miércoles, 20 de marzo de 2013

Sevilla, 3 (Segunda parte)



Separación.- Este blog se fundamenta en el relato de vivencias y anécdotas ocurridas a lo largo de mi ya larga y variada vida, con las pinceladas de humor que permite mi corto ingenio, pero sin rebasar en lo posible los límites de mi vida íntima. Si en este caso y como excepción me salgo de esa línea y hablo de mi separación, no es sino porque esta se deduce por cuanto lo que ahora estoy contando y además quedará clara en una próxima entrada que no considero oportuno omitir. Eso sí, trataré el tema de forma un tanto superficial.

La ruptura matrimonial se produjo inevitablemente poco después de mi regreso de Alemania en julio de 1998, pero estoy convencido que, al final, fue la solución más conveniente para todos los miembros de la unidad familiar, aunque no me resultase satisfactorio el "acuerdo" adoptado, pero no voy a entrar en maniqueísmos de buenos y malos. Tampoco guardo rencor. Son cosas que pasan... Vamos a dejarlo así. Aunque para darle un punto de humor añadiré que, la mudá desde el anterior domicilio la hicimos mi sobrino José Antonio y yo en ¡solo dos portes! con su furgoneta Citroen C-15 Él como conductor y ayudante.

En todo caso, sí guardo agradecimiento a los familiares y amigos que, de forma incondicional, me apoyaron en aquellos momentos, principalmente a mis hijos, Francisco Javier y Rosa, puesto que resultaron los más afectados después de los "protagonistas". Mi hija tomó una valiente decisión en el último momento. Mi hijo estaba ausente en esos días, pero no entraré en detalles para no faltar a mi propósito de escribir lo indispensable sobre mi vida íntima. En su honor sitúo sus fotos en la cabecera de este capítulo.

A este caso, por ejemplo, me refería en el capítulo anterior en cuanto a la ventaja de contar con tiempo libre para resolver asuntos propios por mi temprana prejubilación. De otra forma,  lo normal es que estos procesos afecten hasta al rendimiento laboral.

Taller de cocina.- A consecuencia de la situación personal antes apuntada, me vi precisado de adquirir conocimientos de cocina, aunque fueran rudimentarios, algo que también contaré en un nuevo capítulo.

Universidad.- Como ya explicaba el 15-11-12 en la entrada Aranjuez, 2,  pertenezco a una generación en la que la inmensa mayoría de los españoles y españolas, nos vimos obligados a abandonar la enseñanza a edad temprana, aún teniendo vocación estudiantil, como era mi caso, para incorporarnos al mundo laboral y así poder ganar el dinero suficiente, al menos para cubrir nuestras propias necesidades. Todavía pagabamos las consecuencias de la horrible Guerra Civil.

Desde entonces, mi formación fue autodidacta, reforzada por la constante lectura,  por algunos estudios en mi larga etapa en la Marina y finalmente, potenciada por un buen puesto de trabajo con  muchas y variadas relaciones. Por todo ello, cuando me enteré que la Universidad de Sevilla ofrecía el ingreso en la llamada Aula de la Experiencia a las personas interesadas a partir de 55 años y tras superar un examen no demasiado exigente, no dudé en incorporarme al mundo universitario. Aprobada la prueba, traspasé sus puertas. Sentí en aquel momento  como si se hubieran hecho realidad mis sueños infantiles.

El recibimiento que nos hicieron en el Aula Magna en el año 2000 fue solemne, incluso un grupo de jóvenes estudiantes nos entonó el "Gaudeamus igitur".  Supongo que el Rector, sabedor de que una parte numerosa de los presentados fuimos estudiantes frustrados, por la causa antes explicada, nos recompensó  diciendonos que entrabamos por la "puerta grande" y que nos impartiría las clases el mismo cuadro de profesores y catedráticos asignados a los  estudiantes de las carreras universitarias normalizadas. Y así fue.

Nuestro ciclo constaba de tres cursos, con un determinado número de horas dedicadas a diferentes materias, una especie de popurri, desde Derecho hasta Biología, por ejemplo. No teníamos exámenes y para mayor facilidad, no era necesario tomar apuntes de forma regular, porque podíamos adquirir fotocopias de las lecciones. Se supone que quienes asisten a esas clases con tal edad, no persiguen otra meta que ampliar sus conocimientos. Aseguro que, el aprender por aprender, resulta una auténtica gozada, al menos lo fue para mí. Tal es así, que desde que terminé en el 2003, sigo vinculado a la Universidad, asistiendo a los llamados Talleres, cursos cortos y dedicados a diferentes materias. Los cinco últimos años los vengo dedicando al Taller de Inglés, para así continuar  mi antigua y obstinada lucha  con el apredizaje de esa lengua. Próximamente  escribiré sobre estas clases, que tan divertidas hace Chris, nuestra teacher londinense.

Viaje a Inglaterra y Francia.- Es este otro apartado que, por su extensión, desarrollaré en nueva ocasión.

