domingo, 20 de octubre de 2013

Punto y seguido.


Mi sobrino Manolo, además de darme las clases necesarias para introducirme en este mundo "mágico" de la cibernética, al que previamente me oponía, como comenté en la entrada del pasado tres de abril, fue quien además, me animó para que proyectara mi propio blog.

Me pareció una idea acertada, pues pensé que me serviría de entretenimiento y diversión escribir sobre algunas etapas de mi variada vida.

He escuchado en alguna ocasión el calificativo de memorias -género tan de moda en estos tiempos- para mis relatos, pero nada más lejos de la realidad ni de mis pretensiones. Primero: porque soy consciente de que mi existencia no tiene el menor interés público y segundo: porque menos interés tengo yo en publicarla.

Se trata solo de una simple semblanza, de determinadas vivencias desde mi infancia hasta nuestros días, con una narrativa amena en lo posible y con el punto de humor que permite mi corto ingenio, pero sin rebasar los límites de mi privacidad, salvo algún caso inevitable, pero siempre sin acritud y, al mismo tiempo, evitando los temas políticos o religiosos.

El estilo de narración, el que para mi resulta más sencillo, es el de primera persona, el empleado en general en la Novela Picaresca, a cuyo género sigo siendo muy aficionado. No podría hacerlo de otra forma. Me defino como lector desde mi lejana niñez extremeña, cuando mi Lelo me enseñaba las primeras letras con apenas cinco años de edad, como comentaba en un capítulo dedicado a la infancia; pero nunca como escritor. Es más, he de confesar que me cuesta horrores componer la trama de cada relato. Admiro a quienes manejan la "pluma" con desenvoltura y fluidez.

En realidad, la meta que me propuse en principio fue alcanzada con la publicación el pasado día 2 de octubre dedicada a mi constante lucha con el estudio del idioma inglés. Pero como la experiencia me ha resultado tan gratificante y divertida, he decidido continuar escribiendo mientras lo permitan mis facultades. En consecuencia, es esta una entrada a modo de "bisagra" entre un ciclo y el siguiente.

Como otra de mis aficiones destacadas son los viajes, he pensado en principio iniciar la siguiente etapa contando algunos de ellos, de forma preferente y siguiendo mi pauta cronológica, los que en conjunto venimos realizando los veranos desde el año 2006 mis cuñados (Gloria y Eduardo) y mi mujer (Asun) y yo. A este colectivo llamaré en adelante El Grupo, para mayor facilidad narrativa.

Se trata de largos recorridos generalmente por la España interior, para ir conociendo diversas zonas con un interés paisajístico, popular o histórico y en lo posible alejados del bullicio de las zonas turísticas tradicionales.

Procuramos instalar nuestro "campamento base" en poblaciones con un ambiente nocturno activo pero apacible, con terrazas al aire libre donde cenar, gozar de nuestra tertulia y llegado el caso poder comunicarnos con los nativos u otros viajeros y así conocer nuevas costumbres en lo que cabe.

Después, nuestro método de desplazamientos consistía en recorrer a diario todo el contorno, comprobando que ya los tentáculos de los modernos medios de comunicación han alcanzado hasta los lugares más recónditos y las  diferencias de comportamiento son cada día menos acusadas, todo está casi uniformizado.

Sin embargo, para no entrar en detalles tediosos e innecesarios, pues como ya el "oráculo" de Internet está al alcance popular y por otra parte las Oficinas de Turismo facilitan de forma gratuita todo tipo de folletos informativos, me limitaré a una explicación resumida sobre los lugares visitados y a contar algunas de nuestras propias experiencias, anécdotas y desplazamientos.


Si hay ocasión posterior, publicaré lo que se me vaya ocurriendo, incluso volver a periodos de la infancia, adolescencia o juventud, en caso de que mi memoria evoque algunos momentos que considere interesantes para ejercitarla y entretenerla. La puerta queda abierta.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Aprendiendo inglés.


Mi primer contacto con la lengua inglesa se remonta a la ya lejana época en que yo era un niño de unos 6 años y vivía en mi Extremadura natal. Tenía un tío en América, no en el sentido figurado y banal que tanto se empleaba. En mi caso era una realidad. Un hermano de mi madre (Enrique), vivía con su familia en el Estado de Nueva York.

Esa familia, en algunas ocasiones, nos enviaba paquetes con diferentes obsequios, y en ellos incluían algún almanaque con bellas ilustraciones que llamaba mi atención. Claro está, los días de la semana y de los meses figuraban escritos en inglés, incluso los primeros en abreviatura. Yo los memorizaba y los recitaba de carrerilla a mis amiguitos, presumiendo de saberlos en ese idioma, al que yo seguramente llamaría "americano", porque escuchaba que venían de América. Los pronunciaba tal como suenan en español. Además creía que el SUN. correspondía al lunes y no el domingo como es en realidad, pues para mí lo lógico es que siguieran el mismo ritmo de recuento semanal que en español. Bendita inocencia aquella, cuando descubrí que en el mundo, no todas las personas hablaban como yo.

