martes, 8 de enero de 2019

Ciudades Imperiales, 4.



Sábado, 28 de julio de 2018.-


      Esa mañana viajamos a Karlovy Vary, bella ciudad de balnearios enclavada en un valle en la región de verdes montes llamada Los Sudetes, que también pertenece a Bohemia. Dista 127 km desde Praga y el recorrido se hace por una carretera de solo un carril en cada sentido.  


 Durante   el trayecto, con parada en el camino, antes de llegar a la zona montuosa, contemplamos extensos campos con cultivos de lúpulo. Nos comentó Elena, que en la República Checa, cada pueblo tiene su propia fábrica de cerveza, además de su iglesia.


      El autobús nos dejó en un extremo de la población y caminamos hasta el otro por las proximidades del río Teplá, que fluye a lo largo de la misma, de aguas cristalinas y templadas, y donde a pesar de la temperatura, viven abundantes truchas,

 Nos  detuvimos en el lateral techado sobre columnas de un importante edificio, donde se encuentran las trece principales fuentes de aguas de diferentes sabores y temperaturas.


      Era frecuente ver personas bebiendo en unas típicas jarras aplanadas con un pitorro curvado para que el agua se enfriara antes de llegar a la boca. Nosotros no bebimos, pues son aguas indicadas para afecciones del aparato digestivo, en prevención de que nos hicieran un efecto inmediato.

Nos contó Elena, que los nativos dicen con humor, que las fuentes son catorce, pues hay quienes disimulan con la jarra y lo que van bebiendo es Becherovca un licor de hierbas de alta graduación alcohólica, muy típico de Karlovy Vary.

      Más adelante contemplamos un géiser que llega a gran altura y cuya agua alcanza los 72 ºC.

º

      Preciosos edificios por todo el entorno. Numerosas tiendas. También por el suelo vimos placas de latón cuadradas con datos de víctimas del Holocausto, a que me referí en la entrada anterior. Al final, llegamos a un edificio comercial donde terminaba el largo recorrido. Quedamos libres para la vuelta hasta llegar al autobús a la hora convenida.

      Nos dirigimos al restaurante concertado y, después del almuerzo, viajamos de retorno al hotel de Praga, donde esa noche correspondía cena incluida.
Tras la misma, acordamos con el matrimonio vizcaíno mencionado en la entrada anterior, reunirnos en la rotonda próxima al hotel a que me referí en anteriores ocasiones y así invertir en el furgón-bar, las muchas monedas acumuladas en coronas por ambas parejas; monedas de vueltas de los pagos de pasadas consumiciones, aunque éstos los hubiésemos efectuado en euros.

 Nos encontramos muy a gusto y gozando de una temperatura muy agradable, pero no pudimos prolongar el grato encuentro porque a ellos,  que al día siguiente volaban a Bilbao, los recogían en el hotel a las 5:30 horas para el traslado al aeropuerto.

Domingo, 29 de julio.-

      En nuestro caso, la recogida para el vuelo a Madrid estaba fijada para las 17:30 horas, o sea, que disponíamos prácticamente de un día para prolongar la visita a la ciudad.


      Así que, después del desayuno, bajamos a las profundidades del metro y nos dirigimos a la emblemática plaza de San Wenceslao que, como dije con ocasión de la primera visita a la ciudad, la vimos solo de pasada. Es de grandes dimensiones, pero la recorrimos de un extremo a otro, procurando buscar la sombra porque hacía un calor sofocante.


Al final se encontraba una colosal estatua en bronce de San Wenceslao. De fondo, el impresionante edificio del Museo Nacional. Ya nos contó Elena, que ese edificio fue cañoneado por tanques del ejército ruso en los hechos conocidos como La primavera de Praga de 1968. Por lo que nos dijo, se confundieron creyendo que allí se encontraba la emisora de la Radio Nacional, cuando, en realidad, se encontraba en otro situado detrás.

Regresamos al otro extremo de la plaza con idea de refrescarnos tomando una cerveza y ya aprovechar para comer algo. Cuando nos dimos cuenta, en las sombrillas estaba impreso el nombre de una conocida marca de cerveza de EE. UU. Y no solo eso, sino que, para disipar cualquier duda, el nombre también figuraba en las copas.

