jueves, 13 de julio de 2017

Crucero por el Báltico, 2.


San Petersburgo. Martes y miércoles. Días 12 y 13 de julio de 2016
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Llegada a las 8:00 horas. 146 millas recorridas desde Helsinki. 14 horas de navegación.

Tiempo nublado y a veces tormentoso. Frecuentes lluvias. Temperaturas frescas, incluso frías para nosotros: unos 8 grados centígrados por las tardes. Para permanecer de noche en las terrazas de la cubierta de popa, única al aire libre, disponíamos de mantas. Solo nos consolaba saber que en gran parte de España estaban padeciendo rigores de calor que superaban los 40º.

Estuvimos tentados de unirnos a la excursión de viajar a Moscú en tren de alta velocidad, con cuatro horas de trayecto en cada sentido. También, al regreso te mostraban San Petersburgo. Pensamos que no tendríamos nueva oportunidad. Desistimos porque, además de que solo disponían de guía en lengua inglesa, nos pareció un viaje agotador.

Así que nos apuntamos el segundo día (para el primero ya no teníamos plaza con guía en español) a: “Mañana en el palacio de Jussupov, con crucero por los canales”.

Nuestra meta en estos casos es siempre conocer la ciudad, prescindiendo de palacios y museos, pero no teníamos otra opción. No entrar en el palacio suponía desconectarnos del grupo, con el riesgo de deambular solos un tiempo por una ciudad desconocida, o soportar una prolongada espera.

Por la limitación de intérpretes nos tocó compartir autobús con pasajeros franceses. Las dos guías que nos iban alternando información se llamaban Natalia, nombre de mujer muy común en Rusia como sabemos, así que con Natalia se quedó la de español y ésta designó como Natacha a la de lengua francesa. Por no ser menos común, el conductor: Sasha, hipocorístico de Alejandro.


Impresionante la panorámica urbana desde sus numerosos canales. También desde el río Neva, con sus 1.300 metros de anchura, 25 de profundidad y corriente impetuosa. Atentos siempre en bajar la cabeza en las lanchas al pasar bajo tantos puentes.


Nos informaron que suman 500 los palacios y mansiones construidos por el centro de la ciudad. Destaca el Palacio de Invierno, convertido en museo: el famoso Hermitage. También aparecían muy vistosas las doradas  cúpulas  de algunas iglesias o de las verjas de frecuentes jardines.

Nos sorprendió ver un autobús español de la empresa “Autobuses Xativa, S.L.”, pero con matrícula rusa. Conocimos después que, como es muy bajo el índice de salinidad del mar Báltico, de forma más acusada en esa zona del golfo de Finlandia como consecuencia de la enorme cantidad de agua dulce que fluye al mismo, tanto de ese país como la que vierte desde Rusia el caudaloso río Neva, éste permanece congelado gran parte del año. Eso supone que su temporada turística sea corta. No sería rentable mantener una flota de autobuses parada durante largo tiempo. Así que cuando es preciso alquilan los necesarios a otros países europeos.

No contamos con tiempo alguno para compras. Parecía una medida previamente premeditada para adquirir los típicos productos rusos expuestos en las tiendas de a bordo.

Si embargo, dentro del puerto y muy próximas a la pasarela de embarque, había dos tiendas bien abastecidas. Podíamos pagar incluso en euros y en esa moneda nos daban la vuelta. Cambio: 70 rublos por euro.

También observamos en el puerto que todos los cruceros  estaban abasteciéndose de combustible, lo que hace suponer que era más barato en Rusia.
A las 18 horas del segundo día, partida con rumbo a Tallín. 


Tallín. Jueves. Día 14 de julio de 2016.

Llegada a las 9:00 horas. 160 millas recorridas desde San Petersburgo. 15 horas de navegación.
Temperatura muy agradable. Nubes y claros, aunque no llegó a llover.

Nos apuntamos a la excursión “Visita de Tallín”. Viajamos en autobús hasta la parte alta de la ciudad, pues una parte importante de la capital de Estonia está edificada en acusada pendiente. Allí iniciamos la visita.

Fue la primera y única ocasión entre todas la excursiones que realizamos, tanto en ese como en el anterior crucero, donde nos proveyeron de auriculares en el interior del autobús. Podíamos así mantener un coloquio informativo con nuestro guía: Rolando, natural de Caracas.

Rolando incluso nos facilitó su número de móvil por si ocurría algún extravío entre la muchedumbre, incidente que efectivamente sucedió. Ya avanzada la excursión lo llamó una pareja que se había desconectado del grupo. Con esa medida les resultó fácil localizarnos.

Todo el recorrido hasta la parte baja donde nos recogió de nuevo el autobús la realizamos a pie. Caminamos más de 3 horas, pero tuvimos así la oportunidad de contemplar con bastante detalle una preciosa ciudad, muy limpia y ajardinada. Dispone también de numerosas y bellas iglesias de rito ortodoxo.