Pero esa simpleza permitió que me interesara por aprender precisamente ese idioma, aunque eso no era posible entonces en mi pueblo, pues a pesar de que no se trataba de una aldea (lo habitaban unas 5.000 personas), contaba solo con escuelas públicas para párvulos y enseñanza primaria, pero entonces España arrastraba todavía las secuelas de la Guerra Civil y no se podía permitir pagar profesores de idiomas en ese tipo de instituciones. Por eso, aquel interés solo quedó en uno más de mis sueños infantiles.

Tenía ya 19 años y estaba como alumno en una escuela de especialistas de la Armada, cuando intenté en serio y por primera vez aprenderlo. Me apunté a un curso por correspondencia en el Instituto Americano, desde donde me enviaban las lecciones escritas y unos discos blancos de ¡plástico flexible! para las sonoras. Discos que conservo y que ¡aún funcionan! después de 50 años. Pero a los pocos meses hube de abandonar el aprendizaje, porque los estudios profesionales no me dejaban el tiempo libre suficiente y más, teniendo en cuenta, que a corto plazo me destinarían a un buque de guerra y por lo tanto, la dificultad para continuar sería aún mayor.

La segunda tentativa tuvo lugar, cuando yo pasaba de los treinta años y vivía en Bilbao. Mi empresa, productora de aceros especiales, me subvencionaba unos cursos de inglés en la Academia Assimil, para hacerme cargo de la adquisición en Holanda de un producto complementario a los nuestros y que veníamos comercializando en España, pero al final no resultó rentable, por lo que se abandonó su venta y finalizaron mis clases. Fue una pena, pues mi compañero responsable de la venta lo hablaba con fluidez. También lo hablaban en el Departamento de Exportación de nuestra empresa matriz, además de otras lenguas, o sea que, hubiera tenido la oportunidad de practicarlo de forma asidua y llegar a dominarlo. En cambio, con el tiempo fui olvidando prácticamente todo lo aprendido.

Como último intento de recordar y avanzar en su conocimiento, llevo asistiendo a los cinco últimos Talleres del programa del Aula de Experiencia, de la Universidad de Sevilla según comentaba en una entrada anterior; los dos primeros impartidos por Felicia Coffey, excelente y simpática profesora natural de Boston y los tres últimos por Chris Gesthuysen, londinense y residente en Sevilla desde hace 17 años, por lo que posee un perfecto dominio del español, hasta en su variante andaluza.


Chris es una mujer encantadora, cariñosa y una extraordinaria profesora (Teacher) que ha conseguido formar un grupo bien avenido y un ambiente muy agradable en la clase. Como la mayoría de los alumnos de esta zona de España no pronunciamos las eses del final de las palabras y en inglés es imprescindible, nos tiene una "guerra" declarada que yo creo de antemano que la tiene perdida, por más que utilice como recordatorio unas serpientes de plástico de colores, que cuando las manipula se ondulan amenazantes y nos repite una y otra vez Sssss… Sssss... Yo lo consigo en parte, porque por los años que viví por la provincia de Madrid y en Bilbao, cuando me mentalizo me fluyen sin mayor esfuerzo, pero por ejemplo, como dice una querida compañera: ¡Ojú!, a mis años y viviendo en Triana desde que nací yo, por más que lo intente, nunca lograré pronunciar las esesss  finalesss. Sí, creo que ni amenazándola con serpientes vivas. 

Por otra parte, los mayores somos a veces tan alborotadores y charlatanes como los niños, por lo que a la pobre Chris la hacemos ponerse en jarras y desgañitarse repitiendo una y otra vez: Remember me! (¡Echadme cuenta!) Listen to me! (¡Escuchadme!) Be quiet (¡Callaos!). Lo consigue, pero cuando estamos a punto de agotar su admirable paciencia o provocar su afonía.


Tengo claro que a estas alturas de mi vida, con unos cursos de horas limitadas, sin la práctica constante y con la capacidad de compresión mermada a consecuencia de la mente algo "oxidada" por el paso de los años, esa será siempre mi asignatura pendiente, aún así, mientras lo permitan mis facultades, no pienso abandonar los estudios, aunque sea por seguir gozando de nuestras divertidas clases, porque siempre se aprende, aunque sea a leerlo con cierta dificultad, por la reunión y por las gratas comidas de hermandad que ocasionalmente celebramos.

Pues nada, a continuar. El próximo día 8 pienso asistir al nuevo Taller

¡Gracias a Chris y a mis compañeros!


P.D. Una mención para John, hombre simpático y pareja de Chris, a quien sustituye en alguna ocasión.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Viaje a Inglaterra. ¡En camión!


También disponer de tiempo libre, como indicaba en una entrada anterior, me permitió realizar este recorrido por tierras francesas e inglesas.

