sábado, 7 de abril de 2018

Ruta italiana, 4.



Sábado, 29 de julio de 2017.-

Esa mañana, como de costumbre, nos recogió el autobús estacionado próximo a la puerta del hotel para trasladarnos a la basílica de San Pablo Extramuros, primera de las visitas programadas para la jornada.

Llegados allí, se unió a nosotros el guía local, del que en este caso recuerdo su nombre: Nino, un simpático italiano que hablaba un asombroso español, incluso utilizando todo tipo de modismos y refranes en nuestra lengua cuando venían al caso. Como tenía aspecto de mexicano y el agradable acento de ese querido país, le pregunté por su origen y, para mi sorpresa, me respondió que era de ascendencia italiana, incluso, si mal no recuerdo, nativo de Roma. Lo curioso es que él mismo se sorprendía de su acento y no le encontraba explicación, pues aunque estuvo casado con una mujer de habla hispana, ésta era dominicana y no mexicana.

La basílica y una abadía anexa forman el impresionante conjunto de San Pablo Extramuros. El interior del templo se encuentra repleto de obras de arte, entre ellas, una serie de medallones con las figuras de los papas, desde San Pedro hasta el actual: Francisco, seguidos de otros en blanco en espera de sucesivos pontífices.
Con todo, el atractivo principal es el sepulcro donde la tradición popular sitúa los restos de San Pablo, martirizado en tiempos de Nerón y enterrado allí, lo que convierte el lugar en uno de los puntos de destino y veneración de las peregrinaciones católicas romanas.


Viajamos después para conocer las catacumbas de Domitila, llamadas así porque la tradición cuenta que se excavaron en terrenos cedidos por Flavia Domitila, nieta del emperador Vespasiano y sobrina de su hijo, el también emperador Domiciano, quien, a pesar del parentesco la mandó ejecutar por cristiana.

Durante el trayecto, Nino nos explicaba cuanto de interés se divisaba en el entorno. Sobre las catacumbas nos informó que hay sesenta localizadas en Roma, de las que unas seis son las visitadas, pero que no diéramos crédito a la general creencia de que eran lugares de ocultación de los cristianos huyendo de las persecuciones de los romanos; escenario tan falso como recurrente que nos muestran las películas, pues, ni mucho menos ofrecían espacios de refugio. Ya lo comprobaríamos.

Eso mismo nos confirmó la guía encargada para la ocasión cuando iniciamos el descenso, en un recorrido limitado de los quince kilómetros descubiertos.

En principio visitamos una pequeña basílica, pero ya construida a fines del siglo IV por el papa San Dámaso, sobre la cripta donde fueron enterrados los mártires Nereo y Aquileo. Después nos adentramos en las galerías; todo un laberinto de estrechos y tenebrosos pasillos distribuidos en varios niveles de profundidad. De cuando en cuando, aparecían algunos espacios que sirvieron de panteones familiares.

También vimos infinidad de nichos rectangulares y de escaso fondo excavados en las paredes, muchos de ellos de pequeñas dimensiones, para niños, pues los cadáveres eran sepultados en posición lateral, simplemente envueltos con ropas. A los lados se pueden comprobar los huecos para las lámparas de aceite, de las que había colecciones y, a veces, aún se pueden apreciar las manchas de tizne que desprendían. Aparte de una tenue iluminación, esas lámparas ardiendo reducían la pestilencia. Nos quedó claro que lugares tan insalubres, tétricos y estrechos, no reunían condiciones de escondite para ningún colectivo.


Son frecuentes los frescos sobre algunos nichos o panteones.  En una tumba en forma de arco, pudimos contemplar en la parte interna superior la pintura de una Santa Cena y de frente, a San Pedro y San Pablo. El primero con pelos rizados y canosos en la cabeza y la barba y el segundo bastante calvo y con barba negra. La guía nos hizo notar que San Pedro no portaba las llaves de Cielo, atributo aún no considerado por aquellos primeros cristianos.

A la caída del Imperio Romano las tumbas fueron saqueadas, en busca de objetos de valor.

Salí impresionado a la superficie, pero contento por la histórica experiencia vivida. Eso sí, plenamente convencido de que, en solitario, yo no bajaba ni a la pequeña basílica iluminada, aun con la certeza de recoger un tesoro.

(Mi gratitud al componente del grupo que, con disimulo, tomó una serie de fotografías y me proporcionó algunas, lo que me ha permitido seleccionar las dos que ilustran este apartado).

Seguimos la ruta de nuevo con Nino como guía local e Isabel como responsable del grupo, para visitar desde el exterior la basílica de San Juan de Letrán, considerada la catedral de Roma por ser la sede de su obispo, o sea, del papa.