Villanueva de Córdoba.-  No recuerdo el año con precisión, pero sé que fue aprovechando mi prejubilación cuando pasé unos días con mis primos Amalia y Castro, en esa población del Valle de los Pedroches. Las fechas sí puedo situarlas a finales de septiembre, porque visitamos la importante feria del cercano municipio de Pozoblanco, que se celebra por entonces.

Bueno, pues la narración de los temas surgidos de estas dos últimas entradas me servirán de entretenimiento para publicar futuros capítulos. Si la autoridad lo permite y el tiempo no lo impide.



miércoles, 6 de marzo de 2013

Sevilla, 3. (Primera parte)



Bueno, pues como anunciaba en la entrada anterior, desde el 1 de septiembre de 1982 y procedente de mi larga etapa bilbaína, me incorporé a mi puesto de trabajo en Sevilla. Tampoco aquí me voy a enrollar con la descripción de mi función laboral. Como es de suponer, las relaciones de trabajo en zona tan extensa exigían constantes viajes y pernoctas en las distintas  capitales de Anlalucía y Extremadura o en sus pricipales poblaciones. También periódicas reuniones en nuestra oficina central en Basauri  (Vizcaya) y a veces en las distintas capitales españolas donde contabamos con Delegaciones.

Todavía entonces, el Sector de los Aceros Especiales, al que yo pertenecía  y la siderurgia en general, venía renqueando en España, acusando los efectos de la llamada crisis del petróleo de 1973. Eran frecuentes las medidas de reajuste de plantillas y, finalmente, la fusión de varias empresas por disposiciones del Ministerio de Trabajo. A todo este reajuste fue a lo que se llamó Reconversión. Cuando los trabajadores en activo pensabamos que habían finalizado esos Expedientes de Regulación que habían englobado a miles de personas y que terminaron por afectar incluso a quienes cumplian solo 52 años, todavía se dispuso uno más en el que fui incluido. Como nací en diciembre, no quedé fuera por pocos días. De esa forma, con esa edad fui prejubilado tras algo más de 13 años de activa vida laboral de nuevo en Sevilla y un total de más de 28 en la empresa.

Pensarán: ¡Qué suerte quedar libre de obligaciones laborales con "tan pocos años" y poder dedicar todo el tiempo a la vida privada. Pero, al menos al principio, no era ese mi sentimiento (a pesar de que mi íntimo amigo Victoriano, sensiblemente más joven y con un puesto de trabajo altamente cualificado, me animaba diciendo que él, en mi situación, no dudaría en prejubilarse). Dudaba porque, la otra alternativa era poco atractiva y de cualquier forma sabía que, después de muchos años de  funciones técnico-comerciales, el entramado de numerosas relaciones humanas, con frecuencia amistosas, se derrumba cual castillo de naipes y el mundo social, salvo excepciones, queda reducido al entorno amistoso local y al ámbito familiar,  lo que produce una acusada sensación de vacío interior. Luego resulta que  te acomodas pronto a la nueva situación y valoras todo lo que ésta tiene de positivo (¡qué es mucho!). En mi caso aproveché ese cambio en mi vida para viajar, pero ahora de forma particular; resolver asuntos propios y realizar otras actividades que el horario laboral suele impedir o dificultar. Esas actividades fueron tan variadas que precisaré de esta y otra entrada para exponer las más representativas, incluso en algunos casos, serán precisos  nuevos capítulos para detallar las que requieran una mayor extensión. De esa forma pretendo que la lectura resulte menos tediosa y, al mismo tiempo, me procuro más entretenimiento para el futuro.

Despertador.- La primera actividad fue "jubilar" esa chicharra diabólica que tantas mañanas me martirizó, pues nunca fui ni soy madrugador, al contrario que Don Quijote. Tampoco creo que madrugar sea virtud alguna, como apunta ese refrán de: A quién madruga Dios le ayuda. ¡NO!, para mí la virtud consiste simplemente en cumplir con el deber, independientemente de la hora que éste lo exija y para eso estaba mentalizado desde niño, lo demás es solo cuestión de los biorritmos de cada persona. Si nos atenemos al proverbio anterior, parece que sigue: Pues uno que madrugó, una cartera se encontró. En ese caso, más madrugó el que la perdió y esa persona no contó con ayuda divina alguna, sino todo lo contrario.
Tampoco quiero dar una imagen de mí que parezca que duermo más que un lirón careto, pues con la lectura me dan las tantas de la noche, incluso a veces llega la madrugada.

Monasterio de Sto. Domingo de Silos.- Recién prejubilado, en febrero de 1996, tuve la necesidad de aislarme, de buscar una soledad deseada por unos días, que quizás sea la mayor libertad. Adquirí una publicación de Guías con Encanto (creo recordar que así se llamaba) y  tras barajar varias opciones pensé: ¿Qué lugar más apropiado que un monasterio?, pero uno donde no obligaran a hacer la vida litúrgica de los monjes desde las horas del alba. Fue elegido el de Sto. Domingo de Silos. El resultado final fue tan interesante, que la experiencia merece ser contada en entrada independiente.

