lunes, 26 de noviembre de 2012

Torrelaguna



Corría el año 1959 cuando mi hermana Chari con su niño de unos meses nacido en Aranjuez, se trasladó a vivir a Torrelaguna, siguiendo a su marido que había encontrado trabajo de conductor (también era un experto mecánico) de un camión para el acarreo de materiales para unas obras de ampliación que se estaban realizando entonces en el Canal de Isabel II que abastece de agua a Madrid. Torrelaguna es un pueblo situado hacia el norte de la comunidad madrileña y no muy lejos de la sierra. Como esa hermana se hizo la principal responsable de atenderme, pues yo aún contaba con 15 años, dejé el trabajo en la tienda de Aranjuez y me fui a vivir con ella, llegando a Torrelaguna a principios de septiembre del año citado.

Un tiempo depués encontré un nuevo empleo, esta vez de aprendiz de chapista, con dos profesionales que habían llegado de Madrid aprovechando el aumento temporal de la flota de vehículos. Pero cuando ya estaba haciendo mis "pinitos" con la soldadura autógena con bombonas de oxígeno y acetileno a presión (incluso conocí los antiguos gasogénos de carburo), mi aprendizaje quedó truncado por la inesperada desaparición de la escena de esos individuos, que no dejaron ni rastro. Resultaba gracioso ver por el pueblo algunos vehículos parcheados con las imprimaciones previas al pintado y a los dueños con un cabreo tremendo porque en algún caso hasta habían anticipado dinero. La "gracia" también me salpicaba a mí, que no cobré ni un duro después de varios meses de trabajo.

Durante una temporada de paro forzoso, yo acompañaba ocasionalmente a mi cuñado en sus viajes, más por entretenimiento que como ayudante, que tampoco era necesario. Pero terminadas las obras o reducidas a un mínimo de trabajo, él precisó un nuevo empleo que consiguió finalmente como conductor en La Quesera Torrelagunense, conocida popularmente en el pueblo como La Quesería. No tardé mucho en incorporame también a esa empresa, o sea, que ahora, para variar, me convertí en quesero.

Mi cuñado y yo salíamos de madrugada con el camión para ir recogiendo la leche de oveja entre los ganaderos de la comarca, por territorio de las provincias de Madrid y Guadalajara. Los inviernos en esas estepas castellanas son gélidos, por lo que pasabamos un frío tremendo, pero al cabo de un tiempo yo estaba integrado en la completa elaboración de los quesos y sus derivados. Se aprovechaba todo, hasta el suero final servía de alimentación a los cerdos de las dos familias propietarias que además eran ganaderos y agricultores y vivían en los laterales del edificio de la fábrica y disponían cada una de un extenso corral. Durante la larga temporada de fabricación, el trabajo era intensisímo y de muchas horas diarias y los empresarios trabajaban al unísono con los empleados, solo descansabamos las tardes de los domingos. Ignoro el índice de paro del pueblo, pero tenía que ser muy alto. ¡Coño, si todo el trabajo lo teníamos acaparado nosotros!

En verano, la actividad se reducía a producir los pocos quesos de algunas partidas de leche recogida por compromisos adquiridos y de esa elaboración me solía encargar yo. La primera vez, por impericia con el cuajo, me "cargué" unas veinte piezas que correspondían al total de la fabricación de la jornada. Pero no pasó nada, fueron "gajes del oficio" y, en adelante, todo me salió correctamente. Como empecé a trabajar siendo un adolescente de 16 años las familias propietarias me tenían mucho aprecio y yo también a ellas. Por el poco trabajo en esa época del año tenía tiempo libre, así que me empleaban como comodín, encargandome variadas y suaves tareas agrícolas. Allí pudo estar mi futuro laboral, pero a pesar de la constante atención de mi hermana Chari, por causas que no vienen al caso, determiné cambiar de aires y trasladarme a Sevilla para vivir con mi hermana menor. Mi Casi. Pero eso ya es otra historia.

