinero profesional se hizo cargo de la comanda. Hasta la llegada de la comida, como el barril de cerveza no podía estar más a propósito tan cercano a nosotros, ésta corría en abundancia, al menos entre los hombres. Al camarero italiano ya lo teníamos un tanto aturdido con tantas idas y venidas. Siguieron abundantes entrantes, tantos que nos dábamos ya por cenados, en todo caso esperábamos algunas pizzas para repartir encargadas por Chema, pero por alguna falta de entendimiento nos llegaron ¡diez y de las grandes!, una por persona. Imposible engullir tal cantidad. Los italianos no nos advirtieron, pero eso sí, muy atentos, nos proporcionaron unas cajas para envasar el sobrante y conservarlo para mejor ocasión. Al final, todo fueron risas y gozamos de una reunión memorable.

Continuará...

martes, 23 de enero de 2018

Ruta italiana, 2.




Martes, 25 de julio de 2017.

Por la mañana llegamos a Florencia y caminamos desde donde nos dejó el autobús hasta la catedral (Il Duomo) y el Baptisterio, justo frente a la misma, monumentos de gran belleza externa, aunque, para dedicar el tiempo a otras visitas consideradas de mayor interés, no se estimó oportuno conocer su interior.


Desde allí nos acompañó el guía local, cuyo nombre y persona recuerdo en este caso: Stefano (en la foto superior posa con Isabel). Junto a él hicimos un extenso recorrido por el centro de la ciudad hasta llegar al Puente Viejo (Ponte Vecchio) sobre el río Arno.


Seguidamente paramos en la plaza de la Señoría para contemplar una copia de la estatua del David de Miguel Ángel, situada donde estaba expuesta la original hasta 1873, año en que fue trasladada donde permanece en la actualidad: la Galería de la Academia.


Por la masiva afluencia de público a esa galería, se decidió visitar el Palacio Bargello, convertido y considerado como el museo de arte renacentista más importante del mundo, con bastantes obras del propio Miguel Ángel, incluso su busto.

Seguidamente, paramos para almorzar en un restaurante próximo a la Capilla de los Medici, lugar fijado para reunirnos después de la comida, tras hora y media de tiempo libre.

Marchaba con mi mujer con idea de hacer alguna compra, cuando nos encontramos con parte de un grupo con quienes ya habíamos entablado una amistosa relación. En ese caso, Chema y Lucía, de Madrid, el hijo de ésta, Emilio, joven de apenas 18 años, de carácter atento y bondadoso y con Vicente, zaragozano.

Se encaminaban hacia la Galeria Uffizi, que aunque se encontraba lejos del lugar de encuentro, pensaban que el tiempo libre en esa ocasión era más que suficiente para la ida y el retorno, así que consideramos más seguro y divertido unirnos y pasear con ellos. Ya encontraríamos durante el trayecto una tienda para la compra prevista.

El joven Emilio comento: “lo malo será volver”. No sospechaba que aquellas palabras resultaron proféticas. Arreció la lluvia que de forma intermitente nos venía acompañando a lo largo del día. Rachas de fuerte viento doblaban las varillas de los endebles paraguas adquiridos para una ocasión pasajera. Los de Chema y Vicente quedaron totalmente inservibles, por lo que tuvieron que seguir caminando bajo la lluvia sin protección alguna.

Tan adversas condiciones meteorológicas nos motivaron a optar por emprender el camino de regreso, e influyeron para que terminásemos extraviados. Disponíamos de un mapa, pero impreciso. Preguntamos en varias ocasiones y, aunque no resulta difícil entender un italiano elemental y concreto, por lo visto no nos enterábamos bien o no nos explicábamos con claridad, lo cierto es que no dábamos con el camino correcto. Emilio consultaba la oportuna aplicación en su móvil y repetidas veces nos decía: “¡Por aquíii!” Lo seguíamos crédulos e ilusionados… para terminar decepcionados, pues repetidas veces topábamos con lugares ya conocidos. Tal parecía que nos habíamos adentrado en un gigantesco laberinto urbano.