La que sí conocimos con detalle fue la basílica de Santa María la Mayor. Otro templo repleto de obras de arte. En su interior están enterrados varios papas y también se encuentra la tumba del famoso escultor Bernini.


A la derecha de la puerta principal, bajo unos soportales, se erige una estatua en bronce al rey español Felipe IV, benefactor de ese templo, muy vinculado a la corona española hasta la actualidad.

Una vez terminada la visita nos despedimos de Nino y marchamos hasta el autobús para retornar a mediodía al hotel.


Esa tarde, a las 20:00 horas, nos recogieron de nuevo para trasladarnos al barrio del Trastévere, pues teníamos incluida una cena típica italiana en un restaurante llamado La Piazzeta.

Nos encantó el bohemio y castizo barrio por su bullicio y animación, incluso vecinos jugaban a las cartas en una mesa situada en plena calle. Un ambiente latino, familiar, que nos recordaba las películas del cine neorrealista italiano, algunas de ellas interpretadas por Alberto Sordi, nativo del lugar, cuya casa de nacimiento lo señala una placa como pudimos comprobar.

Finalmente, gran parte del grupo regresamos al hotel en el autobús y algunos se quedaron para volver por su cuenta.

Domingo, 30 de julio.-

Bueno, pues nos llegó el día del retorno. Hubo quienes aprovecharon la mañana libre para conocer algunos lugares de Roma donde no estuvimos, o solo visitamos de pasada, pero mi mujer y yo, en previsión de que por cualquier contrariedad perdiéramos el vuelo a Sevilla, optamos por permanecer en el entorno del hotel donde nos recogerían a las 15:15 para trasladarnos al aeropuerto.

Llegó la hora y nadie aparecía para recogernos. Rebasados unos minutos de incertidumbre, me vi obligado de llamar al número de teléfono previsto para casos de emergencia. Me respondieron que no nos preocupásemos, pues un coche ya estaba en camino.

No voy  extenderme por no hacer tedioso este apartado, pero lo cierto es que al final, aunque llegamos a ponernos en cola justo con las dos horas previas al vuelo exigidas, no llegamos a tiempo al mostrador de facturación y, aunque facturaron nuestro equipaje, nos entregaron tarjetas de embarque sin asientos, a pesar de tener el vuelo cerrado con meses de antelación: overbooking.

Tuvimos que superar infinidad de dificultades, pero por suerte, al final conseguimos el vuelo previsto a Sevilla.

Durante el trayecto aéreo, pudimos divisar con claridad todo el través de la isla de Cerdeña.

Ya en Sevilla, mi hijo me comentó que venden determinado porcentaje de billetes por encima de la capacidad del avión, en previsión de quienes no se presenten, por lo que es recomendable confirmar la tarjeta de embarque con antelación. Nada sabíamos, ya que en los años precedentes viajamos en vuelos concertados con los cruceros.

Curiosamente, el lunes siguiente, en el panel de un concurso televisivo pudimos leer: “overbooking: estafa legal que puede arruinarte las vacaciones”. En nuestro caso no llegó a tanto, pero desde luego, aquella tarde nos la amargó.

Con todo, remato estos relatos como los inicié. La experiencia fue inolvidable, por cuanto viajamos, por cuanto vimos, por cómo nos fue explicado, por las personas que conocimos y porque vivimos momentos que la convirtieron poco menos que en una aventura.

Vale.

sábado, 24 de febrero de 2018

Ruta italiana, 3.



Jueves 27 de julio de 2017.

Esa mañana, de regreso a Roma, tras el ciclo de visitas a Florencia, Lucca y Pisa, paramos en primer lugar, como estaba programado, para conocer la ciudad de San Gimignano, Patrimonio de la Humanidad y conocida como la Nueva York Medieval, pues aún conserva numerosas torres de notable altura de las 72 que llegó a tener en la Edad Media.

Dispuestos para bajar del autobús aparcado a las afueras, pues el municipio se encuentra amurallado y el casco urbano exento de tráfico, Isabel, me comentó: “Manolo, no te pierdas de nuevo, que cada vez que lo haces pierdes a cinco personas más contigo”. Me lo dijo con su habitual sentido del humor, pues sabía que no fui responsable de los extravíos precedentes. Aquello ocurrió por simple coincidencia.

Accedimos a la ciudad por una puerta de la muralla y en aquella ocasión, que no precisamos de guía local, recorrimos por nuestra cuenta sus bellas calles y plazas y contemplamos sus altas torres. Coincidió también la visita con un día de animado mercado al aire libre de variados productos.

A la hora acordada, una vez reunido el grupo en un punto previamente fijado, marchamos hasta unas bodegas para tomar un aperitivo y degustar uno de sus afamados vinos blancos, en ese caso el denominado Vernaccia, según lo establecido en las prestaciones del viaje.