No dábamos crédito a que en Praga, capital de un país cervecero por excelencia, fuésemos a topar con un bar restaurante donde ofrecían y patrocinaban cerveza norteamericana. Quizás era el único, al menos no vimos ningún otro.

      Terminamos la consumación y nos dirigimos a unos puestos próximos de servicio de restauración al aire libre, pero no admitían tarjeta de crédito y yo no estaba dispuesto a cambiar de nuevo o pagar con euros y que al final nos diesen el cambio en monedas de coronas, luego sin valor alguno en España.


Por fortuna, mi mujer encontró, justo frente a una oportuna estación de metro a la que se accedía desde la fachada de un edificio, un restaurante de esos de mesas corridas en la calle, donde las personas se sientan en cualquier hueco libre. Compartimos el momento con gente diversa, entre ellos con una amable pareja de polacos. No nos entendíamos con los acompañantes, pero comimos y bebimos bien y hasta  nos resultó divertido.

      Retornamos al hotel con suficiente antelación para la hora de recogida y traslado al aeropuerto, dando fin a la visita a la preciosa ciudad de Praga. En este caso, de las tres capitales visitadas, fue donde la estancia fue más prolongada, por lo que tuvimos ocasión de conocerla con mayor detalle. Nos encantó.

Incidencias al retorno.

           Un sobrino mío, que vive en un pueblo cercano a Barajas y que, junto a su mujer, desde años atrás, nos recogen en la estación de Atocha cuando emprendemos nuestros viajes, estamos con ellos en familia y luego nos acercan al aeropuerto o a un hotel cercano como fue el caso en esa última ocasión, aquella mañana nos informó por what´s app que en Madrid se mantenía desde hacía unos días una huelga del servicio de taxis. Se ofreció para desplazarse a recogernos.

Como  un compañero del grupo nos comentó haberse informado de que la huelga terminaba a las 24 horas y nuestro vuelo tenía prevista la llegada a la T1 del aeropuerto de Barajas a las 23.20, desestimamos su ayuda para evitarles un agobiante desplazamiento nocturno.

      En principio todo se desarrollaba bien, nos recogieron a tiempo, incluso nos acompañó la propia Leticia al aeropuerto de Praga (ella misma tomaba otro vuelo a Barajas con una semana de vacaciones) y el nuestro salió a su hora y a su hora aterrizó.

Pero a partir de ese momento comenzaron los problemas. El avión tomó tierra al final de la T4 y no la T1. Tuvimos que esperar dentro del mismo como una media hora hasta la llegada de la escalera y los autobuses para acercarnos a la sala de llegadas.

      Cuando llegamos, las cintas de recogida de equipajes  ya estaban paradas. Aquello era un desorden. Al final, brincando sobre cintas y esquivando maletas, logré recoger las nuestras.

      Para mayor agobio, una vez fuera nos enteramos que la huelga continuaba vigente. Para el desplazamiento a Madrid solo había un servicio de autobuses de emergencia. Las colas eran enormes.  Hubimos de esperar largo tiempo hasta lograr subir a uno. Al menos los empleados eran amables

Uno de ellos, cogió para estibar la maleta que traía rodando mi mujer y le dijo con humor: “¿Señora, que trae aquí, un cadáver?” Nos hizo reír a pesar de la tensión del momento.

      Según comentaban algunas personas, esos autobuses llegaban hasta la estación de ferrocarril de Atocha; destino idóneo para nosotros, pues en su proximidad teníamos reservado hotel para viajar al día siguiente en el AVE hasta Sevilla.

Pero surgió una nueva contrariedad: el destino final del autobús estaba en Cibeles, no en Atocha. Para llegar hasta allí nos fue preciso transbordar a otro.

      Por evitar caminar por calles solitarias a esas horas rodando maletas, nuestra idea era pasar la noche dentro de la estación y procurar plaza para el primer tren a Sevilla a la mañana siguiente.

¡Pero tampoco pudo ser así!, pues según nos informaron, precisamente por la noche, al finalizar el servicio de trenes, la cierran. 