Bueno, añadiré a modo de anécdota dos casos que me ocurrieron trabajando en La Quesería: Había dos ganaderos cercanos a Torrelaguna, uno en una finca llamada La Casa Oficios y otro en Redueña, un pueblecito próximo. La recogida de la leche en esos casos, si no le venía bien al camión, se hacía de forma particular. Una vez me enviaron a Redueña con un pequeño carro tirado por una mula, cuando en una cuesta abajo próxima a un puente, el animal cogió carrera y yo no supe dominar la situación, pues ya he dicho en otras ocasiones que yo era hijo de "artista" y no entendía nada de animales de tiro ni de campo. Salí indemne de forma sorprendente, pero con mucho miedo y dije que yo no era carrero en adelante. En otra ocasión regresaba de La Casa Oficios montado en un burro grande muy vivo, de color blancuzco, cuando de pronto el pollino de puso cachondo olfateando una burra que iba delante y se desbocó con la calentura sin que yo pudiera atajar su trote. Terminé descabalgado, maltrecho y rodeado de los cántaros abollados o con la leche derramada por las costuras de estaño despegadas. En adelante, las más de las veces, para este ocasional acarreo, cabalgaba yo en otro burro de caracteristicas opuestas: Era de color negro, pequeño, vago, lento, vamos un penco en toda regla, pero eso sí, seguro porque a aquel jumento no se le hubiese ocurrido, no ya trotar, siquiera aligerar el paso, ni por una burra propicia a mano.


Me quedó en el "tintero" contar que, en diciembre de 1959, fuimos en autobús gratuíto desde Torrelaguna a Madrid jovenes de ambos sexos y supongo que de todos los pueblos próximos a la capital, para figurar como espectadores en el Paseo de la Castellana, ante el recorrido en coche de Franco y Eisenhower, presidente de los Estados Unidos. Fue un hecho histórico y, simplemente, así lo expongo.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Aranjuez, 2



Con la entrada Aranjuez,1 finalizaron los relatos dedicados a mis vivencias infantiles, salvo que me haya quedado alguna anécdota en el "tintero" que considere interesante agregar, al menos para mis recuerdos y entretenimiento.

Regreso a esa población en el verano de 1958, donde continuaba mi hermano Quico y había llegado mi hermana Chari, cada uno ya casados, mi hermano incluso con una niña de apenas un añito. También estaba ya allí mi padre, mientras mi madre quedaba hospitalizada en Madrid, como era frecuente. Mi hermana menor, Casi, vivía en Sevilla y mi hermana Lelo, que como comenté en ocasión anterior, quedó en el pueblo para la eternidad en plena juventud. Es notorio que ya no antepongo el posesivo MI directamente ante el nombre de los hermanos y otros seres queridos como era lo habitual en Extremadura, no porque ya no sintiera así, sino para sintonizar con el habla de la zona. En una ocasión que dije a un amigo: "¡Mira, por ahí pasa tu Chari!", me contestó: "¿Mi Chari?, será mi hermana Chari". Bueno, es cuestión de narrativa, en este aspecto sigo pensando como en mi infancia extremeña.

Con ese viaje, me sumo ya definitivamente a la segunda fase de la emigración, al éxodo extremeño, originado por motivos económicos y cierto trasfondo político, precedido unos años por la colonización del Plan Badajoz, donde dieron vivienda y parcela a algunas familias campesinas y continuado a principios de los años sesenta por la demanda de mano de obra, incluso sin cualificar, por parte de algunos paises europeos del entorno, principalmente Alemania. En consecuencia, el número de habitantes del pueblo y de Extremadura en general quedó reducido de forma muy considerable.

Desde febrero hasta agosto de 1959 me incorporé al mundo laboral, trabajé en una importante tienda, Ultramarinos Tejedor, donde incluso me dieron de alta en la Seguridad Social de entonces. Después de los descuentos, me quedaban unos ingresos netos de 217,43 pesetas mensuales y una paga extra en julio de 108,72 pts., según consta en las nóminas que aún conservo. En realidad, ya había trabajado en Campillo desde los 13 años en un comercio de tejidos, donde fui tratado como un miembro más de la familia. Pero como contraste y costumbre, allí, y creo que en toda la zona, consideraban que un aprendiz cobraba solo con eso, con el aprendizaje de un oficio. Curiosamente los niños que trabajaban en el campo por cuenta ajena percibían una paga, aunque escasa, o al menos la manutención de la jornada.