A continuación, era ya mediodía cuando llegamos caminando un largo trecho desde donde nos dejó el autobús hasta la Plaza del Campo de Siena, donde compiten en carreras de caballos los 17 barrios que componen la ciudad, en disputa por el famoso Palio; carreras que se celebran tradicionalmente los día 2 de julio y 16 de agosto de cada año. En todo caso, añaden alguna más en ocasiones memorables.

Nos impresionó su extensión y belleza, así como la muchedumbre que la ocupaba, hasta el punto de que muchas personas descasaban simplemente sentadas en el suelo. Desde allí nos dirigimos al restaurante  concertado para la comida.

Ya después de comer nos acompañó la guía local. Recorrimos numerosas calles adornadas con motivos que identifican al barrio al que pertenecen. Nos mostró el icono que lucía ella misma: el de La Jirafa, que dijo que es el mejor por ser el suyo y había vencido en la última carrera disputada, aunque reconoció que el más laureado es el de La Oca.


Llegamos a una plaza en la que contemplamos un templo de magnífica fachada. Para acceder al mismo era preciso subir una ancha escalinata, en aquel momento repleta de gente sentada. Supuse que era la famosa catedral de Siena, pero no, era simplemente el baptisterio. Para la ver la catedral aún habíamos de subir varias calles empinadas.


Mi mujer ya caminaba con los talones heridos hasta sangrar, por lo que decidió descansar y quedarse allí sentada. Acordamos que yo subiera con el grupo para ver la catedral, para cuya visita Isabel se había encargado de sacar las entradas. La vista de su fachada nos resultó maravillosa por su arquitectura en mármol y por su colorido. 

Bajé para acompañar a mi mujer, quien me convenció que no perdiera la ocasión de visitar su interior, pues allí se encontraba segura y entretenida con el gentío y no portaba objetos de valor. Me acerqué de nuevo y pude localizar a nuestro grupo para entrar. Me alegré sobremanera de ver el interior, pues me resultó de una belleza incomparable.

Terminada la visita retorné con mi mujer, tras quedar con Isabel que nosotros los esperábamos en la Plaza del Campo, mientras terminaban ya el breve recorrido aún previsto.

Una vez todos reunidos, paseamos hasta el autobús para terminar el trayecto en Roma.  Nos alojamos durante tres noches en un hotel de la cadena española Barceló como el de la llegada, pero en ese caso el Arán Mantegna, ambos de 4 estrellas, pero alejados del centro de la ciudad. Ese día teníamos incluida la cena, pero en adelante solo el desayuno.

Viernes 28 de julio.

Comenzaron las visitas en Roma. La primera programada era el Vaticano.  Se requería llegar temprano para agilizar los trámites de entrada. Isabel fijó la partida del autobús desde la puerta del hotel a las 7:30, pero por retraso de dos personas recientemente incorporadas al grupo, se demoró la salida a las 8.00.

(Previamente a la salida, la amable Lucía entregó a mi mujer unas tiras adhesivas apropiadas para cubrir las heridas de los talones  que, en adelante, le aportaron un notable alivio para caminar.)


A pesar de la demora, la guía local, quien se unió a nosotros en la zona de acceso al Vaticano, ya  repleta de colas para entrar, consiguió aligerar los trámites de acceso, a los que siguieron unos rigurosos controles de seguridad.

El distante camino desde el hotel nos permitió contemplar desde la ventanilla del autobús una amplia panorámica de la ciudad: las Termas de Caracalla, que no las suponía tan extensas; el inmenso campo que ocupaba el circo Máximo; el río Tíber y varios de sus puentes; el Castillo de Sant´Angelo, a lo lejos; algunas columnas del Foro…


Ya dentro de la zona monumental del Vaticano, fuimos recorriendo galerías, salas, museos, patios y jardines. Todo el conjunto repleto de bellas obras de arte que la guía nos iba explicando de forma amena y experta; tantas que, como muestra representativa, solo expongo la foto de la estatua griega de Lacoonte.

Seguimos hasta la Capilla Sixtina, donde tuvimos un tiempo libre y la posibilidad de sentarnos en escalinatas laterales para contemplar embelesados la belleza de los frescos, especialmente los famosos de Miguel Ángel que decoran la bóveda. Con frecuencia recordaban la obligación de guardar silencio y la prohibición de tomar fotografías.


Después, continuó la visita al interior de la basílica de San Pedro. Quedamos impresionados por las colosales dimensiones del templo y las numerosas obras de arte que encierra. Por destacar alguna, citaré la Piedad de Miguel Ángel, situada a la derecha de la entrada, y el baldaquino de Bernini, cercano al retablo.