      No nos quedaba otra alternativa que enfrentarnos, no sin cierto temor, a caminar hasta el hotel. Calle en cuesta bastante empinada. Escasa iluminación porque uno de sus laterales forma el muro  tras el que se encuentran las líneas férreas. No teníamos idea exacta de la ubicación del mismo. Solo nos encontramos con dos jóvenes a quienes preguntar, pero con cierto recelo a esas horas. Al final, muy amables, nos orientaron. Incluso se ofrecieron a acompañarnos.

Eran    las 2:45 horas cuando llamamos a recepción, desde donde se aseguraron de quiénes éramos previa apertura de la puerta. ¡Qué sensación de alivio cuando nos vimos sin novedad ante el mostrador de recepción!”

      En principio no pensaba contar esta serie de adversidades finales por no extender en demasía el relato, pero luego he creído oportuno añadirlas a modo de remate de aventura, a un viaje que nos resultó inolvidable, por cuanto vimos y por cuanto vivimos.
     

     







jueves, 6 de diciembre de 2018

Ciudades Imperiales, 3.



Jueves, 26 de julio de 2018.-

      Muy temprano, a las 7:15, partía nuestro autobús desde el hotel con destino a Praga. Prevista una parada en el camino.

      Panorama similar al de la ruta desde Budapest a Viena: extensas llanuras boscosas y campos de girasol o maíz, aunque en esta ocasión pasamos cerca de una población importante: Brno, capital de Moravia, una de las regiones que componen la República Checa.

No lejos de allí se extendía un gran pantano, acondicionado además con zonas recreativas y algunas viviendas de residencia veraniega.

      Llegamos a Praga, como estaba programado, a la hora de comer. Nada más terminar el almuerzo se nos unió la guía local, checa, de nombre Elena, quien nos acompañó en todas las excursiones.

      (Importante el consejo previo de Leticia de usar calzado cómodo, porque las calles estaban empedradas con pequeños adoquines cuadrados y el recorrido fue de unas tres horas. También muy a propósito su consejo de prestar la máxima atención al paso de los tranvías, que circulaban con preferencia absoluta, o bien, cuidado al atravesar por los semáforos, porque en Praga, el “muñequito” se pone rojo en pocos segundos. Apenas da tiempo de atravesar la calle).


      Bien, pues comenzamos por Nové Mesto, Ciudad Nueva, hasta parar en la Plaza de la República para contemplar la Casa Municipal y la Torre de la Pólvora. Seguimos por calles comerciales y peatonales. Bellos escaparates con exposición de figuras talladas con el famoso cristal de Bohemia, región de la que Praga es capital además de la del estado. También son típicas las joyas con granate, piedra semipreciosa de ese color y de gran dureza.

      Continuamos dejando a nuestra izquierda la  Plaza de San Wenceslao y en su fondo el Museo Nacional (a ese lugar me referiré más delante de forma detallada).


      Llegamos poco antes de las 15:00 horas a Stare Mesto, Ciudad Vieja, y a su plaza principal, donde se encuentra el famoso reloj astronómico de época medieval. Esperamos que marcara la hora exacta para escuchar las campanadas y ver las figuras de los doce apóstoles girando, aunque fue un tanto simulado porque el reloj se encontraba en reparación.


      Después de un tiempo libre, continuamos hasta atravesar el río Moldava por el majestuoso puente de Carlos, peatonal, de gran anchura y decorado con numerosas estatuas y transitado de forma constante por multitud de personas.

      Reunidos de nuevo en las torres del otro lado del puente, paseamos por el bello barrio de Malá Strana, Ciudad Pequeña. Allí nos indicó Elena la calle de la iglesia donde se encuentra el Niño Jesús de Praga.

      A la vista de las numerosas carpas que nadaban en el estanque de unos jardines, nos comentó Elena, que son frecuentes los criaderos de esos peces en el país. Aderezados y al horno son comida típica de Navidad. Sabía que para nosotros (ella conocía España) es un pescado de tercera categoría, pero que, como la República Checa está muy alejada del mar, la oferta de pescado fresco es muy limitada y costosa.

      Terminada la visita, retornamos al hotel con el autobús. Descanso y cena a hora temprana.