Tanto la plaza principal situada en la parte baja, en el casco antiguo, llamada del Ayuntamiento, como otras del entorno y calles aledañas estaban muy animadas y concurridas de terrazas. En el centro de esa plaza existe un punto indicador desde donde se pueden ver todas las iglesias de Tallín. Incluso hicieron un chaflán en el tejado de un edificio, para que al menos se pueda contemplar la cruz de la cúpula de la única que quedaba oculta.
A las 17:00 horas partimos para Estocolmo. 


Estocolmo. Viernes y sábado, días 15 y 16 de julio de 2016
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Llegada a las 9:00 horas. 176 millas recorridas desde Tallín. 16 horas de navegación.

Ciudad de inicio y término del crucero. Temperatura suave, aunque continuaban las frecuentes lluvias como a  nuestra llegada el sábado anterior, incluso chubascos más intensos.
En esta ocasión, el viernes día 15, la excursión elegida en autobús fue: “Estocolmo: visita a la ciudad, Ayuntamiento y museo Vasa”.

Estocolmo es una monumental y bella ciudad. Se aprecia un alto nivel de vida. Está edificada sobre 14 islas e islotes, por lo que resulta característico su trazado de canales, surcados de forma continua por numerosas embarcaciones.

Durante el recorrido tuvimos la oportunidad de presenciar el vistoso cambio de guardia en el Palacio Real.


Visitamos el amplio interior de su colosal Ayuntamiento, prestando especial atención a los dos salones donde celebran la cena y el baile el día de la entrega de los premios Nobel. La cena, en concreto, tiene lugar en el llamado Salón Dorado, llamado así por las paredes recubiertas de teselas de láminas de oro entre otras dos de vidrio. La entrega en sí de los premios tiene lugar  en un edificio diferente: la Sala de Conciertos.

El Vasa fue un potente y lujoso navío fletado en el siglo XVII, que sin embargo naufragó a poca distancia de Estocolmo en su viaje inaugural. Como por las condiciones específicas de aquellas aguas la madera se conservaba en perfecto estado después de rebasados los 300 años, fue reflotado en 1961 y expuesto en un museo muy visitado donde se puede admirar.



Dada mi impericia fotográfica y la penumbra interior del museo, expongo de todas formas la foto que tomé a la maqueta del navío Vasa allí expuesta.
Terminada la excursión retornamos al barco a la hora de la comida.

Ya en esa última tarde y noche a bordo se percibe el desánimo entre los pasajeros, a pesar de que todas las prestaciones siguen en plena actividad, pues es preciso preparar el equipaje que ha de ser facturado, identificarlo con adhesivos de números y colores diferentes en función de los vuelos y, como máximo, disponerlo en las puertas de los camarotes a la 1:00 de la madrugada.

Con todo, lo más negativo, al menos para nosotros, es madrugar al día siguiente, pues los camarotes han de quedar libres a la 8:00 horas, justo la jornada que corresponde al cansado viaje de retorno.

En alguna ocasión gestionamos para evitarlo, al menos en los casos de quienes permanecíamos en el barco hasta las 13 horas, como era nuestro caso, incluso algunos hasta más tarde, pero nos comunicaron que no era posible por el sistema del orden establecido para la limpieza general. Cierto que disponíamos de lugares de descanso y podíamos incluso tomar aperitivos y comer, pero era mucho tiempo y ya deambulábamos como ausentes.

A pesar de todo, nuestra experiencia con los cruceros ha resultado del todo positiva. En las largas horas de navegación disfrutamos de la vida a bordo tan animada, tan cómoda y con tan abundante y variado servicio de restauración.


No quisiera rematar el relato, sin exponer encima de este párrafo una foto del comedor donde cenábamos en grata compañía, con ambiente festivo en ocasiones y servidos por un amable y simpático camarero filipino, apellidado Miraflor.

A las 16:00 horas embarcamos en el aeropuerto de Arlanda en un vuelo de Iberia con destino a Madrid. El avión era el mismo que nos llevó. Esos vuelos están concertados con Costa Cruceros. Allí coincidimos con el nuevo pasaje.

Esa noche nos hospedamos en Madrid cerca de la estación de Atocha, para regresar a Sevilla en el AVE el domingo día 17 de julio de 2016, dando así por concluida tan inolvidable singladura.

sábado, 27 de mayo de 2017

Crucero por el Báltico, 1.



Por las razones que exponía al término de la última entrada, publicada el pasado día 21 de enero, con la que daba fin al relato del crucero desde Venecia a Estambul, al año siguiente, o sea, en 2016, mi mujer y yo repetimos la experiencia. Para la segunda ocasión, elegimos el mar Báltico como escenario.