Antiguo Sahara Español.- Como nunca consideré justa la solución que se dió en 1975 a la necesaria descolonización de ese territorio, colaboré en 1996 y años siguientes con la Asociación de Ayuda al Pueblo Saharaui. Incluso en el primer verano de esa participación, acordamos en familia acoger a un niño o niña saharaui. Nos asignaron a Mafod (Mahafud), un niño de 7 u 8 años. Esa temporada fue toda la familia la implicada.
Aquel niño ya será un hombre a quien deseo suerte como a todo su pueblo, el que un día, de alguna manera, formó parte del nuestro.

Conocer Sevilla.- El Ayuntamiento de Sevilla a través de los Centros Cívicos, creo que como ocurre en otras ciudades españolas, programaba (aún lo sigue haciendo) un amplio abanico de actividades de entretenimiento y formación, llamados Talleres, entre el otoño y la primavera, dirigidos a los ciudadanos interesados y que dispongan del tiempo libre necesario.  Yo me decidí por: "Conocer Sevilla" y completé ¡cuatro talleres!, desde 1997 a 2001.

Esos talleres consistían en alguna clase teórica en el Distrito, pero básicamente en visitar monumentos dos días a la semana por espacio de dos horas, guiados por un licenciado en Historia del Arte. Es tal el patrimonio artístico de la ciudad y tal el minucioso detalle explicativo del guía que, a pesar de tanta dedicación, aún me quedaron algunos lugares por visitar. Como testimonio, comentaré aparte solo dos detalles curiosos que aprendí en estas visitas.

Viaje a Alemania.- Tal como ocurrió el año 1996 con mi idea de aislarme unos días en un monasterio, nuevamente precisaba cambio de aires, pero en esta ocasión durante una etapa más prolongada y con apoyo familiar. De esa forma, en 1998 consideré  lo mas apropiado viajar a Alemania para convivir con mi sobrina Consuelo, hija de mi Chari, hermana a quien dediqué un capítulo de este blog cuando narraba sobre mi infancia, y con su marido Uwe, un alemán polifacético, trabajador, gran persona y con agudo sentido del humor.  Tenían ya su hijo, Christian, entonces un bebé al que comenzaban a salirle los dientes.

Esta familia mía vive en Karlsruhe en el Estado Federal de Baden-Wurtenberg, ciudad moderna y apacible, muy próxima a la zona que nosotros llamamos Selva Negra, región montuosa, con pintorescas poblaciones y extensos bosques y que ya conocía de una ocasión anterior. Recibí la mejor atención y permanecí con ellos durante ¡dos meses y medio!, desde finales de abril hasta mediados de julio.

 Cuánto recuerdo los viajes, por la mencionada Selva Negra, el Palatinado, Alsacia... ¡Ah... y lo que me gustaban las pequeñas salchichas de Heidelberg, servidas aún calientes en la misma sartén! Huyyy... se me olvidaba lo principal: las jarras de cerveza recién fabricada que espumaba así como espesa y turbia, servidas en las cervecerías Vogel de Karlsruhe y Ettlingen. ¡Siempre os tengo presentes!

Pero como hasta la jubilación estaba registrado temporalmente en el INEM, para poder llevar a cabo aquel viaje hube de sortear grandes escollos burocráticos, que es otro de los temas que requieren nuevo relato.

Bueno, pues... continuará.



jueves, 14 de febrero de 2013

Las cosas del Coy



Esta entrada, que creo divertida, representa un paréntesis con relación a los escritos de mis vivencias y anécdotas. Pretendo con ello, aunque sea excepcionalmente, romper la monotonía que representa la progresión de relatos personales desde mi época de niño

Juan Coy Sánchez (foto de cabecera), natural de Villanueva del Rio y Minas (Sevilla) es un excelente amigo mío desde largos años atrás. De carácter afable, servicial, amigo de sus amigos, es lo que se llama un "buscavidas". En resumen, una buena persona que siempre tiene pendiente algún quehacer entre manos.

Precisamente, por ese antiguo y continuo ajetreo en la "Universidad de la Vida", posee un extenso repertorio de frases y refranes populares que, con su torrente de voz y fácil carcajada, aplica repetidamente en los momentos apropiados de  tertulia. De forma especial, durante las tensas partidas de dominó disputadas en la Asociación "Los Colores" de Sevilla, de la que ambos formamos parte.  Detallo a continuación los dichos más comunes, que en estos momentos me vienen a la memoria:

Eres como la ratita Aurora, que cuando se la meten chilla y cuando se la sacan llora.- Aplicado a las personas que se están lamentando continuamente y si es jugando al dominó, siempre se quejan de su suerte adversa con las fichas que le tocan en suerte.

Sois como una candelita de papel.- Lo dice a los rivales que han empezado ganando de forma fulgurante y después terminan perdiendo.