Un familiar (mi cuñao Luis), me invitó en el año 2002 a que lo acompañara en un transporte a Inglaterra. No dudé ni un instante en aceptar el ofrecimiento, pues se trataba de un desplazamiento en un enorme camión frigorífico, que  él conducía entonces. Me ilusionaba viajar contemplando el panorama desde la altura de la cabina y además, como acompañante pasivo.

Al anochecer de un día de primavera partimos desde Sevilla con rumbo a Calais (Francia), por la ruta de Madrid, Burgos, Irún, Burdeos, Tours y París, (entre otras muchas ciudades). Circunvalamos París contemplando la Torre Eiffel desde la distancia y pasando bajo unos viaductos mientras que, por arriba, los aviones aterrizaban o despegaban del aeropuerto Charles de Gaulle.

Como la carga era de un producto perecedero (creo que coles) procedente de Medina-Sidonia, era necesario el funcionamiento del sistema refrigerador de forma constante, cuyo ruido nos perturbaba el descanso en las paradas obligatorias, dispuestas cada cierto tiempo por la leyes del transporte por carretera, especialmente cuando había que estacionar para dormir, pues lo hacíamos en las dos camas disponibles en la cabina.

Una vez en Calais y gestionados los trámites pertinentes, el camión, junto con muchos otros, fue colocado en una especie de plataforma sobre raíles y los conductores, acompañantes y otros pasajeros, subimos a un tren eléctrico y por el túnel bajo el mar, cruzamos el Canal de la Mancha. 


Después de una media hora llegamos a Folkestone (Inglaterra). Conductores y ayudantes debíamos incorporarnos con rapidez a los camiones, para salir ordenadamente. De inmediato comenzamos a circular, ¡por la izquierda! En las autopistas, a pesar de la seguridad que ofrece un camión de esas dimensiones, me sentía desorientado y en cierto modo temeroso por un posible despiste, viendo que otros vehículos se incorporaban por la izquierda y que nos adelantaban por la derecha, pero lo peor era cuando llegábamos a las rotondas de los tramos de carretera, entonces mi mente giraba a la derecha pero, afortunadamente, el avezado conductor lo hacía al contrario.


A las afueras de Londres atravesamos el río Támesis por un alto puente de peaje y seguimos rodando con dirección a un gran complejo de almacenaje de frutas y verduras, situado en la localidad de Spalding, donde llegamos después de unas horas de carretera. Realizada la descarga paramos de inmediato el motor del molesto aparato refrigerador. En adelante podíamos conciliar plácidamente el sueño cuando correspondiera y emprendimos el regreso, pero esta vez a Dover. Lo que más vi de Inglaterra fueron extensos campos verdes y ¡muuuchas! ovejas de esas del careto negro que ignoro si son las churras o las merinas.

Llegados a Dover embarcamos en el ferry, para cruzar el Canal hasta Calais. Como es habitual en esa zona, la mar estaba embravecida y un fuerte oleaje embatía contra el casco, movía con violencia la embarcación y salpicaba con fuerza la cubierta. Desde Calais nos dirigimos a un pueblecito del noroeste de Francia, (creo que se llamaba Rubrouck), cercano a la frontera con Bélgica, para cargar ¡24 toneladas de patatas!, con destino a Faro (Portugal). Terminada la carga emprendimos la ruta de regreso a Sevilla donde llegamos al cabo de una semana y yo dí por terminada la expedición.

Para mi ese viaje representó una aventura, que me permitió conocer la vida apasionante, dura, complicada y a veces tediosa, de los camioneros en general y en este caso de los dedicados al transporte internacional. El aburrimiento lo combaten con las emisoras de radio, llamándose entre los españoles en circulación para contarse sus vicisitudes, sus rutas (a Gran Bretaña la llaman La Isla en su jerga), y si es posible, concertar un encuentro en alguna área de servicio, durante las horas de descanso.

También pude comprobar la numerosa flota de camiones de diferentes países europeos, intercambiando constantemente todo tipo de mercancías de uno a otro lugar: La Globalización. ¡A ver quién para eso! y más si añadimos a ese trasiego los modernos medios de comunicación que, en este caso, permitieron conocer al dueño de la empresa la existencia de un ¡un solo cargamento de patatas! dispuesto en un remoto pueblo francés, poder avisar por móvil a su conductor, que estaba en Inglaterra y así evitar que el camión retornara vacío.

Por cierto, nos costó mucho buscar la ruta adecuada, evitando carreteras con puentes o estrecheces que nos impidieran el paso. Lo conseguimos consultando mapas y preguntando por señas, al estilo indio de las películas, pues ninguno de los dos hablamos francés. 

martes, 3 de septiembre de 2013

Taller de cocina-Mi mujer-Mi amigo Pepe Díez.