La compañía fue la misma: la italiana Costa Cruceros. El buque, el Costa Luminosa, aún más lujoso que el Costa NeoClassica con el que navegamos el año anterior.

Pero en adelante, afectado ya por la pereza narrativa después de cinco años dedicado a estos menesteres de bloguero aficionado, espaciaré aún más las entradas y, en todo caso, me limitaré a relatar algunos viajes de forma resumida, siquiera porque quede constancia para mi propio recuerdo.

Estocolmo. Sábado, día 9 de julio de 2016.

Conforme a mi propósito, prescindo de contar el viaje previo y estancia del día anterior en España y me sitúo ya directamente en las 15 horas de ese día cuando, en vuelo procedente de Madrid, aterrizamos en el aeropuerto de Arlanda.

Temperatura agradable. Unos 23 grados. Ligeras lluvias.

Para nuestra grata sorpresa, personal de la compañía se encargó de transportar nuestros equipajes hasta la misma puerta de los camarotes.

Como la distancia hasta el puerto de Estocolmo es de unos cincuenta kilómetros, nos trasladaron en autobús. Tuvimos así la oportunidad de contemplar un bello paisaje, llano o ligeramente ondulado, muy verde y forestado.

Los campos de cultivo para el ganado estaban ya cosechados y las alpacas, de forma rectangular, dispuestas de forma ordenada y envueltas en plástico blanco.

Teníamos reservado el camarote 8.357, situado en la aleta de estribor, a una altura de un edificio de ocho plantas.

Era lujoso, incluso disponía de un balcón exterior equipado con dos sillas y una mesa. Lástima que solo en contadas ocasiones pudimos gozar de esa intimidad externa contemplando el panorama, bien por las frecuentes lluvias, bien por temperaturas demasiado frescas a medida que avanzábamos con rumbo norte.

Esa tarde la dedicamos a acomodarnos, registrar la tarjeta personal de crédito y conseguir la interna, que nos facultaba para todo tipo de pagos a bordo y como documento de identidad.

Cambiamos el turno para la cena a las 21:30, pues, en contra de lo previsto, nos habían asignado el primero, o sea, a las 19:00, que para nosotros supone una hora más propia para la merienda.

Recorrimos las distintas dependencias y servicios del buque. Los puentes o cubiertas tenían nombres de gemas. Consultamos el Diario di Bordo (el año anterior el Today); hoja divulgativa donde publican las distintas actividades internas y externas.

Concertamos las distintas excursiones elegidas y nos entrevistamos con la asistenta en lengua española.

No tuvimos problema alguno para expresarnos en español, aunque, si el año pasado era el idioma sobresaliente a bordo, ahora solo resultaba notable, pues la mayoría del pasaje la componían italianos. También eran numerosos los tripulantes de habla hispana.


A las seis de la mañana del día siguiente zarpamos con destino a Helsinki. Para salir al mar abierto hubimos de recorrer el fiordo de Estocolmo. Tiene una longitud de 54 millas. Es llano y muy arbolado. El litoral lo componen unas 27.000 islas, algunas diminutas, otras con dimensiones para ser habitadas, aunque solo fuera con una sola casa típica de esos países nórdicos. En suma, un bello panorama.


Helsinki. Lunes, día 11 de julio de 2016.

Llegada a las 8:00 horas. 193 millas recorridas desde Estocolmo. 26 horas de navegación.

Temperatura similar a la de Estocolmo. Nubes y claros, pero sin lluvias.

La excursión elegida fue la de visitar primero el pueblo medieval de Porvoo y así tener la oportunidad de viajar por autobús unos 50 kilómetros por tierras finlandesas, antes de retornar a la capital.

Contemplamos un precioso paisaje ondulado, muy arbolado, con abundante agua y también, los campos de cultivo de forrajes ya recolectados. Las alpacas también envueltas en plástico blanco, pero en ese caso, de forma cilíndrica y no rectangular como en Suecia.


Mucho nos gustó Porvoo, pequeña ciudad medieval que recorrimos a pie. Edificios antiguos pero muy bien conservados, adornados con numerosas plantas y flores. Calles muy pintorescas.

El conductor, un típico finlandés, hablaba un aceptable español. Me informó que su madre pasaba temporadas en la Costa del Sol, donde él acudía con frecuencia.

Por el contrario, la guía tenía aspecto moreno y un sorprendente dominio de nuestro idioma. Le pregunté admirado y me informó que era argentina, pero que ya se sentía integrada en Finlandia.

A media mañana llegamos a Helsinki. El autobús nos dejó en la zona central. Tenía verdadera ilusión y curiosidad por visitar esa ciudad desde que leí hace bastantes años Cartas finlandesas, de Ángel Ganivet.

Es de destacar la amplia Plaza del Senado, presidida por una estatua ecuestre del zar Alejandro II y la proximidad en alto de la catedral.