En el suelo de mármol de diferentes tonos, observé un círculo con letras doradas donde figura la catedral de Sevilla como la tercera de la cristiandad en dimensiones, tras la propia basílica de San Pedro y la catedral de San Pablo de Londres.

Salimos a la plaza de San Pedro, abarrotada de gente, incluso de vendedores ambulantes, pues aunque pertenece al Estado del Vaticano, es fácil acceder a la misma. También nos encontramos con una larga cola para visitar la Basílica, cuya entrada desde allí es gratuita.

Después, dispusimos de un tiempo libre para dar una vuelta por el entorno externo, lleno de tiendas y bares, hasta acercarnos al autobús y continuar al restaurante para el almuerzo.


Después de la comida, continuamos un recorrido en autobús, con parada cerca del Coliseo, con tiempo para bajarnos y hacer fotos. Una vez estacionado el autobús, fuimos conducidos paseando, entre otras calles, por la famosa Vía Véneto, hasta llegar a la Fontana de Trevi, concurrida de público como es habitual, lo que hacía difícil acercarse a tirar las monedas al agua para cumplir con el ritual.


Nos fueron concedidos veinte minutos de tiempo libre y se fijó un punto de encuentro para luego continuar el itinerario. Pregunté a la guía local si teníamos previsto pasar por la cercana Plaza de España  y me respondió que no estaba incluida en el recorrido.

Me senté junto a  mi mujer en un banco de una placita próxima y como yo tenía especial interés en visitarla, pregunté al señor de un quiosco que cuánto se tardaba en llegar caminando, me respondió que unos diez minutos, pero añadió señalándose: “Ma io cinque”, así me tocó la moral y le respondí: “Ma io quattro”.

No lo pensé más, me puse en camino mochila al hombro y paso rápido. Efectivamente, llegué en cinco minutos, hice algunas fotos del entorno y regresé de inmediato, pero mira por dónde que en aquella ocasión, seguro que por la tensión de las prisas, sí fui yo quien confundió algunas calles y retrasé el retorno unos minutos; los suficientes para que el grupo ya hubiese continuado el recorrido, por lo que en el punto de encuentro solo encontré a mi mujer bastante nerviosa y enfadada.

Fui bronqueado con razón y no tuve otra opción que recurrir de nuevo al teléfono para llamar otra vez a Isabel. Me preguntó que quién era, (aunque de sobras lo sabía), que dónde estaba y cuándo había llegado. Le respondí que en el lugar acordado desde hacía cinco minutos.

De inmediato tenía a Isabel junto a mí. Me dijo: “¡No mientas a una guía!... ¡Acabas de llegar, yo estaba ahí mismo, te he visto pasar corriendo, sudando y con la mochila a la espalda!” En realidad, no pretendía mentir por unos minutos más o menos, que no es mi estilo, sino evitar tensar más la situación.

Isabel, como responsable del grupo, se había quedado por allí vigilante y reconoció que, de forma premeditada y pícara, dejó que yo solo llegara hasta mi mujer para escuchar la merecida bronca. Nos acercó hasta donde estaban todos los demás y la guía local. Luego, Isabel me dijo que admiró mi determinación de aprovechar la ocasión que tuve, que tal vez no se repitiera, de llegarme hasta la Plaza de España. Mantuvimos una relación amistosa que recuerdo con agrado.


Pasamos cerca de la Columna de Trajano, pero sin detenernos, continuamos para visitar el Panteón de Agripa, mandado construir por el emperador Adriano. Impresionante e increíble que se mantenga casi intacta su arquitectura tras casi dos milenios. Su imponente cúpula compuesta por casetones de hormigón, tiene un diámetro mayor que el de la cúpula de la Basílica de San Pedro.


En su interior se encuentran las tumbas de varios reyes y reinas de Italia y también, como excepción, la de Rafael, quien siempre quiso que lo enterraran allí. Cumplieron su deseo por su buena fama como artista y persona y por su temprana muerte.


Finalizamos la jornada turística en la Plaza Navona, donde disfrutamos de su entorno, monumentos y ambiente. Cerca de allí recogió el autobús a cuantos optamos por regresar al hotel.

Toda la organización se venía desarrollando a la perfección con el programa establecido, pero ese día, a mi parecer, se dieron dos aspectos negativos:

La Columna de Trajano es un monumento de gran valor histórico, que recoge en relieve los hechos de la conquista de la Dacia. Merecía al menos, una breve parada y una explicación.

En cuanto a la Plaza de España de Roma, mundialmente conocida, su visita debía estar necesariamente incluida en el itinerario turístico, más cuando la expedición se componía de españoles.

Todo esto lo digo además cuando comprobamos que al final, en la Plaza Navona, dispusimos de tiempo más que sobrado hasta la llegada del autobús.

