jueves, 9 de agosto de 2012

La escuela


El municipio de Campillo de Llerena rondaba una población de 5.000 habitantes hasta mediados de los años 50 del pasado siglo, cuando se inició una numerosa y constante emigración.

Contaba con dos centros escolares públicos. Una escuela para párvulos, llamada popularmente "de los cagones", situada en el centro del pueblo y con insuficientes plazas para esa población (también es cierto que por entonces no era frecuente escolarizar a los niños pequeños). La otra escuela, situada en las afueras y aislada de edificios, era donde se impartía la enseñanza elemental. A esta se le llamaba Los Grupos Escolares, Las Escuelas o simplemente: LOS GRUPOS.

Los Grupos eran en realidad un notable edificio con una clase aislada en el patio de recreo, comenzada su construcción cuando la II República.

Como era lo habitual entonces, el acceso para niños y niñas se hacia por distintas puertas y las aulas estaban separadas. Éstas más numerosas para niños, puesto que, por falta de una ley de obligatoriedad de asistencia a la enseñanza elemental o por imcumplimiento de ésta, el absentismo escolar era elevado, mucho más en el caso de las niñas, destinadas de manera indiscriminada a las tareas domésticas (era la antigua costumbre).

En verdad, no hablabamos de clases o aulas sino de escuela, con el nombre del maestro o maestra que impartía la enseñanza en ellas. Maestros para los niños; maestras para las niñas.

Un avance para la época era que el edificio disponía de servicios higiénicos, aunque fuera de uso por falta de agua corriente. Bueno, esto lo supe después, pues como la puerta siempre estaba cerrada, sólo los vi de pasada en una ocasión en que ésta estaba abierta excepcionalmente. Realmente lo que vi fueron unos cacharros blancos entonces desconocidos para mí. Creía que solo se cagaba en el corrá o en el campo. En todo caso en un cuartucho dentro del corral con un poyete de madera y un agujero adecuado para asentar las posaderas. Las Necesarias, que diría Quevedo.

Por contra, como creo que ocurría en todas las escuelas públicas españolas, el edificio carecía de instalación calefactora o de refrigeración.

Como ya he comentado, los veranos de Extremadura en general y de la Campiña Sur en particular suelen ser tan tórridos como gélidos algunos periodos de los inviernos.

Para combatir el frío, los niños solían portar estufas o lo que es lo mismo, unas latas de conserva llenas de picón encendido a modo de pequeños braseros y con unas improvisadas asas de alambre. El conjunto de estas estufas caldeaba algo el ambiente. Para los dias de calor previos a las vacaciones de verano no había más recursos que abrir las ventanas, en todo caso las niñas usaban el abanico y los machotes a joderse, aguantarse y ¡a sudar!

La enseñanza se impartía por ese método tan español de: "La letra con sangre entra", refrán que ni compartía ni comparto. En todo caso mas que la letra entra el odio. No era para tanto, pero sí que los palmetazos y pescozones dependian del mayor o menor rigor del maestro. Práctica tolerada y admitida socialmente y asumida en general por los padres de los alumnos.

A ese panorama educativo hube de incorporarme directamente a los seis años o poco más, ya que mi Lelo (la mayor de mis hermanas) me había enseñado en casa a leer y escribir y así evité el paso previo por "los cagones".

Una mañana mi madre me acompaña a Los Grupos, nada menos que a la escuela de ¡Don Vicente!, conocido de la familia pero con fama de ser de los maestros mas severos.

Trocar de forma brusca mi libertad en el arroyo por el encierro entre cuatro paredes me resultó insoportable. Como reacción tiré varias sillas, algunas con niño incluido, esperando que el maestro me invitara amablemente a salir de clase, pero no me invitó no, sino que actuó contundentemente acorde a su reputación. Terminada la maldita jornada regresaba solo a casa con una decisión irrevocable: ¡No voy más a la escuela! Decisión no admitida por El consejo familiar.

Ante mi negativa, a la mañana siguiente mi madre, armada con un palo en una mano y con la otra tirando de mí, caminaba hacia la escuela. El palo era solo intimidatorio, que te doy, que no te doy, que no me daba, que me agarraba a algunas rejas de las casas de donde había que soltarme, que iba todo el camino berreando, que la Rosario y el niño; mi madre y yo nos convertimos sin pretenderlo, en el espectáculo matinal del pueblo que habiamos de cruzar para llegar a SU destino.

Mi madre rogaba al maestro paciencia, que su niño no era malo, sino travieso, como dicen todas las madres. En realidad no era malo. Los cambios bruscos nunca fueron buenos.