¡Ya pagará el francés el vino que se bebió!.- En realidad esa expresión está relacionada con la ocupación francesa durante la Guerra de la Independencia. Hay varias versiones pero, en éste caso, mi amigo la emplea como "grito" de venganza contra quienes  han resultado sus vencedores en alguna partida.

¡Echa vino montañés, que lo paga Luis de Vargas!.- Un verso del poema de Fernando Villalón sobre los Siete Niños de Écija, pero que Coy emplea para dirigirse al camarero cuando ha terminado victorioso y, previamente, se había apostado la "convidá".

Gratis, cueste lo que cueste.-  Esto lo aplica cuando lo invitan, porque no considera de "buena educación" rechazar ofrecimientos. Bueno, últimamente anda con sus cuidos y hace frecuentes excepciones. La verdad es que si hay que "estirarse" tampoco se echa "pa´trás".

En la casa que no hay gobierno, a cachitos se va el pan tierno.- Cuando los rivales pierden por sus repetidos fallos y no por la adversidad en el desarrollo del juego.

¿Qué?, ¡ahora resulta que los pollos se la quieren dar a los recoveros!.- Viene a cuento cuando percibe que un jugador, a quien considera más inexperto, pretende de él  que cometa una jugada errónea, propicia para el rival.

¡Estos pollos bien se pelan!.- Se relaciona con el dicho anterior, pero en este caso lo emplea cuando, con un compañero que considera experto, se van a enfrentar contra dos rivales que considera noveles. Pero claro, como en el juego del dominó influye el azar en buena medida, no es extraño que los "pollos" se conviertan en "águilas" y termine levantandose de la mesa derrotado y recibiendo improperios. Aún así no escarmienta, tiene anchas espaldas y mucho aguante.

Y el tabernero, viendo que no vendía, ¡también bebía!.- Situación apropiada cuando el servicio de bar atraviesa un momento ruinoso y sorprende al concesionario o a algún camarero, dandose un "lingotazo".

¡Qué te gusta el pan de pico, Federico!.- Lo dirige al comensal o bebedor cuando lo está haciendo con delectación.

El día está para comer con los suegros y después acostarse con la hija.- Lo refiere con frecuencia en esos días desapacibles por el viento, la lluvia y el frío. El complemento ideal sería un temporal de nieve, pero eso no ocurre en Sevilla capital, desde el año 1954.

Bueno, pues dejaré abierto este episodio, por si le escucho alguna ocurrencia nueva o que yo la recuerde.


lunes, 4 de febrero de 2013

Bilbao



Érase un día de finales de enero de 1972 cuando una mañana temprano, conduciendo mi coche, un Renault modelo R-8, partía yo desde Sevilla camino de Bilbao, donde había de incorporame a mi nuevo puesto de trabajo en las oficinas centrales de S.A. Echevarría, según comentaba en el episodio anterior. Como en aquellos tiempos las carretras nacionales solo disponían de un carril para cada dirección, con la excepción de unos tramos de autovía a la salida de Sevilla y otros  más prolongados a la entrada y salida de Madrid, ciudad que había de cruzarse, por estar aún en construcción su primera ronda de circunvalación, (M-30), el viaje continuado hubiera resultado agotador y de muchas horas de duración,  por lo que hice un alto en el camino para pasar la noche, no recuerdo bien si en Aranjuez con mi hermano Quico o en Torrelaguna, con mi hermana Chari.

El día uno de febrero de ese año me presenté en mi nuevo destino laboral. La Oficina Central de la empresa, que ya conocía por tres estancias anteriores, la componía un importante edificio de siete plantas, situado en el mismo centro de la ciudad. S. A. Echevarría era en Bilbao una entidad emblemática y longeva, donde habían trabajado hasta abuelos de los trabajadores de entonces, por lo que representaba una gran familia de unos 5.500 empleados. Contaba entonces con tres amplísimas fábricas, una en la ciudad y las otras en municipios cercanos, donde se fabricaban una extensa gama de aceros especiales y productos afines. No negaré que en un principio tuve unos pasajeros problemas de "encaje", pero pronto superados, me identifiqué plenamente con mis compañeros,con el pueblo vasco en general y más concretamente con el bilbaino. Desde entonces comencé de nuevo a asistir al trabajo con ilusión. Por otra parte viajaba los fines de semana, por lo que llegué a conocer todo el país, sus bellos paisajes, las otras capitales y la mayoría de los pueblos. También todos los territorios próximos.

Después de más de cuatro años,me destinaron a la Oficina Central de Comercial de Aceros Heva, situada en la fábrica de Basauri, pueblo próximo a Bilbao. Esa empresa era filial de S.A. Echevarría (HEVA era también la marca de los aceros). No voy a aburrir con detallar mis funciones, solo diré que ante las dificultades empleaba el método  que me habían transmitido: Cortando cojones se aprende a capar, o sea, no arredrarse ante las dificultades. Con práctica y resolución éstas se superan. Claro, en esos casos no falta alguien que comente al igual que en la leyenda del huevo de Colón: Así lo hubiera hecho yo también. Para eso estaba la respuesta: Sí, vistos los cojones, macho. Lo cierto es que, en general, trabajábamos con decisión y eficacia.