Esa noche la cena no estaba incluida en el precio del viaje, así que determinamos cenar en un restaurante próximo al hotel, llamado Mucca Pazza, o sea, La Vaca Loca.

En ese caso, Emilio, hijo de Lucía, pidió una pizza para él y su madre,  con idea de acompañarla y comerla en la habitación, así que, del grupo que solíamos reunirnos más habitualmente, ya nombrado en anterior ocasión, quedamos diez comensales: Carlos y Emilia, Blanca y Rafa, Emilio y Clemen, mi mujer y yo, más Vicente y Chema.

Chema, como cocinero profesional se hizo cargo de la comanda. Hasta la llegada de la comida, como el barril de cerveza no podía estar más a propósito tan cercano a nosotros, ésta corría en abundancia, al menos entre los hombres. Al camarero italiano ya lo teníamos un tanto aturdido con tantas idas y venidas. Siguieron abundantes entrantes, tantos que nos dábamos ya por cenados, en todo caso esperábamos algunas pizzas para repartir encargadas por Chema, pero por alguna falta de entendimiento nos llegaron ¡diez y de las grandes!, una por persona. Imposible engullir tal cantidad. Los italianos no nos advirtieron, pero eso sí, muy atentos, nos proporcionaron unas cajas para envasar el sobrante y conservarlo para mejor ocasión. Al final, todo fueron risas y gozamos de una reunión memorable.

Continuará...

martes, 23 de enero de 2018

Ruta italiana, 2.




Martes, 25 de julio de 2017.

Por la mañana llegamos a Florencia y caminamos desde donde nos dejó el autobús hasta la catedral (Il Duomo) y el Baptisterio, justo frente a la misma, monumentos de gran belleza externa, aunque, para dedicar el tiempo a otras visitas consideradas de mayor interés, no se estimó oportuno conocer su interior.


Desde allí nos acompañó el guía local, cuyo nombre y persona recuerdo en este caso: Stefano (en la foto superior posa con Isabel). Junto a él hicimos un extenso recorrido por el centro de la ciudad hasta llegar al Puente Viejo (Ponte Vecchio) sobre el río Arno.


Seguidamente paramos en la plaza de la Señoría para contemplar una copia de la estatua del David de Miguel Ángel, situada donde estaba expuesta la original hasta 1873, año en que fue trasladada donde permanece en la actualidad: la Galería de la Academia.


Por la masiva afluencia de público a esa galería, se decidió visitar el Palacio Bargello, convertido y considerado como el museo de arte renacentista más importante del mundo, con bastantes obras del propio Miguel Ángel, incluso su busto.

Seguidamente, paramos para almorzar en un restaurante próximo a la Capilla de los Medici, lugar fijado para reunirnos después de la comida, tras hora y media de tiempo libre.

Marchaba con mi mujer con idea de hacer alguna compra, cuando nos encontramos con parte de un grupo con quienes ya habíamos entablado una amistosa relación. En ese caso, Chema y Lucía, de Madrid, el hijo de ésta, Emilio, joven de apenas 18 años, de carácter atento y bondadoso y con Vicente, zaragozano.

Se encaminaban hacia la Galeria Uffizi, que aunque se encontraba lejos del lugar de encuentro, pensaban que el tiempo libre en esa ocasión era más que suficiente para la ida y el retorno, así que consideramos más seguro y divertido unirnos y pasear con ellos. Ya encontraríamos durante el trayecto una tienda para la compra prevista.

El joven Emilio comento: “lo malo será volver”. No sospechaba que aquellas palabras resultaron proféticas. Arreció la lluvia que de forma intermitente nos venía acompañando a lo largo del día. Rachas de fuerte viento doblaban las varillas de los endebles paraguas adquiridos para una ocasión pasajera. Los de Chema y Vicente quedaron totalmente inservibles, por lo que tuvieron que seguir caminando bajo la lluvia sin protección alguna.

Tan adversas condiciones meteorológicas nos motivaron a optar por emprender el camino de regreso, e influyeron para que terminásemos extraviados. Disponíamos de un mapa, pero impreciso. Preguntamos en varias ocasiones y, aunque no resulta difícil entender un italiano elemental y concreto, por lo visto no nos enterábamos bien o no nos explicábamos con claridad, lo cierto es que no dábamos con el camino correcto. Emilio consultaba la oportuna aplicación en su móvil y repetidas veces nos decía: “¡Por aquíii!” Lo seguíamos crédulos e ilusionados… para terminar decepcionados, pues repetidas veces topábamos con lugares ya conocidos. Tal parecía que nos habíamos adentrado en un gigantesco laberinto urbano.