Lucía comentaba sentirse herida en su amor propio por terminar perdida en Florencia, habiendo transitado sin dificultad por ciudades más populosas y complicadas. Precisamente, por amor propio tratábamos  de evitar llamar a Isabel, pero como la hora y media de tiempo libre expiraba y seguíamos perdidos, mojados (algunos empapados) y agotados de tanto caminar, no tuvimos otra alternativa que hacerlo.


Escasos minutos pasaron cuando teníamos a Isabel con nosotros, pues  para aumento de nuestra frustración, nos encontró cerca del punto de reunión. Ella quedó sorprendida al conocer que seis personas adultas, en pleno día, aunque fuera lluvioso y con los actuales medios de orientación, se perdieran en Florencia; más sorprendidos y contrariados estábamos nosotros. Eso sí, podíamos presumir de haber recorrido las calles y el centro comercial de la ciudad, con mayor detalle que el resto del grupo, aunque sin tiempo ni apetencias para recrearnos contemplando sus lujosos escaparates.


Aún hubimos de seguir caminando hasta el autobús para regresar al hotel, previa una parada en un mirador presidido por otra réplica de la estatua del David de Miguel Ángel, desde donde se divisaba una maravillosa vista de Florencia y el curso del río Arno.

Miércoles, 26 de julio.


Según el programa, en ruta para Pisa, paramos para visitar Lucca, otra preciosa ciudad medieval, abarcada por baluartes bien conservados y construidos con un trazado irregular concebido para una estratégica defensa.

El autobús nos dejó en una zona de extramuros, desde donde nos acompaño la guía local. Caminábamos para acceder al centro urbano por una puerta de la muralla, cuando mi mujer, afectada con rozaduras en los talones a consecuencia de la caminata del día anterior, se cayó de forma inesperada en un suelo llano, a pesar de calzar unos zapatos cómodos.

Como caminaba cogida a mi brazo, me arrastró en la caída. Me levanté sin dificultad para ayudarla, aunque ya todo el grupo había acudido solícito para socorrernos. Comprobamos que solo sufrió una leve herida superficial en un codo, así que el cómico batacazo, pues ella “aterrizó” hacía adelante y yo caí hacia atrás, solo quedó en una anécdota más a añadir a los incidentes del viaje a que me refería al inicio de estos relatos. Eso sí, en adelante extremamos los cuidados al caminar y tomamos ocasionales y oportunas medidas por sus pies doloridos, que soportó con entereza, para adaptarnos y no entorpecer el ritmo de marcha del colectivo.


Ya en la ciudad, el primer monumento que contemplamos, aunque en ese caso solo por el exterior, fue la iglesia de San Miguel en Foro. Nos sorprendió gratamente la belleza y originalidad de su fachada y las columnatas laterales.


A continuación visitamos su monumental catedral, llamada de San Martín. Allí sí que la guía nos explicó con detalle todo su interior de extraordinario valor artístico.

Después seguimos paseando por sus calles y plazas centrales para ver el exterior de numerosos monumentos más, hasta llegar al autobús y continuar viaje.


A mediodía llegamos a Pisa. El autobús nos dejó en una extensa zona de aparcamientos alejada del  centro urbano hasta donde caminamos. Al entrar por una puerta elegida de la zona amurallada, quedamos asombrados ante la impresionante y repentina vista de la llamada Plaza de los Milagros, un conjunto principalmente formado por el Baptisterio, la Catedral y la Torre Inclinada al fondo, edificios todos con el exterior de mármol blanco.

Aquella visión me hizo recordar el soneto que dedicó Cervantes al túmulo erigido en Sevilla tras la muerte de Felipe II:

“Vive Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla,
porque: ¿a quién no sorprende y maravilla,
esta máquina insigne, esta riqueza?...”

Seguidamente, fuimos directos al restaurante concertado para el almuerzo. Para mi contento, aunque no me libré de un primer plato de pasta, al menos, como excepción, nos sirvieron un segundo de pescado: rodajas de chipirones enharinados y fritos que me resultaron exquisitos.

Después de la comida, fuimos guiados por un joven y simpático italiano, natural de la misma ciudad, que se expresaba con un perfecto dominio del español coloquial, pues se había licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca.


No recuerdo el nombre de tan agradable guía, pero, para que perdure su recuerdo, aparece en la foto superior, explicándonos el interior del Baptisterio.