A consecuencia del determinante cambio producido en mi situación familiar comentado en una entrada anterior, me vi precisado de aprender a cocinar, al menos lo suficiente para elaborar mi propia alimentación, así que, entre el otoño de 1998 y la primavera de 1999, me apunté a un curso de cocina dentro del programa de talleres impartidos por los Centros Cívicos dependientes del Ayuntamiento de Sevilla.

Con los conocimientos adquiridos, con la práctica y otras aportaciones, terminé por preparar comidas no solo para mí, sino también para puntuales celebraciones familiares, incluso para invitar a algunos amigos. En la actualidad lo continúo haciendo para compartir las tareas domésticas en lo que me es posible. Lo hago con higiene y cariño, que creo que es la base de una buena elaboración que, por otra parte, me sirve de entretenimiento.

Dispuso el azar, el destino o Dios (que cada lector opine según sus creencias), situar junto a mí en la mesa de prácticas, a una apuesta señora que resultó estar libre de compromiso. Tuve así la oportunidad de rehacer mi vida a corto plazo. Enseguida iniciamos una relación de amistad que se fue transformando en sentimental.  Actualmente esa señora sigue siendo: ¡MI MUJER!.


Mi inolvidable amigo, Pepe Díez, me pidió que escribiese las recetas aprendidas y él se encargaría de informatizarlas, encuadernarlas y presentarlas con una cubierta apropiada, a modo de un "libro" de cocina. Tal fue su insistencia, que terminé por ceder y poner manos a la obra, añadiendo otros platos facilitados por familiares. El resultado fue un simple cuaderno, pues no tenía ni conocimientos ni pretensiones para más, pero que a mí me resultó muy útil, o como se suele decir, me hizo el avío. En la portada, donde yo aparezco cubierto con gorro de cocinero, añadió con su gracia innata al conocer la necesidad de mi aprendizaje, el subtítulo: Cocinero a la fuerza. Aunque, en realidad, el arte culinario no me era del todo desconocido, pues desde que llegué la primera vez a Bilbao en 1967, me llamó la atención que, no solo las mujeres sabían de cocina, como era lo habitual en la época, sino que, también la mayoría de los hombres eran entendidos en la materia y la practicaban con frecuencia, así que adquirí algunos conocimientos rudimentarios, que alguna vez puse en práctica.

Añadiré que mi amigo citado era un hombre dotado de una enorme gracia natural, con un relampagueante sentido del humor, eso es, sin necesidad de meditar previamente cuanto decía, como debe ser, de esa forma el humor no pierde su chispa. Cantaba muy bien y bailaba las sevillanas con el arte aprendido en la "universidad de la calle". Pero lo más importante es que, esas cualidades las sacaba a escena en los momentos oportunos, pues tenía claro, sobre todo en reuniones de trabajo fuera de Sevilla, que una cosa es tener gracia y otra muy distinta es ser el "gracioso" de turno. Rompía así de forma premeditada con el tópico del andaluz "fulero" o "jaranero", poco dado a una vida laboriosa que, ¡para nada se ajusta a la realidad!. Precisamente fue un infatigable trabajador, inteligente y honesto.


P.D.- Esta entrada representa el reconocimiento a mi mujer por su compañía y cuido y un homenaje póstumo a mi siempre recordado amigo, Pepe Díez. Como en otras ocasiones, aplico para él el epitafio de la antigua Roma: Que la tierra le sea leve. Mi cariño para su viuda (Pepi) y sus hijos, Rocío y Juani.

jueves, 15 de agosto de 2013

Las herraduras.


Por uno de esos misterios que ocurren ocasionalmente en este mundo "mágico", según me han informado, he comprobado con sorpresa que ya no consta en el blog la entrada etiquetada como Infancia, titulada Las herraduras y que publiqué en Julio o agosto del año pasado. Me apenó la desaparición ya que se trata de un episodio infantil que recuerdo con nostalgia y nitidez, a pesar de los muchos años transcurridos. Afortunadamente, como por precaución, siempre conservo una copia de cuanto escribo y de las correspondientes fotos, solo es cuestión de incluirla de nuevo a modo de "cuña", pues ya siempre quedará  fuera del orden cronológico de mis relatos. Desgraciadamente, los comentarios de entonces son irrecuperables.

Respeto el texto original, pero ya que domino un poco mejor este medio, aprovecho para añadir dos fotos de buitres, carroñeros abundantes en mi niñez extremeña y protagonistas en este relato. Decía así:

Como los demás municipios de la campiña extremeña, Campillo de Llerena es básicamente un pueblo de economía agropecuaria.

En la actualidad las duras labores de campo se realizan con medios mecanicos: Tractores y cosechadoras hasta con aire acodicionado, pero cuando yo era niño apenas se veía algún tractor o alguna rudimentaria limpiadora o segadora; la siega se hacía a mano (durísimo trabajo) y  la labranza se realizaba fundamentalmente con aperos tirados por tracción animal: Yuntas de mulas.

Es por eso que entre mulas, los auxiliares burros y algún que otro caballo, contaba el pueblo con un importante número de estos animales, de los que cada año morían bastantes, como es natural.