Lucía comentaba sentirse herida en su amor propio por terminar perdida en Florencia, habiendo transitado sin dificultad por ciudades más populosas y complicadas. Precisamente, por amor propio tratábamos  de evitar llamar a Isabel, pero como la hora y media de tiempo libre expiraba y seguíamos perdidos, mojados (algunos empapados) y agotados de tanto caminar, no tuvimos otra alternativa que hacerlo.


Escasos minutos pasaron cuando teníamos a Isabel con nosotros, pues  para aumento de nuestra frustración, nos encontró cerca del punto de reunión. Ella quedó sorprendida al conocer que seis personas adultas, en pleno día, aunque fuera lluvioso y con los actuales medios de orientación, se perdieran en Florencia; más sorprendidos y contrariados estábamos nosotros. Eso sí, podíamos presumir de haber recorrido las calles y el centro comercial de la ciudad, con mayor detalle que el resto del grupo, aunque sin tiempo ni apetencias para recrearnos contemplando sus lujosos escaparates.


Aún hubimos de seguir caminando hasta el autobús para regresar al hotel, previa una parada en un mirador presidido por otra réplica de la estatua del David de Miguel Ángel, desde donde se divisaba una maravillosa vista de Florencia y el curso del río Arno.

Miércoles, 26 de julio.


Según el programa, en ruta para Pisa, paramos para visitar Lucca, otra preciosa ciudad medieval, abarcada por baluartes bien conservados y construidos con un trazado irregular concebido para una estratégica defensa.

El autobús nos dejó en una zona de extramuros, desde donde nos acompaño la guía local. Caminábamos para acceder al centro urbano por una puerta de la muralla, cuando mi mujer, afectada con rozaduras en los talones a consecuencia de la caminata del día anterior, se cayó de forma inesperada en un suelo llano, a pesar de calzar unos zapatos cómodos.

Como caminaba cogida a mi brazo, me arrastró en la caída. Me levanté sin dificultad para ayudarla, aunque ya todo el grupo había acudido solícito para socorrernos. Comprobamos que solo sufrió una leve herida superficial en un codo, así que el cómico batacazo, pues ella “aterrizó” hacía adelante y yo caí hacia atrás, solo quedó en una anécdota más a añadir a los incidentes del viaje a que me refería al inicio de estos relatos. Eso sí, en adelante extremamos los cuidados al caminar y tomamos ocasionales y oportunas medidas por sus pies doloridos, que soportó con entereza, para adaptarnos y no entorpecer el ritmo de marcha del colectivo.


Ya en la ciudad, el primer monumento que contemplamos, aunque en ese caso solo por el exterior, fue la iglesia de San Miguel en Foro. Nos sorprendió gratamente la belleza y originalidad de su fachada y las columnatas laterales.


A continuación visitamos su monumental catedral, llamada de San Martín. Allí sí que la guía nos explicó con detalle todo su interior de extraordinario valor artístico.

Después seguimos paseando por sus calles y plazas centrales para ver el exterior de numerosos monumentos más, hasta llegar al autobús y continuar viaje.


A mediodía llegamos a Pisa. El autobús nos dejó en una extensa zona de aparcamientos alejada del  centro urbano hasta donde caminamos. Al entrar por una puerta elegida de la zona amurallada, quedamos asombrados ante la impresionante y repentina vista de la llamada Plaza de los Milagros, un conjunto principalmente formado por el Baptisterio, la Catedral y la Torre Inclinada al fondo, edificios todos con el exterior de mármol blanco.

Aquella visión me hizo recordar el soneto que dedicó Cervantes al túmulo erigido en Sevilla tras la muerte de Felipe II:

“Vive Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla,
porque: ¿a quién no sorprende y maravilla,
esta máquina insigne, esta riqueza?...”

Seguidamente, fuimos directos al restaurante concertado para el almuerzo. Para mi contento, aunque no me libré de un primer plato de pasta, al menos, como excepción, nos sirvieron un segundo de pescado: rodajas de chipirones enharinados y fritos que me resultaron exquisitos.

Después de la comida, fuimos guiados por un joven y simpático italiano, natural de la misma ciudad, que se expresaba con un perfecto dominio del español coloquial, pues se había licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca.


No recuerdo el nombre de tan agradable guía, pero, para que perdure su recuerdo, aparece en la foto superior, explicándonos el interior del Baptisterio.

Antes de continuar con el relato, no me resisto a incluir dos de los ocurrentes tópicos que nos contó, aun a sabiendas de que solo se trata de divertidas anécdotas alejadas de la realidad, pues él mismo las tomaba con humor.

Como es frecuente en general, también en la Toscana existe rivalidad entre ciudades cercanas, muy enconada entre Florencia y Pisa. En este caso se remonta al siglo XV, cuando la República de Pisa fue anexionada por la de Florencia.