Aún así, me podía considerar afortunado, pues los hijos de los campesinos asalariados o poco hacendados, se incorporaban al trabajo a edad más temprana y abandonaban la escuela, al menos de forma regular. Era necesario para la economía familiar. Ignoro la existencia de leyes sobre la edad mínima para el trabajo infantil, pero de existir, éstas se infringían de forma regular. Mi caso fue como el de otros muchos de la España de entonces, todavía con secuelas de la pasada y cruenta Guerra Civil, o sea, el de un estudiante frustado, pues la enseñanza media y sobre todo la superior, era un privilegio que solo se podían permitir las clases acomodadas, máxime si para cursar esos estudios tenías que trasladarte y vivir en las ciudades que contaban con universidades. La excepción la constituían algunos mecenazgos o casos de pérdidas de vocación tras el paso por el Seminario. Así que conmigo "murió" un estudiante vocacional, pero vivió un constante lector desde la infancia.

Pero bien, yo era feliz en mi tienda de Aranjuez y durante los fines de semana deseaba que llegara el lunes para ponerme detrás del mostrador a despachar. Me sentía importante. Por pura casualidad allí trabajaba uno de mis escasos amigos (me sentía un poco desarraigado), a quien curiosamente conocía desde mi primera estancia en 1955. Ese chaval, Félix, a quien no he visto desde entonces, era de mi misma edad, pero ya mucho más desenvuelto que yo en amores y amoríos. Nos juntabamos mucho, siempre estaba de buen humor y con su eterna cantinela:

Tu madre me ha dicho feo,

tu madre me ha dicho feo,

otra vez que me lo diga,

saco la picha y la meo.

También, empleando el tonillo de la "Polka del Barril de Cerveza", canturreaba repetidamente:

Estoy loco,

estoy loco,

estoy loco de contento,

tengo pelos en el "jeve"

y de noche me los cuento,

tengo más de ciento nueve.

No he conseguido averiguar a que se refería con eso del "jeve", ni sé si se escribe con be o con uve. Me imagino algo de las "partes bajas" o , lo más posible, una palabra inventada para la rima con nueve. Lo cierto es que esas letrillas verderonas y picarescas, aprendidas en la infancia o adolescencia, quedan grabadas en la mente de por vida.

Se me olvidaba y aunque sea como apostilla, añadiré que en 1958 vi por algunas calles de Aranjuez a Vicente Parra y Paquita Rico paseando en carroza, rodando parte de la película: "¿Dónde vas, Alfonso XII?"

lunes, 5 de noviembre de 2012

Aranjuez, 1



Como ya anticipaba en la entrada del pasado 5 de agosto, titulada "El arroyo", estuve una temporada en Aranjuez al amparo de mi hermano Quico y con unos familiares por parte materna. Esto ocurría entre finales del invierno y principios del verano de 1955, o sea, durante algo más de cuatro meses. No recuerdo con precisión las fechas.

Tan a su amparo estaba, que una tarde que se me rompió una sandalia me acerqué al taller donde trabajaba y lo localicé haciendo una reparación bajo un pequeño camión, le expliqué la situación y que yo no me iba de allí hasta que me comprara unas sandalias nuevas, porque los niños se reían de mí. Su lógica respuesta, aunque yo entonces no lo entendiera así fue: ¡Niñooo, me quieres dejar hasta que termine de trabajar y luego te las comproo!. Yo, empecinado en mi postura, no me avenía a razones y no paraba de insistir, pero al final no tuve más remedio que esperar al final de la jornada para que me las comprase. Esta sería una escena clásica del cine neorrealista italiano que tanto me gusta, pero que en aquella ocasión no era neorrealismo, sino , simplemente realismo. Pobre hermano mio, que tardecita le hice pasar.

Esos familiares a los que me refería al principio de la narración eran una tía de mi madre y sus siete hijos, tres varones y cuatro hembras, todos ya casados excepto las dos menores, así que en ausencia de mi hermano durante la jornada laboral, yo recorría sus casas donde me trataban con cariño, salíamos a veces a pasear e incluso acompañé en varias ocasiones a una de las solteras a la recogida de fresas en los campos propiedad también de otro familiar. Yo en realidad me lo tomaba como una jira campestre, correteaba por el entorno y no paraba de comer fresones recién cortados de la mata, más grandes y dulces para el paladar de un niño que las fresas, aunque éstas tenían un precio sensiblemente superior. (Actualmente solo se ven fresones en el mercado, aunque erróneamente los llamen fresas). Pero a pesar de las atenciones, de la frondosidad y belleza de los jardines por donde paseabamos y el caudal del río Tajo, mi mente infantil añoraba "mi arroyo", los campos de olivos, las extensas dehesas (decíamos jesas) extremeñas por donde correteaba, los frecuentes planeos de los buitres sobre el pueblo y más que nada, a mis amigos.