Por falta de una ley sanitaria, o por imcumplimiento de ésta (me inclino mas bien por lo primero, porque años más tarde vi el enterramiento de un caballo, cubierto con cal víva), los cadáveres eran arrojados con frecuencia (en algún caso se aprovechaba la piel), en campos cercanos a la población, donde eran devorados por buitres.


Como la comida era abundante, el número de esos carroñeros era muy numeroso , hasta tal punto,  que en sus habituales planeos sobre el pueblo decíamos que nublaban el Sol.

En una de nuestras correrías infantiles, llegamos hasta el Cerro de las Cornejas, colina próxima al pueblo, donde el cadáver de una mula estaba siendo comido por los buitres, los que al vernos llegar levantaron el vuelo, algunos después de coger carrera para remontar, ahítos que estaban de carroña.


Aparte del morbo del espectáculo y de ver  esos  pajarracos desde cerca, avazabamos hacia ellos arrastrandonos, pero no sin cierto temor; nos atraian tambien las grandes plumas arrancadas entre ellos en su atroz lucha por el turno de comer unos antes que otros: La jerarquía animal.

Las plumas nos servían de adorno y de heroicidad, ante niños mas pequeños o menos atrevidos. Intenté volar con ellas: Una o dos plumas en cada mano, los brazos abiertos y subido a una altura de un metro aproximadamente, daba un salto intentado emular a Ícaro, pero no conseguía remontar más que el impulso. Siempre aterrizaba de mala manera. ¡Joé, con lo que me hubiera gustado volar!

Pero en esa ocasón observé algo muy valioso, la mula había sido herrada recientemente y las herraduras estaban nuevas, o sea que pesaban mucho más que las gastadas que encontrabamos habitualmente. Eran años  de una economía nacional casi autárquica, donde las materias primas, como la chatarra, escaseaban y se cotizaban.

Es por ello que decidí conseguirlas, pero no era conveniente compartir la idea con toda la pandilla,  pues  no  hubiera sido rentable, y sólo ni podía ni me atrevía a presentarme ante  aves tan grandes. No recuerdo por qué, cuando en el regreso me puse de acuerdo con otro niño,  que además no era de mis  habituales. Un niño pecoso y rubicundo ,  al que solo conocía porque salía  a jugar con nosotros por la puerta trasera de corral de su casa, que daba a mi calle. Nunca más supe de él  terminada la "misión". Tal vez estuviera en el pueblo temporalmente.

Consideramos que la hora más discreta era durante la siesta de los mayores en el riguroso verano. Y ¡qué mejor hora que las cuatro de la tarde, cuando había menos gente en el pueblo que a media noche!. Pues nada, decidido.

Pero surgió un problema a la hora de la partida: Mi escaso calzado veraniego, unas sandalias o unas alpargatas, me lo  escondían para evitar que saliera de casa a esas horas, o al menos que no me alejara de ella. (A veces la cosa llegaba a más: Me escondían los también escasos pantalones cortos y entonces no salía ni al umbral de la puerta, no era niño de "pito al aire en la calle". Era muy pudoroso).

¿Y que hacer entonces si la suerte estaba echada? Pues hacer la expedición descalzo. Descalzo también estaba el otro niño esperándome. Previamente tuve que coger unas grandes tenazas de la fragua de mi padre y con ellas como herramienta indispesable emprendimos el camino.

Comenzamos a subir la leve subida del Cerro de las Cornejas. El polvo de la vereda nos abrasaba los pies, hasta tal punto que, frecuentemente, teníamos que hacer un descanso sentados.

Llegamos por fin a nuestro objetivo y los buitres levantaron el vuelo rápidamente. Tal vez por vernos  esta vez erguidos o  a mí con las tenazas. El caso es que  dejaron su presa a nuestra disposición.

El espectáculo  que presenciamos era nauseabundo, la mula ya estaba más que medio devorada, pero nosotros a lo nuestro, pues las pezuñas estaban intactas como es lógico. Después de un duro y sudoroso trabajo conseguimos arrancar los clavos y hacernos con las  codiciadas ¡HERRADURAS!

Hicimos un reparto equitativo, dos herraduras por barba y emprendimos el regreso. Otra vez el tormento de la quemazón en los pies recorriendo la vereda.

Llegamos a uno de los escasos charcos que el arroyo próximo mantenía en verano. Nos lavamos los churretes (mezcla de sudor y polvo sobre la piel) y aliviamos los doloridos pies. Mi compañero regresó  a su casa y yo a la mía después de dejar las tenazas en la fragua de mi padre y esconder mi botín.

Cuando llegué a casa, mis padres y hermanos aún estaban somnolientos, así que mi aventura pasó desapercibida (¿o acaso se hicieron los desentendidos?)