      Como era pronto para recogernos, nosotros paseamos por el entorno y nos encontramos con una rotonda en medio de una plaza, donde había un furgón con servicio de bebidas, generalmente cerveza. Ambiente muy animado. Disponían de mesas, sillas, incluso hamacas. Muchas personas acudían con algo de comida. Debía ser un espacio municipal. Nos comentaron que aprovechaban la corta temporada de buen tiempo para disfrute en la calle.

Nos sentamos, pedimos la afamada cerveza checa que, ciertamente, resultó exquisita y a muy buen precio. Los camareros muy agradables. Me entendí con ellos hablando un poco de español, un poco de inglés y un mucho de simpatía por su parte.

Motivados por esa animación (incluso hubo baile en una ocasión), visitamos la zona las tres noches de estancia en Praga. Pasamos gratos momentos, a veces con compañeros del grupo.

Viernes, 27 de julio.-


      Esa mañana visitamos la zona monumental llamada del Castillo, situada en una colina con maravillosas vistas de la ciudad.

      Entramos en la catedral de San Vito, donde se encuentran numerosos sepulcros notables, entre ellos el del propio San Vito, San  Juan Nepomuceno y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Fernando I, quien fuera hermano de nuestro Carlos I.

También se custodia el tesoro y las joyas de la corona. Para su acceso se precisan 7 llaves, cada una en poder de diferentes autoridades de alto rango.


      Después de visitar el Palacio Real, recorrimos el llamado Callejón del Oro, de pintorescas casas de apariencia humilde. La número 22 fue adquirida por la hermana del escritor Kafka, para que éste pudiera retirarse a escribir tranquilo.


      Desde la zona del Castillo podíamos divisar otra colina, también con bellas vistas panorámicas, llamada de Petrin, donde se erige una torre del mismo nombre, que se parece a la torre Eiffel. Aunque su altura es solo de 63 metros, los nativos comentan con humor, que es tan alta como la parisina. Claro que, para ello no cuentan la base del monte.

      Bajamos caminando por una zona de viñedos llamados de San Wenceslao, hasta llegar al restaurante concertado para la comida. Después del almuerzo, nosotros retornamos en autobús al hotel. Tarde libre.

      Tras un tiempo de descanso, nosotros nos desplazamos en metro, como así llaman también en Praga a ese medio de transporte, hasta la parte antigua. Las líneas están a una profundidad considerable y los trenes circulan a gran velocidad.


      Primero nos dirigimos al barrio judío para visitar una de las principales sinagogas de la ciudad. Llegamos gracias a las indicaciones de unas señoras, al parecer madre e hija. Las menciono como recuerdo de gratitud hacia ellas por tanta amabilidad. Se estaban comiendo sendos helados, pero que no llegaron a terminar por atendernos. Tras consultar detenidamente un mapa, al final nos indicaron en inglés que tomáramos la tercera calle a la izquierda.


En las inmediaciones de la sinagoga nos encontramos con una familia compañera del grupo, que nos orientó hasta un importante cementerio judío.

Es frecuente ver en el suelo unas placas cuadradas de latón con inscripciones de víctimas del Holocausto. No se me ocurrió tomar alguna foto oportuna más representativa que la expuesta, pues solo recoge una de ellas.  

      Continuamos callejeando hasta llegar al puente de Carlos, lo cruzamos y llegamos hasta la iglesia donde se encuentra el Niño Jesús de Praga. Nos sorprendió el recogimiento de los fieles allí presentes. En realidad, esa actitud era común en el interior de los templos que visitamos en cualquiera de las tres capitales.

      A la vuelta íbamos con idea de llegar a las cercanías de la plaza donde está el reloj astronómico, porque allí habíamos visto unos típicos puestos de comida y esa noche, como todas las segundas de estancia en cada ciudad, no teníamos incluida la cena.

      Embocamos por una calle equivocada y nos extraviamos. Vimos a un grupo de españoles, a cuyo frente iba una señora portando una varilla con un lazo arriba a modo de guía y me dirigí a ella para preguntarle. Empezó a reírse y se volvió al grupo para decirles que hacía tan bien su labor que hasta dos extraviados como nosotros le preguntaban. Yo “piqué el anzuelo”, pero al final todos nos reímos, fue muy divertido, aunque tampoco conocían la orientación precisa. Al final preguntando por aquel laberinto de calles de la Ciudad Vieja, llegamos a nuestro destino.