Esa larga etapa fue importantisima en mi vida, por mi plena juventud ya madurada, por la experiencia laboral y humana y porque allí nacieron mis hijos, Fco. Javier y Rosa, de los que me siento orgulloso, supongo que como la mayoría de los padres. Cultivé con innumerables personas, el firme concepto que tiene el pueblo vasco de la amistad, (que también valoramos en otras latitudes); amistad que sigo manteniendo en algunos casos pero, como como es sabido, el tiempo y la distancia todo lo arrasa, pero su recuerdo siempre permanecerá en mi mente, como estoy seguro que ellos me recordarán a mi. Se suele decir: Cada uno cuenta la feria como le va.  Pues a mi me fue muy bien. Si no dijera esto me convertiría en un ingrato y es para mi la ingratitud, uno de los mayores defectos humanos.

Pero mira por dónde que, en una reestructuración de la plantilla de trabajadores quedó vacante el puesto de Delegado de Comercial de Aceros Heva para la zona Sur, que comprendía Andalucía y Extremadura. No es que yo tuviese apetencia por esa labor en sí, pues para mí no representaba un ascenso con relación a la que desempeñaba en Basauri, pero al fin y al cabo volvíamos cerca de mi natal Extremadura y de la familia en Sevilla, así que ese puesto ocuparía a partir del uno de setiembre de 1982. Dejaba atrás más de diez años de vida bilbaína que llegaría a los once con las anteriores estancias temporales. Tuve el honor de que, compañeros y amigos de distintos departamentos y de todos los niveles laborales, me ofrecieran cenas o comidas como homenaje de despedida, con sus correspondientes obsequios como se acostumbraba para esos y otros casos similares. Nunca lo olvidaré

P.D. Otra frase típica que escuchaba con frecuencia y que y que yo sigo empleando es: ¡Sí y después te despiertas con la mano en el orinal!, o la escupidera, como decimos en el sur. Es como una variante del cuento de la lechera, apropiada para aplicarla como respuesta a esas personas soñadoras, que te están contando unas pretensiones que no son más que ilusiones vanas.


miércoles, 23 de enero de 2013

Sevilla, 2


Tras la prolongada etapa marinera, volví a Sevilla cercana ya la Navidad de 1965, ciudad a la que acudía durante los permisos para convivir de nuevo con mi hermana Casi -ya con tres niños- (*), su marido y demás familiares ya referidos en el episodio Sevilla, 1. Todos ellos se habían desplazado a un piso de mayores dimensiones, pero alejado del centro de la ciudad, donde antes residían. Regresé más curtido y formado y con aspiraciones de conseguir un trabajo menos duro y mejor remunerado que los dos últimos que desempeñé. Una oficina estaría bien. Pero claro, al contrario que sucedía con mis compañeros que también optaron por dejar la Armada, especializados por ejemplo, en electrónica, y que con su gran experiencia eran demandados en el mercado laboral, mi caso era distinto porque, claro está, ¿para qué necesitaría una empresa civil a un especialista en artillería naval? Así que decidí combinar mis estudios en una academia con la ayuda que prestaba a mi cuñado en un pequeño negocio de ultramarinos del que era propietario.

En la España de mediados los años sesenta, una vez acomodada la emigración interior y casi finalizado el éxodo de quizá más de dos millones de personas a algunos países europeos, principalmente a Alemania, para los jóvenes dispuestos a encontrar un puesto de trabajo no era particularmente difícil conseguirlo, así que tras terminar los estudios de contabilidad en la academia, me coloqué en las oficinas de una empresa que comerciaba con repuestos para la automoción.

No llegaría a un año en ese trabajo cuando Luis, el joven residente en el domicilio familiar descrito en la entrada Sevilla-1, gestionó para que yo consiguiese un empleo en el banco donde él trabajaba, pero de forma indirecta terminé en la oficina de la Delegación que la empresa S. A. Echevarría (Aceros Heva), con sede en Bilbao, había inaugurado en Sevilla hacía escasos meses. Esto ocurría el 1 de abril de 1967 y desde ese  momento mi vida dio un espectacular giro favorable en el terreno personal, profesional y económico. Tuve un formidable maestro en el Delegado de entonces y algunos compañeros y compañeras muy competentes, los cuales me facilitaron conocimientos y la integración en la empresa.

A mediados de ese mismo año, a un grupo de jóvenes recién colocados en las distintas delegaciones establecidas en las principales capitales españolas nos enviaron a Bilbao. Allí nos impartieron un exhaustivo curso de formación tanto en técnicas de venta como de los productos fabricados: Aceros especiales. Tal vez por tradición, ya que mi padre fue herrero y vi de niño el trabajo con los hierros y aceros comunes, el caso es que, aunque se trataba por lo general de materiales más sofisticados, ese mundo me fascinó y estudié con empeño y cariño, base principal del aprendizaje, según creo.