Como mi actitud no mejoraba mucho, un dia que entraba en clase y ya agotada su escasa paciencia, el Don Vicente ése vino hacia mi: ¡NIÑOOOO, TÚ FUERA DE AQUÍÍÍÍ!

Aquel grito de expulsión llegó hasta lo más profundo de mi amor propio, me sirvió de revulsivo y acicate, así que me dirigí voluntario a la escuela de Don Juan, hombre benevolente (entonces no eran rígidas las clasificaciones por edades o cursos) donde fui acogido y donde se produjo un cambio asombroso, tomé tal avidez por aprender que nunca falté a clase si no era por enfermedad, algo que, afortunadamente, era poco frecuente. El arroyo me tenía inmunizado.

Comprendí además que disfrutaba con el aprendizaje y que éste era compatible con mis juegos, pues disponía de suficientes horas libres y todo el largo y cálido verano por delante.


Foto de cabecera: Eduardo Iglesias Rodriguez

12 comentarios:

  1. Cómo he ha gustado lo que acabo de leer!
    Un Oliver Twist a lo castuo.
    Sin duda contigo se vuelve a demostrar que sobrevivir fisica o intelectualmente es posible, con un poquito, un mínimo de interes y mucho amor del clan.
    Este recuerdo tuyo me ha traido muchos a mi memoria, otras circustancias, pero también sin dinero, y una vecina de las ricas del pueblo, (tenian tierras, unas vaqueria,y de mote "los renta"). Esa vecina tenia una hija de mi edad, un zoquete, burra como un cercao(no sé de donde viene ese dicho) y una vez aquella mujer se acercó a mi madre y le dijo: Hay que ver Charo, tu que no puedes y te salen los hijos estudiosos...y nosotros pudiendo...
    Así es la vida Ignacia, no iba a ser todo malo.
    Mi madre contaba mucho esta anecdota, y con mucho orgullo por cierto.
    Tu sobri

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    1. Cierto, cierto, pero luego me llevé mi correspondiente ración temporal de sufrimiento.

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  2. Cierto, cierto, pero más adelante me llevé mi correspondiente ración temporal de sufrimiento.

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  3. Al final fue la decisión mas acertada, la de ir a la Escuela, sino no serias un hombre tan culto como eres. Un besote

    Anitaaaaaaaaa

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    1. Gracias cariño. Simplemente me entretengo narrando estas historietas.

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  4. Oh, qué bonito el recuerdo del primer colegio. Muy a menudo pienso que soy afortunada por haber nacido cuando lo hice y no cuando lo hizo mi madre. Según me cuenta, en su colegio sólo existía un aula para las niñas, con todos los cursos mezclados. Era todo tan caótico que ni tenían evaluaciones ni les daban las notas para que los padres supieran cómo iban; la asignatura que les ocupaba más tiempo era hogar.

    Menos mal que todo evoluciona hacia mejor.

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  5. Grato recuerdo la escuela, entonces en el pueblo no deciamos colegio. Salvo el brutal choque inicial.
    Gracias

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  6. Tio,tanto esta vivencia como la del arroyo,me evocan lugares y experiencias tan comunes. Bueno el deporte no olimpico de sujetar rejas,creo que no lo practique -presencie algunos-. El arroyo como virtual escenario de aventuras e infecciones, ese si que lo recuerdo bien. Oye tio, ahora me viene a la sesera que cuando nos visitabas,estando tu soltero, mi madre como plato especial nos freia patatas y las hacia muy doraditas-tirando al negro-porque, como decia ella: ' al Lolo, le gustan asi y el pobre se merece lo mejor'.
    Ya aprovecho,para rectificar mi error con el maldito correo de empresa. Tu lo tenias bien, es gestioncanal y no al reves.
    Salud.

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    1. Ya comentaremos por correo electronico.
      Gracias por el comentario.

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    2. Además las patatas tenian que estar bien pegaditas, así le gustan a mi Lolo

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  7. .
    El gran e innegable triunfo de la II República (tal vez el único) fue la alfabetización y escolarización del país; la masiva construcción de Centros Escolares e Institutos con unos programas tan avanzados que, como comentas, se instalaron aparatos sanitarios antes que llegara el agua corriente. Había mucha prisa por desasnar a la población.
    :-)

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  8. Lo que ocurre es que la enseñanza hasta bastantes años después de terminada la Guerra Civil, aunque fecunda, era bastante politizada. Justo lo que procuro evitar con este Blog, enfocado a la anecdota y al humor al que alcanzo, sin por ello olvidar alguna injusticia cuando lo "requiera el guión"

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