      Tomamos el metro de regreso en una de las estaciones que parten de la fachada de un edificio. Ya nos indicaron que eran frecuentes, pero que mirásemos bien, porque solo ponen el nombre de la estación, sin logotipo llamativo.

      Antes de recogernos en el hotel, nos detuvimos de nuevo en la animada rotonda a que antes hice referencia. Allí se personaron varios compañeros. Compartimos un grato encuentro con un amable matrimonio de Urioste, Ortuella (Vizcaya), que ya conocíamos desde Budapest. Curiosamente, aquí toma realidad el dicho de que “el mundo es un pañuelo”, pues ellos fueron vecinos y son amigos de una familia muy querida por mí desde los tiempos de mi larga etapa bilbaína.

Con la próxima entrada daré término a estos relatos.

sábado, 20 de octubre de 2018

Ciudades Imperiales, 2.



Martes, 24 de julio de 2018.-

      A las 8:30, salida del autobús desde el hotel en Budapest con rumbo a Viena. Prevista una parada en el camino.

      Extensas llanuras húngaras, pero no divisábamos núcleos de población. Terreno verde y boscoso. Campos de girasol y maíz.

      Nos resultó curioso contemplar que los viaductos sobre la autovía, previstos para el cruce de ganado, estaban cubiertos de vegetación.

      Entramos en Austria y el panorama era similar hasta las cercanías de Viena, ciudad a la que llegamos, como estaba previsto, a la hora del almuerzo.  

      Justo después de la comida se incorporó la guía local, de nombre Cornelia, austriaca, con dominio del español. Dio comienzo la visita panorámica de la ciudad. Primero en autobús por Ringstrasse, avenida en forma de herradura consecuencia del derribo de las murallas para el ensanche en tiempos del emperador Francisco José, cuyo interior encierra el casco antiguo.

      Vistas del canal o dársena del Danubio que discurre por la ciudad (el curso fluvial está desviado), con numerosas y animadas zonas de jardines, recreativas y de restauración.

      De lejos divisamos la famosa noria del siglo XIX y aún en lento funcionamiento, con sus compartimentos que semejan vagones de tren.

      Posterior parada para recorrer los jardines y vista externa del palacio de Belvedere.


     Continuamos de nuevo en autobús. Nueva parada para pasear por la zona central: Ópera, que fue el primer edificio construido cuando el ensanche, Ayuntamiento, Museo Albertina, importante en pinturas, dibujos y grabados, palacio de Hofburg... En uno de sus anexos la Escuela Española de Equitación. Al fondo, en unas caballerizas vimos algunos ejemplares.

      Luego nos explicó Cornelia que solo se trataba de las yeguas que paren en abril y quedan allí con sus crías, todos los demás estaban de veraneo en Pibes, por los Alpes. Los animales son considerados como funcionarios del Estado. Actualmente son blancos, de raza lipizzana, aunque continúan con la técnica española de doma.
      Fin de la jornada y marcha al hotel, en este caso el Senator.



Miércoles. 25 de julio.-

      Esa mañana el autobús nos llevó hasta el palacio de verano, llamado Shömbrunn. Allí nos esperaba Cornelia, la guía local quien nos mostró y explicó todo el interior del mismo, visita incluida en la programación.

      Después dispusimos de tiempo libre para pasear por los extensos jardines y llegar hasta una monumental fuente. También un pabellón donde solían desayunar el emperador Francisco José y la emperatriz Sissí. Desde sus ventanas podían contemplar algunos animales salvajes cautivos, que fue origen del actual zoológico de Viena, situado al final de los jardines.

      Con todo, Cornelia nos informó que la emperatriz más recordada y querida en Austria es María Teresa, vienesa, tatarabuela de Francisco José, primera y única mujer en ocupar el trono de los Habsburgo. Tuvo 16 hijos, entre ellos María Antonieta, reina de Francia.

      Terminada la visita, se despidió la guía local y el autobús nos acercó al restaurante donde estaba concertado el almuerzo. Era sistema bufé, pero la variante de un primer plato nos la ofrecía un cocinero austriaco en un  claro y animado español.