Nos contó la guía una breve historia del país: perteneció al reino de Suecia desde la Edad Media hasta las Guerras Napoleónicas, cuando fue anexionada por Rusia.

Aprovechando la revolución rusa de 1917, el senado se declaró independiente. Lenin tenía en estima a Finlandia, donde había residido. Además, como los rusos estaban viviendo los momentos críticos de su revolución, les confirmaron la independencia sin oposición notoria. Así que este año celebran su centenario.

Sin embargo, me resultó curioso no ver banderas nacionales por ningún sitio. Ni en los que aparentaban ser edificios oficiales.

También resultaba extraño que un zar ruso siguiera presidiendo la plaza principal, pero según nos explicaron, Alejandro II fue benefactor y protector del país y los finlandeses respetan su memoria.

Aunque el idioma más hablado es el finés, el sueco también se considera lengua oficial.


Aquí remato este relato, pero no sin añadir una anécdota sucedida en un mercado al aire libre, situado en las proximidades de la Plaza del Senado: eran numerosos los puestos con expositores de vistosas cerezas. Las amables vendedoras nos dieron a probar. Estaban exquisitas. Supimos luego que procedían de España, del Valle del Jerte. Costaban 5 euros el kilo. Para mi sorpresa, a mi regreso a Sevilla, comprobé que aquí se cotizaban a precio similar.

Al día siguiente, en los comedores del barco, aparecían entre los numerosos postres. Está claro que se abastecieron en Helsinki de cerezas del Valle del Jerte. Resulta curiosa la importación de grandes cantidades de un producto español y que pese a la distancia los precios de venta sean similares a los de su origen.

A las 18:00 horas partimos con destino San Petersburgo.




sábado, 21 de enero de 2017

Desde Venecia a Estambul, 4.




Era la madrugada del domingo 5 de julio del 2015 cuando procedentes de Atenas embocamos el estrecho de los Dardanelos, donde embarcó un práctico para dirigir la maniobra durante su recorrido hasta salir al mar de Mármara, que duró más de dos horas
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Navegamos por ese mar, rebasando por estribor la isla que le da nombre con rumbo a Estambul, a cuyo puerto, en los inicios del Bósforo y el estuario que forma, llamado el Cuerno de Oro, arribamos a las 15 horas de ese día.

Me ilusionaba hacer realidad el sueño de esa navegación que me evocaba la lectura  desde mi niñez, de los versos de  La Canción del Pirata:
Y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa
y allá a su frente Estambul.


En verdad que, divisar desde el mar esa populosa ciudad de unos catorce millones y medio de habitantes, en la que destacaban las cúpulas y minaretes de las mezquitas de Santa Sofía (actualmente convertida en museo) y Azul, así como el palacio de Topkapi, nos resultó impresionante y además emotivo por la ocasión,  pues desde las 12 horas se celebraba al aire libre la Fiesta Española en los alrededores de la piscina de proa del puente 11.

Presidía el entorno una gran bandera de España y lo habían engalanado con globos rojos y amarillos. Los animadores del buque organizaron rítmicos bailes acompañados de canciones y música española. Hasta el amable jefe de los camareros se sumó al servicio de bebidas y en La Trattoria, justo en la cubierta inferior, nos dispusieron un autoservicio con abundantes, variados y apetitosos aperitivos. Todo ello nos hizo vivir unos momentos inolvidables.

Desde la tarde tuvieron lugar las distintas excursiones programadas para conocer la ciudad, acompañados con guías en español. En nuestro caso, por la causa ya indicada en anteriores entradas, hubimos de elegir la más cómoda, aunque eso significase renunciar a la más completa. Optamos por la llamada “Navegando por el Bósforo”
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Pasados los controles del puerto (el buque siempre aplicaba uno propio para cada embarque), viajamos en autobús para visitar, en principio, la mezquita de Yeni Camii en horas libres de oración. Nos proveyeron de bolsas para portar los zapatos, pues es preceptivo entrar descalzos y las mujeres estaban obligadas a llevar cubierta la cabeza. Aunque no hacía un día caluroso, la temperatura interna resultaba aun más grata, en un ambiente de recogimiento y penumbra. El suelo estaba todo cubierto de alfombras. Es un templo de bella arquitectura.


A continuación contamos con tiempo libre para recorrer los alrededores, principalmente el Mercado de las Especias, situado muy próximo a la mezquita. A pesar del nombre de tal mercado, la oferta se extendía a productos muy diferentes, incluso había tiendas de orfebrería y joyería. Nos sorprendió que muchos comerciantes nos hablasen en un español fluido y bien entonado. El euro era admitido tanto en billetes como en monedas. La muchedumbre en movimiento resultaba abrumadora. La pegatina con el número de autobús que lucíamos en el pecho, suponía un práctico distintivo para reconocernos  entre el gentío.