Antes de continuar con el relato, no me resisto a incluir dos de los ocurrentes tópicos que nos contó, aun a sabiendas de que solo se trata de divertidas anécdotas alejadas de la realidad, pues él mismo las tomaba con humor.

Como es frecuente en general, también en la Toscana existe rivalidad entre ciudades cercanas, muy enconada entre Florencia y Pisa. En este caso se remonta al siglo XV, cuando la República de Pisa fue anexionada por la de Florencia.

*Galileo Galilei nació en Pisa, pero está enterrado en Florencia, así que nos dijo que allí nunca descansará en paz rodeado de florentinos.

*Los habitantes de Lucca tienen fama de tacaños en toda la región y aseguran que sus mujeres tienen tres tetas, pues en la antigüedad atesoraban monedas introduciéndolas por el canal de los pechos y en consecuencia les creció otra de oro.

Bueno, pues a continuación contemplamos la famosa Torre, que pasa un poco desapercibida ante tanta grandiosidad, aunque no tuvimos ocasión de subir. Nos explicó que la inclinación fue debida a un fallo de construcción por su escasa cimentación, por lo que el arquitecto quedó relegado al olvido. Recientemente han inyectado un refuerzo en el subsuelo, consiguiendo enderezarla cincuenta centímetros. Prevén que se mantenga así, al menos doscientos años.


Seguidamente recorrimos todo el interior de la artística Catedral, que nos explicó con todo detalle. A la salida nos mostró, a la izquierda de la plaza, lo que fue el antiguo hospital.


Como el índice de mortalidad era muy alto, el cementerio de la época estaba situado justo enfrente del hospital. Esa cercanía les facilitaba un cómodo y breve traslado de los difuntos.

Siguió la visita por dentro del Baptisterio, también repleto de obras de arte. Nos sorprendió que, como los niños no debían entrar en los templos sin cristianar, para la simple función del bautizo construyeran esos imponentes edificios independientes, frecuentes en varias ciudades italianas.

Terminadas esas visitas, se despidió el guía local y fue Isabel quien quedó al frente de quienes deseaban seguirla a pasear por las calles céntricas, o bien, los que así lo preferían, podían recorrer a su aire un extenso mercado al aire libre instalado a lo largo de una zona extramuros en dirección a los autobuses.

Como mi mujer continuaba con las dolorosas rozaduras en los talones, solo protegidas por simples tiritas, propuse a Isabel que nosotros optábamos por retornar andando despacio hasta los aparcamientos. Quedamos de acuerdo, pero nos pidió que esperásemos a los demás a mitad de camino, donde encontraríamos una plazoleta con unos bancos y una pequeña fuente en medio.

Caminar, caminar y caminar, pero por allí no aparecía ni plazoleta, ni bancos ni fuente, así que creímos lo más sensato seguir a la muchedumbre que se dirigía hacia la zona de aparcamientos. Llegados allí, aun se complicó la situación, pues entre tantos autobuses no encontrábamos el nuestro.

Esperando en el entorno, llegaron un matrimonio de Mallorca y otro de Tarragona, amables compañeros de viaje, a quienes les había ocurrido el mismo caso, o sea, que no fuimos los únicos en no localizar el punto indicado. Luego supimos que la dicha plazoleta quedaba oculta por el gentío.

Me resistía a telefonear de nuevo a Isabel, pero no  tuve otra alternativa, pues pasaba el tiempo, llegaba la hora fijada para la partida, y no divisábamos a nadie conocido. Le expliqué el lugar de nuestra espera, no lejano al autobús y allí apareció con el resto del grupo. Seguidamente emprendimos el largo recorrido de retorno para la cena y alojamiento en el hotel.

Tras la cena, manteníamos una animada tertulia con las personas citadas en la “aventura” de Florencia, a la que se unían habitualmente nuestros compañeros de mesa: Rafael y Blanca, de Valladolid, Carlos y Emilia, barceloneses y Emilio y Clemen, extremeños y el joven Emilio. Los nombro porque queden en nuestro recuerdo aquellas personas con quienes mantuvimos más estrecha y grata convivencia.


Continuará...