      Concluida la comida quedaba la tarde libre con posible retorno al hotel en el autobús, o bien apuntarnos a algunas excursiones opcionales de pago aparte. Nosotros nos apuntamos a la siguiente, con todo su recorrido a pie:



Ópera.

      El guía local para esa tarde: Karlos, vienés. Nos dijo que estuvo trabajando, no recuerdo de qué, en la Ópera, por tanto, perfecto conocedor del edificio. Con sus ahorros estudió español y residió un tiempo en Salamanca y Cádiz.

      Impresionante y bello edificio. Por ausencia de ensayos, aunque sí algunos trabajos de mantenimiento, pudimos verlo con cierta tranquilidad a pesar de la masiva afluencia de turistas. Las funciones se suspenden entre julio y el 7 de septiembre y se trasladan a Salzburgo.

      Aparte del lujo interior, nos impresionó la enorme nave tras el escenario donde montan toda la tramoya. Nos dijo que entraban hasta 60 camiones. Los vestuarios los mantienen en un edificio al otro lado de la calle y se comunican por un túnel.

      Mantienen 300 representaciones cada temporada. En cuanto a precios, como curiosidad, nos habló Karlos que hay entradas de 5 euros para quienes aguanten de pie en la parte de arriba la larga duración de algunas obras. 10 euros en zonas sin visibilidad, solo con la posibilidad de escuchar. Así hasta los altos precios del patio de butacas o determinados palcos.

      Con todo, nos explicó Karlos, que la ópera no es rentable a pesar de toda esa actividad, si no fuera porque que el jueves anterior al Miércoles de Ceniza, se celebra un baile de gran gala y puesta de largo de señoritas de la alta sociedad, incluso internacional, acompañadas de jóvenes engalanados y con guantes blancos. En esa ocasión, los asientos valen entre 15.000 y 25.000 euros y 80 euros cada copa de champán.

      También habría que añadir los ingresos por el ocasional alquiler para determinados eventos de la sala de Francisco José, que alcanza  los ¡80 euros por minuto!
Bueno, Francisco José disponía de esa sala, que también visitamos, pero parece que la ocupaba poco, pues como soldado, era más aficionado en acudir a la caza que a la ópera. Sissí era quien acudía con frecuencia.



Biblioteca Nacional.

     Ocupa el cuerpo principal del edificio del palacio de Hofburg. Posee tal número de valiosos libros que, según la información de Karlos, es la tercera biblioteca en importancia del mundo, tras las del Vaticano y Washington. También es muy numerosa su colección de antiguas esferas del globo terráqueo.

      Dispusimos de suficiente tiempo libre para nuestra particular observación.


Catedral de San Esteban.

      Después continuamos caminando hacia la catedral. Previamente, Karlos, buen conocedor de ciudad, nos desvió por unos patios y pasadizos llenos de encanto. Dentro de uno de aquellos pasadizos nos mostró la casa donde temporalmente residió Mozart.

      La catedral nos fue explicada por fuera. De estilo gótico, fue empezada a construir en la Edad Media, pero aún está inconclusa, pues como en el caso de la de Estrasburgo, le falta por levantar la segunda torre de elevada altura.

      A la plaza, ante la entrada principal, llegó Leticia para acompañar a quienes se habían apuntado además a escuchar un concierto. Karlos se despidió y nosotros entramos para ver por dentro la catedral.

     A continuación, larga caminata y frecuentes preguntas hasta llegar al Ayuntamiento y a la iglesia llamada Votiva, cerca de donde paraba el tranvía 43 que nos llevaría de retorno hasta la proximidad del hotel. El camino no nos resultó tan corto y sencillo como nos indicaron, o tal vez, nosotros no seguimos el más directo.

      Finalmente, llegamos al hotel. Como era la segunda noche de estancia, la cena no estaba incluida según comenté en la entrada anterior. Cenamos en un restaurante griego próximo al mismo, dando término a la visita de Viena. Preciosa ciudad.

Continuará.
     

sábado, 15 de septiembre de 2018

Ciudades Imperiales, 1.



      Para el tradicional viaje estival, mi mujer y yo (en adelante me referiré ocasionalmente como nosotros), optamos el presente año de 2018 por repetir un circuito en autobús organizado de nuevo por la empresa turística Travelplan.