Reunidos en el punto y la hora previamente acordados por la guía, caminamos para embarcar en un pequeño buque. Nos adentramos varias millas por el centro del estrecho del Bósforo con rumbo al mar Negro, entonces la embarcación viró para retornar al punto de partida, navegando muy próximos a la orilla asiática. Espectaculares las vistas de la única ciudad del mundo repartida entre dos continentes.

Bien, pues para abreviar el relato me sitúo de nuevo a bordo. Ya esa tarde, siguiendo las instrucciones recibidas en una reunión previa o los consejos de la “Anfitriona en español”, Isabel, una agradable señora argentina, hicimos todos los preparativos para disponer e identificar los equipajes a fin de facilitar su recogida en función de los vuelos del día siguiente
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En nuestro caso, nos recogieron en autobús a las 13 horas del lunes día 6 para trasladarnos al aeropuerto de Sabiha Gokcen. Hasta llegar, hubimos de cruzar toda la parte europea de Estambul. Embarcamos en un vuelo de Iberia a las 17.10, para aterrizar en Madrid a las 20.40, donde pernoctamos para llegar a Sevilla al día siguiente, dando así término a nuestra primera experiencia de viajar en crucero.

En todo momento fue excelente el trato recibido por el personal de Costa Cruceros y, en general, perfecta la organización de las diferentes actividades. Como excepción, resultó negativo el escaso avituallamiento que nos proporcionaron al desembarcar con destino al aeropuerto. Nos entregaron una bolsa individual con alimentos; pero para nuestra ingrata sorpresa, cuando nos dispusimos a comer, solo nos encontramos con un par de pequeños bocadillos, uno de ellos ¡con una simple tira de berenjena frita!, una botella de agua y una pieza de fruta. Aquello resultaba contradictorio con la abundancia y variedad de comida a bordo y el sobrante diario, así que tomamos como anécdota humorística tan ridículo contenido.

En repetidas ocasiones hemos escuchado a quienes ya lo han hecho con anterioridad, opiniones contrarias al modo de viajar en cruceros. Argumentan que son muchas horas de navegación y muy limitado el tiempo para conocer las ciudades. Argumento razonable, aunque solo en parte, porque en algunos puertos (suele coincidir con el de partida y el de final de singladura), sí se dispone de uno o dos días para las visitas a tierra.

También es cierto que son varias las ciudades que pueden ser visitadas en una semana. Además, la vida a bordo resulta muy entretenida y  variada. Aparte de las piscinas hay actividades diarias tan dispares como, bailes, teatro o casino. Incluso algunos pasajeros, cuando llegaban a alguna ciudad que ya conocían, preferían quedarse disfrutando de la diversión interna.


También durante la cena en el comedor “Tívoli” se pasaban divertidos momentos en un ambiente elegante: la cena “Del Capitán” o la “Noche de Italia”, en la que los camareros lucían palomitas con los colores de la bandera italiana. Hubo momentos de baile y canciones típicas de ese país, mientras los comensales que no bailaban, agitaban y ondeaban las servilletas.


Otra noche se celebró en la cubierta de piscinas (puente 11) “La Notte Bianca” (Ibicenca), para lo que recomendaron asistir ya previamente a la cena, vestidos en lo posible con prendas de color blanco.

En resumen, para mi mujer y para mí, la experiencia resultó inolvidable, a pesar de las limitaciones por su pie dolorido. Hasta tal punto fue así, que acordamos repetir al año siguiente, aunque cambiando completamente de escenario.

sábado, 1 de octubre de 2016

Desde Venecia a Estambul, 3.


Viernes día 3 de julio de 2015, 14:00 horas. Llegada a Santorini desde Corfú. 398 millas recorridas. 24 horas de navegación.

Es Santorini una isla griega de origen volcánico, perteneciente al archipiélago de las Cícladas.


Su puerto principal,  Athinios no reúne las condiciones necesarias para atracar los grandes buques, por lo que fue preciso fondear a cierta distancia y establecer un servicio regular de lanchas motoras para el traslado de pasajeros.

Como el dolor que venía sufriendo mi mujer en el pie derecho no cedió en ningún momento y además había que transbordar con cierta dificultad a las lanchas, optó por quedarse en el barco, en tanto yo me llegaba, al menos, para conocer  Fira, la población capital de la isla.


Fira se encuentra encaramada a considerable altura en el borde de una zona acantilada, justo detrás del puerto. La vista es impresionante. Para llegar a la cima existe una carretera escalonada o un funicular.

Por la carretera solo se puede subir a pie, lo que requiere tiempo y excelente preparación física, o bien un tradicional servicio de burro-taxis, que utilizaron numerosos pasajeros.

Como hubiera invertido demasiado tiempo en la caminata (además, quizás ni lo hubiera logrado) y tampoco me apetecía cabalgar yo solo en rucio cual Sancho Panza, opté por la ascensión más rápida y cómoda: el funicular.