A la mañana siguiente estaba expectante porque pasara el Tío Gomero, chatarrero del pueblo que vendía a los niños o trocaba por chatarra baratijas, bolas (canicas) y pirulines (pirulíes)  El Tío Gomero pregonaba: AL RICO PIRULÍN DE LA HABANAAAA, QUE SE COME POR  LA NOCHE Y SE CAGA POR LA MAÑANAAAAA. Los niños, amantes por lo general de lo escatológico, lo imitabamos con frecuencia.

En esta ocasión yo podía exigir más calidad, unas bolas de las buenas, que llamabamos de china o arenilla  y no las clásicas de barro cocido y pintado, que se rompian o deterioraban al primer impacto fuerte. También me venía bien  algún pirulín, para endulzar mi paladar tras las náuseas pasadas el día anterior.


martes, 23 de julio de 2013

Costumbres alemanas y anécdotas, 2


- Basuras y materiales de desecho.- Es tal el sistema organizativo (con el que están muy mentalizados los ciudadanos), para la eliminación de los restos orgánicos y la clasificación y recogida de los materiales de reciclado, que ni llegué a enterarme bien ni tampoco pretendo entrar en detalles. Solo contaré algunos casos a modo de anécdotas.

-Recuerdo que cuando vivía con mis familiares en el piso, había varios contedores en el patio comunal destinados para determinados elementos, entre ellos los materiales plásticos, pero como en ese caso la recogida era cada quince días, para depositar, por ejemplo, el envase de una tarrina de mantequilla, ésta debía fregarse previamente para evitar malos olores.

-Existen lo que conocemos como Puntos Limpios donde llevar enseres desechados, pero los días de recogida gratis son determinados. Casualmente, como cuando hicimos el traslado del piso a la casa y hubo que desalojar el trastero no coincidía con esas fechas, el depósito controlado de los "cacharros" inutiles se realizó previo pago.

-Los contenedores para el vidrio están en las calles, pero la clasificación es por colores: Blanco, verde y marrón. ¿Se preguntarán, que hacer con una botella azul?. Son escasas, pero prometo que me ocurrió en una ocasión cuando me "tocó" llevar el reciclado. Actué con la lógica que estoy seguro harían ustedes: Depositarla en el contenedor para el vidrio verde. Pero me quedó cierto recelo: ¿Me habrán visto? ¿Me llamarán la atención?. Yo mismo me convencí que hice lo correcto, no me iba a traer la botella a España como recuerdo.


-Spermüll.- Como si de una feria gratuita y callejera se tratase, los vecinos exponen en la proximidad de sus viviendas, el mobiliario y enseres sobrantes, pero aprovechable, a disposición de cualquier interesado. En Karlsruhe, este acontecimiento tiene lugar dos veces al año. Es constante el movimiento de transeuntes y la circulación de vehículos, incluso algunos de alta gama que merodean en busca de algo para su utilidad y cuando lo localizan lo recogen y se lo llevan aunque sean de familias conocidas, sin ningún tipo de prejuicio social. Viví ese día en una ocasión en la zona de casas residencia de mis familiares y comprobé que los niños, cercanos a sus muebles, gozaban contemplando todo ese trasiego como si de una fiesta se tratara.


-Los domingos y festivos: ¡Silencio!.- Esos días está rigurosamente prohibido hacer ruidos molestos.

Ajeno a esa norma me disponía yo a cortar el césped y nada más arrancar el motor de la máquina, apareció
Uwe y lo paró de inmediato: "¡Domingo, sagrado!". Por ese mismo motivo, tampoco se permite esos días tirar los vidrios a los contenedores para el reciclado.

 También está prohibida la actividad ruidosa urbana a partir de determinadas horas de la tarde-noche. Curiosamente, era domingo cuando fui a Fráncfort con Uwe y el amigo Leonardo. Me llamó la atención que hasta el tráfico de esa populosa ciudad era escaso y como ralentizado. Tengo información posterior de que esos días no son tan sileciosos en otras zonas o ciudades alemanas que yo no conocí.

Había momentos que me sentía abrumado y pensaba: Pues tal vez sea mejor que el vecino aproveche el día festivo para hacer una chapuza en casa y te lo joda a golpe de piqueta desde la 7 de la mañana, pero luego continue la jornada con el bullicio ciudadano habitual. Comprendo que esto es exagerar un poco con ánimo de darle algo de viveza a este apartado con tanta tranquilidad, pero si es cierto que en algún rato que me sentía "aletargao" deseaba en mi interior: "¡Qué alguien de un gritooo!"
También la foto que he podido conseguir para ilustrar este apartado exagera la situación, pues muestra una ciudad desolada y no con un tráfico notoriamente reducido que es la que yo, para ajustarme más a la realidad, pretendía mostrar.


-Régimen de alquiler.- La mayoría de las familias alemanas viven de esa forma, que consideran ventajosa sobre el angustioso sistema de hipotecas, con el fin de llegar algún día a ser propietario. Me lo han explicado varias veces, pero debo ser muy obtuso, porque no termino de entenderlo.