Nos incorporamos a nuestros puestos de trabajo con entusiasmo y bien formados profesionalmente. Alcancé la meta ideal de cualquier trabajador, acudir cada día con ilusión a la labor. Disfrutaba con el desempeño de mi trabajo y me enriquecía con las múltiples relaciones humanas que éste me proporcionaba. Pero al cabo de casi cinco años me propusieron volver a Bilbao, no ya para realizar curso alguno, sino para incorporarme a las oficinas centrales de la empresa. Esto significaba un reto, pues regresar con el rabo entre las piernas hubiese significado un fracaso, pero por contra, si quería prosperar el objetivo era aquel donde estaba el grueso de una empresa con 5.500 empleados y tres importantes fábricas. Era joven, acepté el reto y acerté. Pero esta historia queda para la siguiente entrada.
(*) ¡Y por fin, años después, vino la tan deseada niña,(Eva) ! Casualmente acababa de regresar a Sevilla, de un trabajo temporal en nuestra oficina central en Bilbao, cuando me tocó hacer de "conductor-partero". Su padre comentaba siempre que, si era una niña, temía que naciera con la cara de un "cascabé pisao". Acertó en el sexo, pero no se cumplieron sus temores.

sábado, 12 de enero de 2013

La Marina, 2



No, no lo lamento y voy a incumplir mi propósito de dedicar una sola entrada a la Marina para no abrumar a quienes no tengan vivencias marineras o si las tuvieron, no las sintieron o simplemente no les guste el tema, pero al menos relataré, aunque sea de forma resumida, tres aspectos que considero peculiares de la Armada, de lo contrario me quedaría una "quemazón" interior que me duraría hasta que la Parca que corta el hilo de la vida, se le antoje usar las tijeras con el mío. Espero pasar desapercibido para ella unos cuantos años más.

COMIDA.- Ya comentaba en la entrada anterior que, en general, se comía bien teniendo en cuenta la época: Desde mediados de 1962 hasta finales de 1965. Y si la alimentación no era mala en las dependencias de tierra, aún era mejor en los buques de guerra, al menos en el mío y en los demás que conocía de la Base de Cartagena.
Lo curioso es que se acudía al comedor para el almuerzo y cena tras la llamada por altavoz: "¡Pasar por la línea! ¡Pasar por la línea!" Una vez allí, cogíamos una bandeja compartimentada de... ¡acero inoxidable! -algo raro entonces- el cubierto y el pan y la deslizábamos, uno tras otro, por una especie de pasarela mientras que los cocineros nos iban rellenando los huecos y ¡hala! a sentarnos a las mesas. En realidad era un sistema muy americanizado. Navegando, si la mar estaba un poco revuelta, había que ser precavido y sujetar la bandeja con una mano, de lo contrario podía caer el contenido encima de uno UNO y lo peor es que cayera encima de OTRO.

Después de las largas guardias navegando de noche, siempre nos podían servir en la cocina un tazón de sopas de ajo calentitas, en realidad un revuelto licuado de pan, ajo y huevo. No es que resultasen precisamente un manjar, pero para el frío y el agotamiento, resultaban reconfortantes.

Otra distinción más, es que a los marinos nos pagaban las llamadas RACIONES A PLATA, o lo que es lo mismo, después de un permiso, nos abonaban el valor diario de lo estipulado por persona para comida, multiplicado por los días de ausencia. Un dinerito extra que se daba en varias ocasiones al año. Creo recordar que nuestra paga ordinaria de cabos segundos especialistas era de 656 pesetas mensuales, incluida la prima de embarque, con lo que yo procuraba cubrir mis gastos personales sin recurrir en lo posible a la ayuda económica familiar
.
VESTUARIO.- Al contrario que en las otras Armas, en la Marina nos equipaban de un completo ajuar de uniformes y calzado para los dos años que entonces duraba el servicio militar obligatorio y éste quedaba en PROPIEDAD. Después algunas  prendas se podían acondicionar para uso particular, en especial el chaquetón marinero de color azul y botones de ancla, parecido a lo que en la vida civil llamaban "lobo marino". A los profesionales, nos entregaban nuevas prendas finalizados los dos primeros años. Para su transporte en permisos o traslados usábamos un gran saco de lona de color crudo, por lo que era típico en las bases navales y  en determinadas poblaciones de destino o tránsito, ver marineros caminando con ese bulto sobre el hombro. En primavera y verano se vestía de blanco y de azul en tiempo de frío. A bordo, como ropa de faena, usábamos un atuendo cómodo y "chulo", como se dice ahora: Una especie de botines hasta los tobillos, con piso de goma labrada como antideslizante, pantalón largo de color gris y un polo blanco de cuello redondo. Si hacía frío se añadía un jersey azul de lana con cuello de cisne. Íbamos descubiertos, salvo la  guardia de portalón en los puertos.