Me encantó recorrer sus estrechas, empinadas y pintorescas calles, repletas de turistas, de tiendas y servicios de restauración. Visité lo que parecía un importante templo ortodoxo. Contemplé desde lo alto la espectacular panorámica y regresé al barco.

A las 20:00 horas zarpamos con rumbo a Atenas. Por babor pasamos muy próximos a un islote de negros pedruscos de lava. Había allí un solitario yate resguardado en una pequeña ensenada. Ese entorno tan apacible y solitario al atardecer nos transmitía un extraño sentimiento, como una mezcla de serenidad y angustia; sentimiento que no sé expresar con mayor precisión.

Continuamos navegando por el mar Egeo, con aguas en calma y de un azul intenso, coronadas por pequeñas olas rizadas de espuma blanca. Luego nos dijeron que esos colores representan las bandas y la cruz de la bandera griega; cruz que además simboliza el cristianismo ortodoxo.

Sábado 4 de julio. A las 7:00 horas, llegada al puerto del Pireo, desde Santorini. 127 millas recorridas. 11 horas de navegación.

A pesar de mi habitual interés por la Geografía, confieso que estaba confundido con El Pireo. No sé por qué, siempre supuse que se trataba poco más que del importante puerto que, desde la antigüedad, sirve de conexión por mar a la cercana Atenas y me encontré con una populosa ciudad de unos 185.000 habitantes.

La oferta de excursiones programadas era muy variada. En nuestra situación precisábamos elegir la opción más cómoda y sacrificar, tal vez, la más  interesante. En ese caso, elegimos: “Recorrido panorámico de Atenas en trenecito”.

Partimos en autobús acompañados por una amable guía griega, quien en un fluido español nos iba explicando todo el entorno, en especial cuando pasamos por el puerto naval de Zea, cuyo origen se remonta a los tiempos de Temístocles y las guerras contra los persas.


Hicimos parada en los aparcamientos de la Acrópolis, para pasear o permanecer un tiempo limitado por los alrededores del Partenón, que se divisaba en la cima pero muy cercano, hasta tal punto que me llegué hasta los Propileos: construcción de la misma época, que da acceso al mismo por la parte occidental.


Allí subimos al trenecito. Vehículo diseñado para recorrer la Plaka, como llaman al centro histórico, incluso serpentear por la calles estrechas. Al final, en cualquier caso, nuestra elección resultó un acierto.


Terminamos el trayecto en una zona de la Plaka cercana al Arco de Adriano. Dispusimos de un tiempo libre y allí volvió el autobús a recogernos, para regresar al barco. Pasamos por Glifada, el barrio suburbial más grande de Atenas. En todo momento la guía nos iba dando precisas explicaciones.

Disfrutamos de nuestra visita a Atenas y sentimos respeto y admiración, al contemplar los monumentos antiguos de esa ciudad, cuna de nuestra civilización.

A las 13:00 horas zarpamos con rumbo a Estambul, pero esa singladura queda ya para un próximo capítulo, con el que daré término al relato de este viaje. 

lunes, 25 de julio de 2016

Desde Venecia a Estambul, 2.


Miércoles día 1 de julio de 2016, a las 8:00 horas, llegada al puerto de Split desde Venecia. 232 millas recorridas. 15 horas de navegación.

Antes de iniciar el crucero, nos habían recomendado elegir Dubrovnik en vez de Split, también en Croacia, pero, en ese caso, no visitaríamos después Atenas, así que a Atenas dimos preferencia.


En cualquier caso, Split, capital de la Dalmacia, me sorprendió gratamente.  Es una importante e histórica ciudad, pues fue cuna del emperador Diocleciano, por lo que, entre otros monumentos, conserva una importante fortificación de la época, custodiada como atracción turística por centinelas ataviados como legionarios romanos.

Mientras yo hacía un limitado recorrido por la zona céntrica, donde también se celebraba un pintoresco, variado y bien abastecido mercado al aire libre, mi mujer me esperaba sentada en una zona concurrida cercana al puerto.

En esa ocasión, cuando regresé, la encontré temerosa por el extraño comportamiento de un hombre que pasó, se quedó mirándola, regresó y se sentó a su lado manipulando el móvil y con disimulo la enfocaba. Nada delictivo se podía probar pero lo cierto es que se marchó nada más que aparecí. Esa sospechosa situación nos sirvió de aviso para permanecer juntos en adelante y procurar, para mayor seguridad, la proximidad de otros pasajeros.


Seguidamente embarcamos y a las 13:00 horas de ese día, partimos con destino a Corfú, una de las islas griegas del archipiélago de las Jónicas. Navegábamos costeando Croacia y después Albania. No tenía previsto que vería amanecer por las costas albanesas. Me hizo ilusión tal vivencia. No me conformé con mirar la salida del sol por el portillo del camarote, sino que subí al puente 11, cubierta exterior, para contemplar y fotografiar el espectáculo natural.