      En esta ocasión nos decidimos por visitar las llamadas Ciudades Imperiales: Budapest, Viena y Praga; viaje que, por alguna razón, nos quedó frustrado tiempo atrás. El circuito también incluía Karlovy Vary, ciudad checa de balnearios.

      Quizás sea más clásico o habitual el recorrido a la inversa, pero nosotros decidimos iniciarlo por Budapest, simplemente porque la llegada estaba prevista de mañana y los otros vuelos arribaban avanzada la tarde.

      Además, aparte de aprovechar la jornada, esa opción nos permitía un contacto previo y oportuno con el grupo, evitando así los problemas sufridos el año anterior en Roma por la desconexión con el mismo, al llegar ya de madrugada al hotel, según expuse en la entrada de 7-1-18.

      Comienzo ya sin más el relato del viaje de la forma más resumida que me sea posible por no hacerlo tedioso, contando solo los casos más relevantes, con el añadido de algunas curiosidades o anécdotas. Aún así, fue tanto lo visto y escuchado, que precisaré de varias entradas para ultimarlo.

Domingo, 22 de julio.-

      En vuelo concertado por la empresa turística citada con la compañía aérea polaca “Enter Air”, a las 12:00 horas llegamos a Budapest procedentes del aeropuerto de Barajas, donde nos recogieron para los traslados a diferentes hoteles.
      Nos correspondió el Ibis Aero, donde nos esperaba nuestra guía responsable y acompañante durante todo el circuito: Leticia Mayor.

     Leticia resultó ser una admirable mujer, instruida y de trato afable. Nos facilitaba precisa información cultural durante los recorridos y la forma de desenvolvernos en Hungría o la República Checa con su diferente sistema monetario; florín o corona respectivamente.

     Siempre respondía con agrado a nuestras preguntas; siempre pendiente para evitar cualquier posible extravío. Además, en los tablones de los hoteles, dejaba nota escrita de la programación y modos de desplazarnos en transporte público por las ciudades.

      Dispusimos de la tarde libre con cena incluida a las 20:30 horas. Leticia negoció ese horario más cercano al acostumbrado español, ya que estaba prevista para una hora antes.


      Una vez aposentados, nosotros, como la mayoría de compañeros, nos desplazamos en largo recorrido de autobús público al centro, en este caso de la parte de Pest, donde se ubicaba el hotel, no solo por aprovechar la tarde y conocer esa zona de la ciudad, sino por alimentarnos, pues solo habíamos tomado un ligero desayuno.

     Regresamos al hotel con tiempo suficiente para cenar.

Lunes, 23 de julio.-

      Temprano desayuno en el hotel en régimen de autoservicio, pero ya estaba el comedor atestado de comensales y asistentes en pleno actividad.

      En mi caso no encontraba café descafeinado. Por lo visto allí no es habitual. Conseguí entenderme con un empleado, quien me trajo de la cocina una taza con un poco de líquido negro, supuesto descafeinado, que vertí en mi taza de leche.

      Terminados los preparativos, nos sentamos, mi mujer frente a mí. Me levanté un momento por olvido de azúcar y mi mujer hizo lo propio por mermelada. Cuando llegamos a nuestros sitios no encontramos nuestros desayunos. Supuse, o que me había confundido de lugar, o que mi mujer lo había mudado.
Yo, a mi mujer: “¿Asun, qué has hecho con las bandejas?”
Mi mujer: “¿Yo…? Nada, no las he movido de lugar, sé lo mismo que tú”.

¡Resultó que con aquel ajetreo y prisas, al verlas solas, los camareros las habían retirado intactas!

Vuelta a empezar con los preparativos del desayuno, pero ya no estaba por la labor de repetir la conversación con un empleado para conseguir otro descafeinado. Me limité a echar en la leche un sobre de lo que fuera para cambiar de color y asunto concluido. Eso sí, ya con la precaución de tener las bandejas bien asidas.

      A las 7:45 nos recogió el autobús para iniciar el recorrido, ya acompañados también por guía local como es preceptivo en cada ciudad o monumento. En este caso, una mujer cuyo nombre no recuerdo, pero sí que, aunque nativa, nos hablaba en un fluido y ameno español.