-Cementerios.- Con frecuencia se encuentran dentro de las ciudades o pueblos. Supongo que, en muchos casos es debido a la expansión urbana. Su cuidado es continuo incluso por los familiares de los fallecidos. Lo normal es que el suelo esté cubierto de césped, arbolado y con abundantes plantas de flores. No vi los tétricos nichos acolmenados.

Me resultó curioso ese culto a la muerte por el contraste con una sociedad tan pragmática y tecnificada, pero por lo visto es otra de las tradiciones germanas.

Muy cercano al piso donde viviamos al principio de yo llegar, había uno de esos cementerios y aunque muy ajardinado, era poco amigo de acercarme solo por allí al oscurecer. Pero no debía ser el único, porque cuando llegabamos a esas horas con el coche y buscabamos espacio donde aparcarlo, era seguro encontrarlo junto a sus muros y eran escasos los transeuntes solitarios.


-Sonoridad del idioma español.-  Recuerdo un día en que visitamos a la madre de Uwe y otros familiares que vivían en un pueblecito enclavado en plena Selva Negra. Cuando por la tarde merendabamos en el patio trasero, en mi conversación pronuncié la palabra perfectamente, la señora que figura al fondo de la foto y que viste de amarillo, holandesa y amiga de la familia a quienes visitaba, la repitió y comentó en alemán, que hubieron de traducirme, porque desconozco esa lengua, que el español le sonaba muy grato al oído.

Aunque signifique salirme de los dos viajes a los que me estoy refiriendo, añadiré que en el año 2000 visité de nuevo Alemania, esta vez acompañado de mi mujer y permanecimos allí unos 20 días. Curiosamente, durante un trayecto en tranvía por la ciudad ibamos hablando entre nosotros y mi sobrina, un niño que la escuchó un momento utilizar el alemán, se dirigió a ella para preguntarle en que lengua hablabamos, cuando le respondió que en español, comentó también que le resultaba muy agradable su sonido.

Aparte de estas anécdotas, el principal motivo para mí en este apartado es precisamente exponer la foto como homenje a Frau Hedwig, la señora mayor de pelo blanco que también aparece en la misma, abuela de Uwe y que me trató con especial cariño (en realidad, así lo hicieron todas las personas que conocí). En una ocasión que estaba hospitalizada y fuimos a visitarla poco antes de mi regreso, le dijo a su nieto para que me tradujera que por qué me marchaba de Alemania, que allí me querían. Siempre la recordaré con cariño.

Es mi deseo no haberlos aburrido en exceso con estas historias que doy por concluidas, pero como comenté al principio, a mí me han servido de entretenimiento y como ejercicio para ordenar mi memoria.


P.D.- Blibiotecas urbanas. Nombro así a un tipo de armarios acristalados conteniendo libros, situados en distintos puntos de la vias públicas de la ciudad de Karlsruhe (ignoro si ocurre algo similar en otras ciudades de Alemania). De esos libros puede disponer a su antojo cualquier ciudadano y reintegralos una vez leidos. También es libre la aportación de nuevos ejemplares.

En realidad yo no llegué a conocer ese mobiliario urbano, sino que he sido recientemente informado por mi sobrina Consuelo, residente allí, quien también me ha aportado la foto. Como la puesta en práctica de esa idea me ha parecido tan positiva, he creido oportuno añadirla a estos relatos.

miércoles, 10 de julio de 2013

Costumbres alemanas y anécdotas, 1.



.Como durante dos meses y medio (entre abril y julio de 1998), fui de alguna forma un miembro más de la sociedad alemana y no un turista al uso, tuve  ocasión de observar el comportamiento y las costumbres de aquel pueblo que admiraba desde los lejanos tiempos de mi infantil lectura de historia, tal vez porque tuvimos un emperador en común, porque no hubo enfrentamientos bélicos que dejaran cicatrices, o porque se toma simpatía a algo o a alguien sin que encontremos una explicación razonable.

Pero eso sí, salvo alguna excepción, relataré los detalles que me resultaron extraños como un mero espectador, sin entrar en innecesarias comparaciones con nuestra propia idiosincrasia y mucho menos en polémicas de si sería o no conveniente importar determinadas normas de conducta aunque, de principio, puedan considerarse positivas.


-Gremios y sistema educativo.- En una ocasión, cuando pasabamos en coche por una ciudad, cuyo nombre no recuerdo, me llamó la atención ver un hombre que vestía una indumentaria elegante pero llamativa, más aún que la que muestra la foto. Por sus adornos y charreteras imaginé a algún militar de alta graduación, pero cuando pregunté sorprendido, me respondieron que se trataba de un maestro carpintero, que era el día de su gremio y que lo celebraban con diversos actos y comida de hermandad.