Jueves día 2 de julio, a las 8:00 horas llegada al puerto de Corfú, desde Split. 299 millas recorridas. 19 horas de navegación.

Esa mañana nos sumamos por primera vez a una excursión programada. Elegimos la opción que precisaba de menor caminata.


Viajamos en autobús al pueblo turístico de Paleokastritsa. Visitamos la iglesia de su histórico monasterio ortodoxo. La guía, aparte de la explicación artística y respondiendo a alguna pregunta, nos explicó las principales diferencias entre la religión ortodoxa y la católica: en aquella, los sacerdotes pueden casarse, incluso divorciarse hasta en dos ocasiones. No así los monjes ni prelados, quienes son célibes. No rinden culto a esculturas, que consideran sacrilegio. Esas son las más notorias y curiosas variantes que recuerdo. Expongo esto como mera curiosidad, pues siguiendo el espíritu de este blog, no entro en valoraciones religiosas, ni políticas llegado el caso.


Continuamos hasta el entorno del pueblo de Kanoni, para contemplar maravillosas vistas de su bahía. Durante el recorrido disfrutamos de un paisaje accidentado y con una flora típicamente mediterránea. Abundan en Corfú los pinos y olivos. Son muy numerosas las bellas calas de aguas cristalinas. La isla está muy próxima a Albania, cuyo litoral se puede divisar a simple vista.

Finalmente llegamos a la capital, también llamada Corfú (Kerkyra en griego). Los ingleses la ocuparon unos años en el siglo XIX, pero fueron los franceses quienes seguidamente permanecieron por más tiempo y dejaron una notoria impronta en su interesante arquitectura. Asistimos a alguna visita prevista y después disfrutamos de tiempo libre para el descanso o realizar compras por su típica área comercial.



Previamente a la entrada de la ciudad, la guía nos mostró una gran explanada urbanizada. Nos comentó que era la plaza más extensa de Europa (con los modernos medios de consulta, he comprobado que no es tal, pero sí es cierto que figura entre las de mayores dimensiones).

En esta ocasión referiré una anécdota de final divertido que me ocurrió: a poco de iniciar la marcha desde el autobús a la ciudad, caminaba yo con mi natural abstracción, aumentada por la atención prestada a la cámara fotográfica. Tropecé de forma aparatosa con un bolardo. Por lo visto, el traspié resultó cómico, aunque conseguí mantener el equilibrio.

Escuché reír a mi espalda. Algo habitual en estos casos, pero habitual es también, que el afectado desaparezca de escena sin mirar atrás. No tuve esa posibilidad, porque acompañaba a mi mujer y además, la emisora de la risa, se acerco solícita y amable para socorrerme. Era una simpática señora italiana acompañada de su marido.

Cuando comprobó que no sufrí más daño que un pasajero dolor en el pie, bromeó y me aconsejaba mirar al suelo en adelante y cuidar de no repetir esas patadas. Siguiendo su línea de humor y entendiéndonos como pudimos entre italiano y español, le comenté que lo veía difícil, pues con el paso de los años había adquirido la manía de patear todos los pivotes que se oponían a mi paso.

Finalizada la excursión, regresamos a los autobuses para llegar al puerto. Pasados los controles de rigor (el buque aplicaba siempre el suyo propio), embarcamos para zarpar a las 14:00 horas con destino a Santorini. Pero esa singladura queda ya para el próximo capítulo.


miércoles, 27 de abril de 2016

Desde Venecia a Estambul, 1.


Como por ahora no se me ocurren otras vivencias que contar, continuaré con los viajes. En todo caso, estos relatos me sirven de entretenimiento y recordatorio.

En esta ocasión se trata de un crucero; crucero que realizamos mi mujer y yo en el verano del año 2015.

Por fatal coincidencia, poco antes de iniciar el viaje, mi mujer estaba aquejada de fuertes dolores en un pie, lo que parecía un ataque de gota. Como una vez fijado y abonado todo, para que te devuelvan el importe del viaje, a pesar del pago de un seguro de cancelación, tienes que presentar poco menos que un acta de defunción, no creímos oportuno gestionar un aplazamiento y nos pusimos en marcha.

Tan adversa situación no impidió el disfrute de la singladura, pero, como iré contando, si la contrarió en notable medida, especialmente durante las excursiones.

Aparte de mencionar el feliz recibimiento y encuentro con mis sobrinas Charo y Encarna y mi sobrino Julio y su mujer en Madrid, donde llegamos el domingo día 28 de junio procedentes de Sevilla, para abreviar el relato y hacer la lectura menos tediosa en lo posible, no entro en más detalles de desplazamientos, ni incluso en la parte más ingrata de los mismos: los trámites, esperas y necesarios controles en los aeropuertos.