      Primero nos dirigimos a la otra orilla del río, a la parte más antigua de la ciudad, la llamada Buda, que en su mayor parte está edificada en una colina.

      Empezamos por el barrio monumental del Castillo. Visitamos la representativa iglesia de San Matías, conocida por otros nombres, entre ellos el de la Coronación, pues allí fueron coronados Francisco José y Sissí. Muy cerca, se encontraba una gran estatua ecuestre en bronce de San Esteban.

      Desde arriba se pueden contemplar unas maravillosas vistas de la ciudad, con el magnífico edificio del Parlamento Nacional en la orilla del Danubio, situado en la parte de Pest.


      Junto a la colina de Buda se encuentra la de Guéllert, donde se levanta la estatua que llaman de la Libertad.

      Hacía calor, aunque esa mañana se había suavizado por la lluvia, intensa en ocasiones.


      Pasamos de nuevo a la parte de Pest para recorrer sus lugares más emblemáticos, como la  Plaza de los Héroes, aunque no tuvimos oportunidad de detenernos y contemplar sus monumentales estatuas en bronce erigidas en 1896, con motivo del milenario de la llegada de los fundadores de la nación: 7 tribus magiares, como ellos se llaman a sí mismos, procedentes de los Urales.

      En Budapest son muy numerosos los balnearios, baños y fuentes termales en algunas calles.

      A continuación, pasamos a un barco atracado en la orilla de Pest, donde nos recibieron con una copa de cava o refresco. Brindamos en húngaro. Recuerdo que se decía algo así con Eguisigatra.

      Después nos trasladaron a otro barco que estaba a su lado y dimos un romántico y largo paseo por el Danubio. Pasamos muy cerca del Parlamento y bajo algunos puentes. El más famoso es conocido como de Las Cadenas, aunque también es muy popular otro blanco que llaman de Sissí, emperatriz muy vinculada a la ciudad.

      Retornamos al barco de origen donde estaba preparado el almuerzo. Una vez terminada la comida, concluía la visita programada.
      Nosotros optamos por apuntarnos a una de las excursiones opcionales y de pago aparte, según relato a continuación.



Parlamento.

      Esa fue la primera visita concertada. Impresionante y bello edificio, tanto en su exterior como por su decoración interior, incluso con paredes o artesonados recubiertos de pan de oro.

      Según la información de la guía, es el tercer parlamento del mundo en dimensiones, tras los de Bucarest y Buenos Aires.

      Quizás por tradición, en la Sala de la Cúpula, dos guardias con vistosos uniformes y solemnes giros custodian la corona y demás atributos regios de San Esteban I, pues en realidad se trata de réplicas. Los originales fueron trasladados al Museo Nacional.

      En otra estancia, la guía nos mostró un mapa de la Hungría anterior al final de la I Guerra Mundial. Alineada con el bando perdedor, dos tercios de su territorio quedaron anexionados a las naciones vecinas. Por ello, nos comentó que, cuando les preguntan con qué países limita Hungría, responden que con sí misma.



Basílica de San Esteban.

      Continuamos en autobús para visitar esta majestuosa basílica, considerada catedral, también situada en la parte de Pest. Es el templo religioso católico de mayores dimensiones de Hungría.

      Como simple curiosidad, añadiré que, en la cripta está enterrado Puskas, quien fuera  mítico jugador del Real Madrid.

Mercado Central.

      También en Pest se sitúa este importante mercado. Hasta allí nos llevó el autobús y se despidió la guía local. Fue entonces Leticia quien nos fijó un tiempo libre y nos informó sobre los productos tradicionales, como embutidos y patés. También encontramos vinos húngaros que desconocíamos. La planta de arriba estaba dedicada a artículos de regalo.

      Reunidos en el punto de encuentro, caminamos hasta el autobús para retornar al hotel. La cena no estaba incluida en la segunda noche de estancia en cada ciudad. Cenamos por nuestra cuenta en un pequeño y acogedor restaurante junto a la recepción del mismo, que disponía incluso de terraza y zona ajardinada. Terminaba así la visita turística a Budapest. Preciosa ciudad.

Continuará.