La organización gremial de profesiones antiguas como carpinteros, albañiles o herreros, entre otras, se mantiene desde la Edad Media. Posteriormente se incorporaron otras de oficios relativamente modernos, como los electricistas, por ejemplo. Estos maestros en oficios manuales gozan de alta consideración social.
Estos gremios actuan como sindicatos cuando es preciso. También como colegio de la profesión y como centros de enseñanza para los alumnos que han terminado los tres años de Formación Profesional y quieren continuar durante un año y medio más de clases teóricas y prácticas para obtener la titulación de Maestro del oficio elegido. Ese grado es optativo y costeado por financiación estatal. En esos casos la aportación económica se considera como un préstamo a bajo interés que la persona beneficiada, una vez incorporada al mundo laboral, ha de ir reintegrando al Estado de forma fraccionada. Precisamente esa fórmula le fue aplicada a mi familiar Uwe, quién consiguió el grado de Maestro Albañil. Esa titulación se asimila a lo que antes llamabamos en España aparejador, pero en un sentido más práctico, más de estar al "pie del cañón".
Ese sistema de ayudas oficiales es extensiva para los estudios universitarios, lo que sirve de estímulo a los jóvenes estudiantes, quienes son los primeros interesados en graduarse cuanto antes a fin de que el préstamo estatal sea de la menor cuantía posible.


-Deshollinador.- Otro personaje ataviado con vestimenta curiosa que encontré, esta vez en casa de mis familiares, fue un deshollinador (me recordó la película Mary Poppins). Como prevención de incendios es obligatoria dos veces al año la revisión y limpieza de la chimenea y demás conductos de salida de humos y gases del sistema calefactor. Por supuesto, el coste de esa labor es a cargo de los propietarios o inquilinos.

También los deshollinadores cuentan con su propia organización gremial.


-Bares y restaurantes populares.- Apenas vi alguno de estos establecimientos con barra, al menos en Karlsruhe, que son considerado como de "borrachines". Lo normal es sentarse y mostrar un poco de paciencia hasta que te sirvan en la mesa, sobre todo si pides la típica cerveza de barril tipo Pilsen (Pils), pues no la "tiran" de forma continua, sino en dos o tres veces, siguiendo como un ritual. La producción de esta bebida no está acaparada por unas pocas factorías a modo de oligopolio, sino por numerosas fábricas independientes distribuidas por todo el país, lo que da origen a varias clases y numerosas marcas, pero siempre siguiendo un proceso natural de elaboración que se enorgullecen en datar desde 1516. En verdad que la calidad, en general, es excelente. Para mí, la mejor sin lugar a dudas, es la producida en pequeñas cervecerías para el servicio directo al consumidor. Sale del tirador con un color amarillo turbio, concentrada, ¡exquisita!

Lo curioso en estos establecimientos es que si en la mesa o mesas escogidas quedan asientos libres, pueden ser ocupados por personas desconocidas, aunque  de forma previa pregunten educadamente. Te saludan y desean buen provecho si ya estás consumiendo, pero ahí termina la conversación mutua hasta el momento de la despedida. A mi me daba igual, no entendía nada.

Los camareros, o más frecuentemente camareras, usan una riñonera donde llevan dinero y de esa forma, cuando se solicita la cuenta solo tienen que ir a caja a pedir la factura y  la cobran directamente una vez aumentada con la propina voluntaria que se considere. Modernamente, en muchos casos, ya disponen de un pequeño ordenador y pueden ajustar la cuenta y cobrar de inmediato.


-Máquinas expendedoras de tabaco.- Abundan distribuidas por las calles de todas las ciudades y pueblos, de forma que el consumidor no tiene problemas para adquirir el producto a cualquier hora del día o de la noche. Últimamente las han dotado de un sistema de control para verificar que el cliente es mayor de edad.

Pregunté si eran frecuentes los robos ante tan atractivo y fácil botín para cualquier ratero. Uwe me respondió que no, pero que de darse algún caso, lo más probable es que la policia, vigilante de forma disimulada, actuase de forma contundente con el desvalijador y añadió: "El primer par de bofetones no se los quita nadie, aparte del posterior proceso judicial"
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Todas las cajetillas tienen el precio marcado, con lo que se evita la especulación. De nada sirve a alguien con ánimo de lucro acaparar existencias previas a una subida cuando tiene que vender el producto al valor fijado.


Para finalizar esta entrada, contaré una pequeña anécdota... Uno de los domingos que comiamos en el exterior de la casa y mientras Uwe, aunque alemán, preparaba una de sus paellas deliciosas, yo me ofrecí para hacer un gazpacho como complemento. Entonces no tenía la experiencia de ahora en el arte de la cocina, así que no se me ocurrió otra cosa que emplear ¡siete dientes de ajo!. Precisamente elegí a Uwe para la "cata" y nada más dar un trago lo arrojó de inmediato y con su gracia natural exclamó: "¡Explosivo!"

Bueno, pues con lo expuesto hasta aquí, doy por finalizada esta primera parte. Hasta pronto.