SOLEDAD.- Las noches de navegaciones de maniobras en alta mar, las largas horas de guardia arriba, en el Director de Tiro, junto a mi entrañable compañero, José Antonio Aliau, de San Carlos de la Rápita (Tarragona), el continuo murmullo  del agua surcada por el buque en su avance y el bramido del oleaje, a veces tan impetuoso, que rompía contra el casco inundando a ráfagas la cubierta, ha quedado grabado en mi mente para siempre. Pero sobre todo, la profunda sensación de SOLEDAD, atenuada por la visión lejana de alguna tenue luz en la superficie, que significaba compañía, que no estábamos solos en la tenebrosa inmensidad del océano. En algunos amaneceres, teníamos la compensación de contemplar la majestuosa belleza de la salida del sol y entonces... entonces todo comenzaba a renacer
.
Como homenaje a todos los hombres y mujeres de la mar, finalizo estos relatos dedicados a la Marina, con este enlace para poder escuchar: la SALVE MARINERA, entonada en actos solemnes y de forma particularmente emotiva algunos atardeceres, navegando y formados en la toldilla, (cubierta de popa).

P.D. No he conseguido enlace apropiado para visionar o escuchar una navegación nocturna con mar gruesa, o la Salve Marinera entonada a bordo.

miércoles, 2 de enero de 2013

La Marina



Bueno, pues atendiendo a esa llamada marinera que comentaba en la entrada anterior, ya estoy en el Cuartel de Instrución de Marinería (CIM) de San Fernando (Cádiz). Eso ocurría a principios de julio de 1962 y nos presentamos un numeroso grupo de chavales en torno a los dieciocho años, pues la edad mínima para el ingreso creo que eran los diecisiete. Se trataba de incorporarse a la Armada tras superar un examen previo de conocimientos no muy riguroso y otro de facultades físicas más exigente, como voluntarios a elegir después una especialidad. (No, no nos preguntaron si sabiamos nadar, para responder el clásico chiste: ¡Qué pasa! ¿No hay barcos?)

No tema el lector que lo vaya a abrumar y hacerlo desistir de seguir adelante, contando "batallitas" ni las novatadas de la "mili", aburridas por reiteradas. Voy a resumir mi largo paso por la Armada como profesional, etapa que para mí fue muy importante. En el CIM cumplimos el Periodo de Instrucción bajo una férrea disciplina y juramos bandera. A continuación viajamos por tren hasta el Ferrol (entonces del Caudillo) y nos incorporarnos al Buque Escuela Galatea, que estuvo en servicio para los Guardiamarinas hasta que se incorporó el J. S. Elcano, pasando entonces para entrenamiento de los suboficiales o aspirantes a serlo y finalizando sus navegaciones en 1959, quedando entonces atracado en el muelle del arsenal de esa ciudad. Allí cumplimos con el llamado Periodo de Ambientación hasta diciembre de ese año. Después de elegir especialidad, marchamos de permiso navideño para presentarnos luego a las diferentes escuelas de especialistas. Yo, siempre un poco aventurero, opté por Artillería Naval.

Solo voy a destacar la subida a los palos como típicas actividades marineras. En el CIM de San Fernando había un altísimo mástil fijado en la parte trasera del cuartel y nos hacían trepar descalzos por las jarcias y en fila de a uno, hasta llegar al arraigado (lo llamaría arriesgado), otra pequeña escala casi paralela al suelo, donde teníamos que ponernos como gatos panza arriba, para encaramarnos en la cofa, el lugar del serviola (vigía) y descender por otra jarcia opuesta. A pesar que había una red debajo, yo, más que vértigo, sentía miedo. En el Galatea era aún peor, pues como se puede apreciar en la foto de cabecera, después de trepar teniamos que caminar por las vergas y agarrados a un cabo (soga para entendernos, aunque este término en la Marina era sacrílego) a nuestra espalda, con los brazos extendidos y en un instante saludar militarmente y gritar ¡viva! no recuerdo a qué ni a quién y allí no había red debajo. Se llamaba Saludo a la Voz (qué manía la de la Marina con los putos "palitos". Dudaba si, por error, había ingresado en el circo). No presencié ningún accidente, pero me consta de uno ocurrido años atrás y que no sería el único. Hace poco me comentaba mi mujer que en una concentración de veleros en Cádiz, vió por televisión ese ejercicio, pero que los marineros se aseguraban con arneses. ¡Hombre...! Pero lo cierto es que está bien, pues esos alardes de temeridad no tenian sentido.