Para no perder el contacto con el pueblo mantenía correspondencia con un primo y amigo, metía las cartas en unos pequeños sobres azules muy baratos que había entonces y le pegaba un sello de Franco. Especifico de Franco porque no hacía mucho tiempo que el cartero me entregó una carta en la puerta de mi casa en Campillo, posiblemente de mi hermano y comprobé sorprendido que el personaje que venía en el sello no era Franco como siempre, sino otro, no recuerdo quién y entré gritando: ¡Mirad, hoy no viene Franco en el sello, viene el Gobierno!. Pensaba yo que el Gobierno al que se referían los mayores era una persona en concreto, pero ya en Aranjuez sabía que el Gobierno era los ministros y otros hombres que mandaban mucho, sí, pero que Franco mandaba más que todos ellos juntos.

¡Qué diera por conservar aquella correspondencia aunque ahora su lectura me hiciera brotar las lágrimas!, por aquello de que traer tiempos pasados a la memoria dan más pena que gloria. Pero aún quedan en mi mente dos noticias de las que intercambiabamos, a saber: Yo le comentaba a mi primo que en Aranjuez, los aparatos, como llamabamos en el pueblo a los aviones, pasaban tan bajos que se veían hasta los pilotos. En realidad los confundía con las avionetas que sobrevolaban ocasionalmente la ciudad. Mi primo me escribió una vez muy contento diciendome que le habían regalado como una pluma, a la que se achuchaba arriba y salía una punta con una bolita que escribía muy bien y ya no necesitaba el tintero. Describía los primeros bolígrafos que veíamos y, en realidad, esto no resultaba tan extraño habida cuenta que se trataba de un invento extrajero reciente, solo de la década anterior y que tardaron unos años en popularizarse.

Por fin regreso al pueblo y además en verano con todo el tiempo libre para mis juegos y correrías, pero mira por dónde, al principio serví de burlas y risas a mis amigos, porque por lo visto, con esa rápida asimilación de los niños, yo venía muy finolis, pronunciaba las esesss del final de las palabras y la jota muy sonora en vez de la hache aspirada extremeña. Pero fue un tiempo efímero, en breve recuperé mi propio acento y todo volvió a la normalidad.

sábado, 27 de octubre de 2012

El fabulador del pueblo



Las tertulias familiares en las puertas de las casas y sus proximidades para tomar el ¿fresco? en los anocheceres de los calurosos días del verano, así como el interior de los talleres de los carpinteros y las fraguas de los herreros, durante las horas de faena de los días de lluvias torrenciales, cuando algunos campesinos quedaban ociosos al no poder acudir a los campos, eran los escenarios más apropiados y el caldo de cultivo idóneo, por las atención necesaria, para que los "fabuladores" dieran rienda suelta a la imaginación para su deleite y el disfrute de los contertulios.

Frente a la fragua de mi padre, próxima al domicilio familiar, solía haber una tertulia de hombres las noches veraniegas. Éstos aprovechaban para su acomodo algún carro estacionado o en espera de reparación. Entretanto los niños correteabamos y jugabamos por los alrededores hasta altas horas de la noche. Amparándose en la oscuridad, por la escasa iluminación del pueblo y conocedores de que algún hombre, para su mayor comodidad, terminaría agarrandose a los salientes de los yugos de hierro, algún niño atrevido untaba esa parte con la grasa del eje. Cuando alguien se impregnaba las manos con esa masa ya viscosa y enengrecida por el rodaje y muy difícil de quitar, los gritos y juramentos se perdían a lo lejos. Lo más suave que se podía escuchar era: Niñooooo, hijo de la gran putaaaaa. Grito que acrecentaba el disfrute del autor de la "facatúa" y de sus cómplices. Pero si en algún caso el causante era sorprendido, soportaba el castigo o reprimenda con estoicismo, pues era rarísimo que por entonces, un niño replicase a una persona mayor, aun cuando no fuera de su familia.