*Galileo Galilei nació en Pisa, pero está enterrado en Florencia, así que nos dijo que allí nunca descansará en paz rodeado de florentinos.

*Los habitantes de Lucca tienen fama de tacaños en toda la región y aseguran que sus mujeres tienen tres tetas, pues en la antigüedad atesoraban monedas introduciéndolas por el canal de los pechos y en consecuencia les creció otra de oro.

Bueno, pues a continuación contemplamos la famosa Torre, que pasa un poco desapercibida ante tanta grandiosidad, aunque no tuvimos ocasión de subir. Nos explicó que la inclinación fue debida a un fallo de construcción por su escasa cimentación, por lo que el arquitecto quedó relegado al olvido. Recientemente han inyectado un refuerzo en el subsuelo, consiguiendo enderezarla cincuenta centímetros. Prevén que se mantenga así, al menos doscientos años.


Seguidamente recorrimos todo el interior de la artística Catedral, que nos explicó con todo detalle. A la salida nos mostró, a la izquierda de la plaza, lo que fue el antiguo hospital.


Como el índice de mortalidad era muy alto, el cementerio de la época estaba situado justo enfrente del hospital. Esa cercanía les facilitaba un cómodo y breve traslado de los difuntos.

Siguió la visita por dentro del Baptisterio, también repleto de obras de arte. Nos sorprendió que, como los niños no debían entrar en los templos sin cristianar, para la simple función del bautizo construyeran esos imponentes edificios independientes, frecuentes en varias ciudades italianas.

Terminadas esas visitas, se despidió el guía local y fue Isabel quien quedó al frente de quienes deseaban seguirla a pasear por las calles céntricas, o bien, los que así lo preferían, podían recorrer a su aire un extenso mercado al aire libre instalado a lo largo de una zona extramuros en dirección a los autobuses.

Como mi mujer continuaba con las dolorosas rozaduras en los talones, solo protegidas por simples tiritas, propuse a Isabel que nosotros optábamos por retornar andando despacio hasta los aparcamientos. Quedamos de acuerdo, pero nos pidió que esperásemos a los demás a mitad de camino, donde encontraríamos una plazoleta con unos bancos y una pequeña fuente en medio.

Caminar, caminar y caminar, pero por allí no aparecía ni plazoleta, ni bancos ni fuente, así que creímos lo más sensato seguir a la muchedumbre que se dirigía hacia la zona de aparcamientos. Llegados allí, aun se complicó la situación, pues entre tantos autobuses no encontrábamos el nuestro.

Esperando en el entorno, llegaron un matrimonio de Mallorca y otro de Tarragona, amables compañeros de viaje, a quienes les había ocurrido el mismo caso, o sea, que no fuimos los únicos en no localizar el punto indicado. Luego supimos que la dicha plazoleta quedaba oculta por el gentío.

Me resistía a telefonear de nuevo a Isabel, pero no  tuve otra alternativa, pues pasaba el tiempo, llegaba la hora fijada para la partida, y no divisábamos a nadie conocido. Le expliqué el lugar de nuestra espera, no lejano al autobús y allí apareció con el resto del grupo. Seguidamente emprendimos el largo recorrido de retorno para la cena y alojamiento en el hotel.

Tras la cena, manteníamos una animada tertulia con las personas citadas en la “aventura” de Florencia, a la que se unían habitualmente nuestros compañeros de mesa: Rafael y Blanca, de Valladolid, Carlos y Emilia, barceloneses y Emilio y Clemen, extremeños y el joven Emilio. Los nombro porque queden en nuestro recuerdo aquellas personas con quienes mantuvimos más estrecha y grata convivencia.


Continuará...

domingo, 7 de enero de 2018

Ruta italiana, 1.


En el verano de 2017, mi mujer y yo optamos por conocer la variante de viajar mediante un circuito turístico en autobús, en vez de repetir los cruceros marítimos de los dos años precedentes, a los que ya dediqué las correspondientes entradas.  

Elegimos uno con destino a Italia, organizado por la empresa turística Travelplan, llamado: “Encantos de la Toscana y Roma”. En realidad, debieran añadir también la Umbria, región incluida en el itinerario y de la que visitamos dos de sus más afamadas ciudades, como son Asís y Perugia, su capital.

La experiencia nos resultó inolvidable por la grata compañía encontrada, por la experta dirección de Isabel, la responsable del grupo --a quien dedicaré el siguiente párrafo--, por la destreza del conductor, el napolitano Máximo, y porque nos sucedieron una serie de incidentes y vivimos momentos de angustia, pero, por fortuna de esos que, una vez superados, quedan para ser contados a modo de divertidas anécdotas.