Me sitúo así directamente en nuestra llegada al día siguiente a Venecia,  a nuestro barco. Se trataba del Costa NeoClassica, de la compañía genovesa Costa Cruceros.

Serían como las 4 de la tarde. Estábamos hambrientos, sin ingerir nada desde un temprano desayuno. Nos preguntábamos que nos tendrían preparado para comer a hora tan tardía. Para nuestra sorpresa, en el restaurante llamado La Trattoria, nos obsequiaron con un bufé de lo más variado y apetitoso.


Como viajábamos con tarjeta MAIN, o sea, paquete de bebidas incluidas (salvo excepciones), nos servían en la mesa o retirábamos nosotros las que nos apetecía.


Esa Tarjeta Costa nos sirvió en todo momento como carné de identidad. Asimismo, una vez validada la de crédito personal, también para el pago inmediato de posibles compras a bordo, incluidas las excursiones y la cuota de servicio, sistema que resultaba muy operativo. De no hacerlo así, creo recordar que eran 175 euros por persona los que había que anticipar, para ajustar cuentas al final del trayecto.


Dedicamos parte del resto de la tarde a ordenar el vestuario y conocer el buque. El camarote, muy bien equipado, disponía de vistas al mar como habíamos contratado. Luego comprobamos que mereció la pena pagar un precio superior por esa elección.

Curiosamente, echamos en falta una de las maletas. Bajé a la oficina de información, atendida por personas que hablaban hasta cuatro idiomas, según las banderitas que lucían, aunque el español era el idioma dominante por el número de pasajeros y tripulantes sudamericanos.

La maleta la habían retenido en el control del barco, cuando había pasado repetidamente los de los aeropuertos. Motivo: una pequeña plancha, que mi mujer portaba usualmente. Me indicaron que allí estaban prohibidos esos enseres para evitar toda posibilidad de inicio de incendio por un descuido, causa frecuente en los siniestros marítimos. Quedó confiscada, pero nos fue retornada a su debido tiempo.


Debía resolver otra cuestión. Teníamos asignado el primer turno para la cena: entrada al comedor, en este caso el salón llamado Tívoli, de 19.30 a 20 horas. Para los españoles, en general, ese horario es más propio para la merienda. Así que el maître general, atendió con amabilidad una larga cola y no hubo problemas, nos cambió  a las 22-22,15.

Ese comedor de lujo estaba dispuesto principalmente para el servicio de la cena con reserva de mesas, o bien para el desayuno, pero, en ese caso, limitado desde las 7 a las 8.45 horas y en lugar de libre elección. Había que presentase ataviados con vestimenta formal, incluso elegante en alguna ocasión. Luego me informé por el mismo maître, que a pesar del cambio, cuando nos apeteciera, podíamos cenar en La Trattoria sin previo aviso. No llegamos a hacerlo, porque resultaba cómodo el servicio completo en las mesas, en un ambiente a veces muy animado por determinadas celebraciones.

Mientras mi mujer reposaba su pie dolorido en las hamacas de la zona de piscinas, situadas al aire libre en el puente número 11, aproveché para bajar y recorrer el puerto y así conocer los medios de transporte para desplazarnos a la ciudad a la mañana siguiente. En esa ocasión la visita no sería por excursión concertada.


Todas las tardes nos dejaban en la puerta del camarote el Today hojas informativas en español, para divulgar las actividades diarias de a bordo, las excursiones programadas, o las noticias del puente de mando sobre la singladura.


La mañana del día 30 de junio visitamos Venecia. Llegamos en un vaporetto que hacía el servicio regular entre el puerto y las proximidades de la plaza de San Marco.

Como nota negativa, habíamos escuchado ocasionalmente sobre la pestilencia y suciedad del agua de sus canales. No nos pareció tal. No es que las aguas estuvieran cristalinas, pero si renovadas por el flujo del mar y tampoco apestaban.
Nos pareció una ciudad preciosa. Paseamos por varias calles céntricas. Nos llamó la atención la vistosidad y presentación de numerosos escaparates y el lujo y alto precio de los artículos expuestos.


Aunque son muy conocidas y admiradas las imágenes de la plaza de San Marco, la realidad superó nuestra imaginación, por su espectacular y bella arquitectura.

Como la presencia policial en la plaza unida a la masiva afluencia turística ofrecían seguridad, mi mujer quedó entretenida contemplando el ambiente, mientras yo caminé hasta el puente de Rialto. Después del largo paseo, resulta que lo encontré prácticamente oculto por obras.

Ea, pues, para no extenderme más, ya estamos de nuevo en el barco.

A las 5 de esa tarde, previo simulacro de emergencias equipados con chalecos salvavidas, zarpamos para cruzar el mar Adriático con rumbo a Split, en Croacia.

Continuará…