Esa reunión nocturna era frecuentada por el Tío Cano, buena persona, pero con fama de llevar la palma de los "fabuladores" del pueblo. (Los adultos se referían a él como el mayor mentiroso, así, sin más. Ellos sabrían). Después de tantos años solo persisten en mi memoria tres de las patrañas que le atribuían y divulgaban. A saber:

En una cacería recogieron a una perdiz a la que habían arrancado el pico con un tiro de refilón y nada, le injertaron otro de goma y el animal suguía comiendo, bebiendo y picoteando con toda normalidad. Para que vean los implantes que ya se practicaban en Extremadura años antes de nacer el "Doctor Milagro", el justamente afamado y admirable cirujano plástico de Valencia, Dr. Cavadas. ¡Manda huevos!.

Su "Amo", como así llamaban algunos campesinos a los propietarios de las fincas donde trabajaban, tenía un caballo percherón con unos cascos enormes, tan grandes, que en una ocasíon puso uno encima de una gallina que estaba incubando y el ave salió indemne del cobijo forzoso que le proporcionó el hueco de tan descomunal pezuña. ¡Venga yaaaa!

En una ocasión salió del pueblo antes de clarear el día (hora habitual de partida de los gañanes) con la yunta de mulas y los aperos de labranza y cuando llega a los campos de labor y va a comenzar la faena se da cuenta que ha olvidado los avíos de fumar. ¡Vaya día que me espera, pensaba!. Pero nada, a medida que avanzaba surcando la tierra se fue encontrando una petaca con tabaco, un librito de papel y un mechero. Supongo que el mechero sería de aquellos corrientes de mecha y yesca y no de oro. ¿Será cierta esa creencia popular de que hay días aciagos en los que lo mejor hubiera sido no levantarse y otros en los que todo te sale a "pedir de boca", como le ocurrió al Tío Cano aquella jornada.?

Hubo un tiempo en que pensé que estos personajes, admirables por su capacidad de inventiva, se habían extinguido con la llegada de los modernos medios de comunicación y entretenimiento, pero ¡que va!, aun perviven afortunadamente y además con futuro, lo sé porque conozco al menos dos de ellos a través de mis hijos, quienes en una ocasión me vinieron diciendo que uno de esos dos amigos suyos les había contado que un día buscando espárragos silvestres en el campo se había caído en una sima y que pudo salir trepando por un espigado ejemplar que crecía desde el fondo. Hombreee, tal vez el chaval tomó por espárrago a un palo de la luz.

Como parece ser que estos "cuentistas" acaban por creerse sus propias historias a fuerza de repetirlas, había en mi pueblo un antiguo herrero muy querido por mí, que había trabajado incluso con mi padre y que en este tipo de charlas tomó la táctica de dar a su gorra (boina) un giro de ciento ochenta grados desde la frente hacía atrás, para recordarse a si mismo de que se trataba de una patraña y no terminase creyendo lo que escuchaba. Sabia decisión que he pensado en personalizar y poner en práctica llegado el caso, por ejemplo cruzando la mano diestra al pecho al estilo de Napoleón.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El tonto del pueblo



Siempre me ha resultado curiosa la referencia popular al Tonto del Pueblo, así en singular, cuando supongo que el número de éstos es proporcional a los habitantes de una población. Que yo recuerde, a Campillo, con unos 5.000 vecinos le correspondieron nueve o diez tontos, algunos muy graciosos. Pero de ellos sí que era UNO el más emblemático y participativo en los acontecimientos populares. Entonces, posiblemente, a ese tipo de personajes alude el dicho generalizado.

El tonto de mi pueblo se llamaba Alonso, quién, sin ser mariquita, acudia a todas las misas, especialmente a la mayor del domingo por la mañana, ataviado con el velo preceptivo para las mujeres y, a falta de éste, con un pañuelo anudado bajo la barbilla al estilo femenino. También llevaba otro pañuelo para limpiarse la baba, pero resultaba insuficiente, pues ésta le fluía y fluía. Era un caudal continuo.

Es curioso que estos personajes siempre esten presentes en los ritos religiosos como misas, predicaciones y procesiones, o bien en los actos luctuosos tal que pésames, velatorios y entierros, mientras que por contra y en general, son poco amigos de los acontecimientos de regocijo.