Isabel, siempre presente, aunque sustituida en determinadas visitas por guías locales según lo establecido, resultó ser una mujer instruida, desenvuelta, atractiva, con sentido del humor y no exenta del firme carácter preciso para la brega con dispares grupos, a lo largo de siete meses de ininterrumpido trabajo por Italia y en ocasiones por otros países europeos.

Bueno, pues sin más preámbulos, doy principio a estos relatos.

Domingo 23 de julio.-

En vuelo directo desde Sevilla, a las 23.45 aterrizamos en el aeropuerto Leonardo da Vinci, situado en Fiumicino y cercano a Roma. Llegamos con antelación a la hora prevista, pero luego hubimos de permanecer  largo rato a bordo de la nave en espera de que llegara la escalera de desembarque y el autobús para trasladarnos a la distante terminal.

Confundidos, siguiendo al gentío que avanzaba, terminamos en la inmensa sala de llegadas, pero atrás quedó el equipaje facturado. Retroceder estaba prohibido. Allí nos esperaba ya quien había de llevarnos en coche hasta el hotel. Enterado del caso, nos informó que, para poder entrar de nuevo, era preciso gestionar la recogida del mismo en la oficina de los “carabinieri”.

Realizados los trámites oportunos, retorné hasta las cintas transportadoras, donde, por fin, para mi contento, divisé nuestra maleta dando vueltas en solitario.

A continuación nos pusimos en camino hasta el hotel Barceló Aran Park. El conductor, Bruno, un napolitano gracioso, nos amenizó el recorrido contándonos en un español fluido, que la madre le prohibió viajar a España, donde el padre marchó y nunca regresó, pero el destino motivó a Bruno casarse con una santanderina, así que no tenía más remedio que hacer caso omiso al mandato materno. Después, mi mujer me contó, que cuando yo marché en busca del equipaje, le aconsejó riéndose, que aprovechara la ocasión para librarse de mí.

Cuando finalmente llegamos al hotel era la 1:45 de la madrugada. El recepcionista nos señaló el tablón donde estaban expuestas las rutas para ese mismo día. La nuestra estaba fijada para las 7:30, o sea, que disponíamos de escaso tiempo para el descanso.

Lunes 24 de julio.-

A las 7:30 de la mañana, cuando ya estábamos dispuestos para subir al autobús, nos enteramos por Isabel que la tarde anterior había mantenido una reunión con gran parte de los compañeros de viaje ya presentes en Roma y habían acordado demorar la salida a las 8:00 horas; hora a la que daría comienzo nuestra intensiva andadura.


La primera parada fue en la la ciudad medieval de Asís, enclavada en la cima de un monte coronado por un castillo del siglo XIV, llamado la Roca Mayor.


Visitamos primero la basílica de Santa Clara, para después caminar hacia la de San Francisco situado al lado opuesto de la ciudad, paseando por bellas calles, en las que destaca un templo romano erigido a Minerva. Lloviznaba de forma intermitente.


La impresionante y artística basílica de San Francisco está construida a dos alturas. Iniciamos la visita por la planta baja y cuando aparecimos en el claustro situado en la superior, nos sorprendió un intenso aguacero, que en aquel  escenario medieval nos sobrecogió.

Seguidamente, paramos para comer en el restaurante del hotel Windsor. Con todo cuanto me gustó Italia, en mi caso particular, fue precisamente la gastronomía el aspecto negativo, pues poco amigo de los platos de pasta, éstos no faltaron en nuestros menús, bien en el almuerzo, bien en la cena, cuando no en ambas comidas.


Continuamos viaje hacia Perugia, divisando a nuestra izquierda el lago Trasimeno, famoso por librarse en su entorno la tercera de las batallas de la II Guerra Púnica, en la que los ejércitos de Aníbal infligieron una nueva y severa derrota a las legiones romanas.


Entramos en Perugia por una fortificación medieval, construida sobre una fortaleza etrusca, según nos mostró la guía local. Esa región estuvo habitada tanto por etruscos como por umbros, pueblos luego sometidos por los romanos, pero con los que se mezclaron, entrando a formar parte de su civilización.

Después, caminata extensa por la ciudad, contemplando sus bellas calles y plazas, o bien visitando el interior de notables edificios.

Dispusimos de tiempo a nuestra libre disposición, especialmente para compras, pues son típicos de allí los productos elaborados con trufas, derivados de las mismas y salsas sucedáneas.


Ese atardecer llegamos a un antiguo monasterio convertido en hotel, el Fattoría Pitiana, situado en la cima de uno de los montes florentinos, distante unos 25 kilómetros de Florencia. Las vistas eran maravillosas, con abundantes cipreses, árbol emblemático de la Toscana. Allí nos alojamos 3 noches y nos sirvió de punto de partida para el recorrido por la región.

Bueno, pues aquí doy término a esta primera entrada. Continuaré con el relato por jornadas completas.