En enero de 1963 nos presentamos en la E.T.A.N. JANER de San Fernando (Escuela de Artillería) los diecisiete que elegimos esa profesión. Cursamos estudios durante seis meses como alumnos especialistas y otros seis como cabos segundos. Estudios muy completos desarrollados en un buen ambiente y donde aparte de las materias esfecíficas de la artillería también se incluian asignaturas tales como Geografía o Matemáticas. Después vendrían dos años de prácticas en buques de guerra. Yo estuve ese tiempo entre las fragatas rápidas Furor y Rayo, ambas de la misma serie, con base en Cartagena (bueno, fuimos a Ferrol con la Furor, que se quedó allí y volvimos con la Rayo, ya modernizada). La vida a bordo era dura a veces y otras no tanto. La superestructura, (parte visible de la nave) se está picando y pintando constantemente, pero los Especialistas nos librábamos en ocasiones de los trabajos más duros, con la excepción de un riguroso suboficial que no hacía distinciones y a todos nos hacía coger el cubo de pintura, la piqueta y la brocha y ¡hale! a la faena. Como no podíamos desobedecer órdenes, nos dio por decir en alta voz para que lo escuchara: "Señora, ¿que su hijo no caga?, no se preocupe usted, no lo tire, métalo en la Marina y se va a cagar hasta en su puta madre". En lugar de arrestarnos, parece que se apiadó y a un compañero y a mí nos mandó pintar las letras y números de las amuras, situados encima de una guindola (andamio) colgada desde la borda, al menos era una labor casi artística, de pincel y no de brocha gorda.

De las mútiples navegaciones, algunas muy duras, solo voy a seleccionar dos: No recuerdo con exactitud si fue en 1964 o al año siguiente, cuando atracamos en el puerto de Vinaroz, donde la alcaldesa nos entregó una bandera de combate (desde nuestra partida de Cartagena nos acompañaba otro buque, creo que era el destructor Liniers). Además, coincidía con la famosa Fiesta del Langostino de esa importante población. Todo fueron agasajos y atenciones. Maravilloso. El regreso lo hicimos costeando, haciendo escala en Castellón, bordeando el impresionante farallón del peñón de Ifach en Calpe y recalando en Alicante. Buena comida, como era habitual en los buques de guerra. Teníamos hasta máquina para hacernos helados de postre. Vamos, como si de un crucero se tratase.

A Casablanca sí es seguro que llegamos en el verano 1964 (*) junto al resto de la flota que venía de Canarias. Era y es una ciudad muy populosa y combinaba entonces la modernidad francesa, pues hasta hacía pocos años formaba parte de su protectorado marroquí, con el exotismo árabe. La numerosa colonia de españoles, muchos aún exiliados de la guerra civil, hasta se emocionaban y nos abrazaban por las calles y con sus hijas, de edad aproximada a la nuestra, nos prepararon divertidas fiestas. Cerca de los barcos veiamos extasiados a chicas jóvenes ¡en bikini! practicando esquí acuático, algo que no habíamos visto nunca en la realidad. Se comenta que en los ejércitos se añade bromuro en la comida para apagar la libido juvenil. ¡Mentira! o al menos el de mi barco era de muy baja calidad. Inolvidable viaje.

En diciembre de 1965, cuando iba a ascender a cabo primero, estuve sopesando continuar en la Armada pues, aunque dura, me gustaba esa vida en los barcos, con una disciplina relajada, pero quedaban años para acceder a los cursos de suboficial, era un cuerpo de grandes exigencias y preparación. Creo que debe ser así. Finalmente, depués de tres años, cinco meses y cinco días, según consta en mi historial militar, opté por retornar a la vida civil. Pero aún hoy, cuando veo a los marinos, los siento como algo propio. Tal vez, como dice Serrat en su poética canción "Mediterráneo", siga teniendo alma de marinero.

Añadiré una anécdota que me parece graciosa y es que, estando en la Escuela de Artillería en San Fernado, había allí un soboficial muy riguroso, por eso le teníamos un poco de inquina. Era algo cargado de espaldas y un compañero "cañaílla" (así llaman popularmente a los nativos de esa ciudad) que era vecino suyo, decía con su habitual gracejo, que no es que fuera ligeramente jorobado, sino que la culpa la tenía su mujer, que le colgaba la chaqueta en una tinaja.

(*)
Para asegurar el año de visita a Casablanca me baso en que , en 1964 estuvimos en Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife y en 1965 repetimos Las Palmas y después Puerto Rosario, en Fuerteventura. Curiosamente, en Tenerife nos programaron una visita al Valle de la Orotava, pero no pudimos acudir todos, entre ellos yo, por falta de plazas de transporte. Por el contrario, desde Casablanca, había que hacer un viaje a Rabat por asuntos protocolarios y de homenaje a la tumba de Mohamed V, abuelo del actual monarca marroquí y después ser invitados a una comida típica, pero parece que pocos fueron los que querían perderse uno de los tres días de atenciones particulares en esa ciudad. Así que nos formaron en las toldillas (cubierta de popa) y por el método electivo del: "Tú sí, tú no" se eligieron los "voluntarios". A mi me tocó el "no".

 

 

 

.

 

.