Como yo me marché siendo un adolescente, para dar más contenido a este relato me veo obligado a tirar de carrete y situarme en tiempos no tan lejanos y así, sin salirme de mi pueblo, poder añadir otro de estos casos que viví en mis espaciadas visitas.

Me refiero ahora a Pepillo, a quien un familiar mío que trabajaba en los servicios jurídicos del Ayuntamiendo había nombrado POLICÍA del pueblo, cargo que tomaba con toda seriedad y celo. Mi familiar se reservó el puesto de "JEFE GORDO DE POLICIA". Conocedor yo de la situación, cuando me acercaba con el coche por las inmediaciones de la casa de Pepillo, donde éste solía estar, le pedía permiso para aparcar y siempre me respondía: "Tú puedes aparcar donde quieras", privilegio fruto de nuestro antiguo y mutuo conocimiento, pues incluso asistió ocasionalmente a la escuela conmigo, pero a distinta clase. Le daba las gracias muy efusivamente, pero seguía mi camino puesto que aquella no era zona de estacionamientos.

En una ocasión, "EL JEFE GORDO" me invitó a que lo acompañara ya que era lunes, justo el día que Pepillo le daba los partes de denuncias por las incidencias ocurridas en el pueblo durante el fin de semana. Lo localizamos, como era lo habitual, en las inmediaciones de su casa. Yo me retiré discretamente, a una distancia que pudiera oír pero no ver las denuncias, advertido como estaba de que se trataban de simples papeles garabateados, por lo que hubiera dejado al policía en evidencia por no saber escribir. Ese día solo se dieron dos casos punibles.

Como los papeles eran ilegibles, el Jefe siempre se veía obligado a preguntar de quién se trataba y qué falta había cometido. En el primer caso, Pepillo, después de aclararle quién era, añadió que el domingo lo "pilló" hablando en misa y le dijo: "¡Mañana te vas a enterar!", y decía esto acompañandose con la gesticulación correspodiente. "Ah, pues has hecho muy bien, hablar en misa es un pecao mu gordo y le voy a poner una buena multa". Al escuchar la segunda acusación el Jefe se hizo el sorprendido diciendo, que qué había hecho aquél con lo buena persona que era. Pepillo replicó: "Sí, pero lo escuché tirarse un peo mu fuerte en las Cuatrosquinas" (las Cuatro Esquinas es el centro tradicional del pueblo). El Jefe le respondió que estaba muy feo y asqueroso eso de peerse en la calle de forma sonora y mucho menos en el centro, que esas cosas se hacían en el cuarto de baño o en el corral de cada uno y que también le iba a meter un buen "paquete". Una vez terminados los formularios, el Jefe felicitó a Pepillo por su labor, quien quedó lleno de gozo, se despidieron respetuosamente y seguidamente nos marchamos.

Comprendo que quién haya leído lo escrito hasta ahora pueda interpretar que se trata de una burla hacia aquellos seres a quienes la Naturaleza "obsequió" con una minusvalía psíquica, pero puedo asegurar lo contrario. En las contadas ocasiones en que he mantenido esas relaciones, han sido alentadas por ellos, a quienes siempre he tratado con el máximo respeto. Me he reído sí, pero CON ellos ¡JAMÁS! DE ellos y en todo caso les he profesado un verdadero afecto. Es más, en alguna ocasión, escuchando su mundo de fantasías, me han hecho pensar: ¡Pero si este cabronazo es más feliz que yo!

 

 

 

lunes, 8 de octubre de 2012

Mi Quico



Cuando estalló la Guerra Civil en 1936, mi padre, quien ya era mayor para ser reclutado para el frente de batalla y que ya un tiro le había atravesado un brazo por su participación en la llamada Guerra de Melilla tras el Desastre de Annual, se marchó del pueblo a la llamada "zona roja" antes de la llegada de las llamadas tropas nacionales, por los comentarios de represalias que éstas aplicaban sobre quienes hubieran votado a algún partido considerado de izquierdas. Creo que estuvo por la provincia de Ciudad Real, pero en nada se significó ni participó en acciones combativas. De hecho, a su regreso, nunca fue molestado.

Cuando se acabaron los recursos económicos, mi madre se marchó a Llerena al amparo de un hermano suyo, ya casado y con hijos y bien situado económicamente, llevando consigo a mis tres hermanas, la más pequeña apenas rebasaba el año de edad. Mi Quico, mi hermano mayor, quien contaba con unos diez años, quedó en Campillo bajo la tutela de una tía por parte de mi padre. Yo no había nacido aún, lo lógico es que me hubiera presentado en este mundo a los nueve meses siguientes al supuesto encuentro fogoso de mis padres, después de la larga y forzada separacíón durante el conflicto, pero no, no fue así, me "nacieron" varios años después y aún me sigo preguntando: ¿Para qué?

El humorista Chumy Chumez, quien también vivió de niño aquel trágico período, publicó un libro titulado: "Yo fui feliz en la guerra", algo que afirmaba  de viva voz. Curiosamente mi hermano contaba lo mismo. Aunque parezca paradójico y sorprendente: Qué escenario de mayor disfrute para un niño como en su caso, que vivir en el ambiente bélico de un pueblo no muy lejano a un frente de combate, exento de escuela, al menos de forma regular y dejado todo el día prácticamente a su libre albedrío, puesto que los mayores sí vivían preocupados y amedrentados continuamente por la tragedia que les rodeaba. Me contaba muchas historias y yo gozaba escuchándole cuando niño.

Formó una jauría con perros abandonados por familias huidas y los sacaba a pasear por el pueblo con latas vacias de conservas, con agujeros en el extremo, metidas en el hocico y amarradas en forma de bozal. Cuando le preguntaban por qué hacía aquello respondía: Pa que no coman a dezhoras (ceceaba de pequeño). Supongo que "a sus horas" no tendrían otro menú que mendrugos de pan con agua.

También llegó a tener un palomar y para embellecer los pichones ya a punto de volar, les pintó las alas con pintura de distintos colores. Como es de suponer, las mismas les quedaron pegadas y los convirtió en "pollos"que solo podían corretear por el suelo. Buenos tiempos para que terminaran en la cazuela.

El Frente a que me refería anteriormente se situaba en la Sierra de los Argallanes (popularmente Argallenes), a unos veinte kilómetros del pueblo. Frente inactivo en largos períodos de la guerra, por lo que en ocasiones mi hermano marchaba en camiones con los soldados de intendencia o tal vez algún relevo. Estos relatos eran los que más despertaban mi fantasía infantil. Qué envidia sentía y cuánto hubiera disfrutado yo de haber vivido aquella experiencia.

Uno de los momentos en que se produjeron violentos combates fue durante el verano de 1937, interviniendo por el bando franquista la I Brigada Mixta, Flechas Azules (Frecce Azzurre), compuesta por tropas españolas e italianas. Como Campillo se hallaba en zona nacional, construyeron un cementerio en sus proximidades, conocido desde entonces como CEMENTERIO DE LOS ITALIANOS, para dar sepultura a los caídos de ese bando. En realidad no fueron muchos los italianos, aun cuando el recinto tomó su nombre. Además, aunque allí siguen sus cruces de hierro identificativas, en la postguerra exhumaron sus restos que fueron trasladados y centralizados en un cementerio de Zaragoza.

La otra ocasión en que tuvieron lugar duros enfrentamientos fue desde el 5 de enero de 1939, con una duración inferior a un mes y como consecuencia del llamado Plan P, proyectado por el general republicano Vicente Rojo, entrando en acción todo el frente de Extremadura y Córdoba, como últimos coletazos ofensivos de la República. Es entonces cuando fue necesario ampliar el cementerio y cuando mi hermano me contaba que una tarde estaba allí entretenido en ayudar mojando ladrillos a un albañil llamado El Choncho, quien estaba construyendo nichos. Alineados a su alrededor había cadáveres de soldados envueltos en mantas esperando ser enterrados. Les habían colocado una botella vacía entre las piernas, con un papel en su interior con sus datos personales y tapada con un tapón de corcho. Como en invierno anochece muy temprano, a mi hermano le fue entrando mucho miedo y sin previo aviso salió corriendo para el pueblo y allí quedó al Choncho con "sus muertos".

En realidad corresponderían a mi hermano estos relatos, pero como , desgraciadamente falleció hace años (que la tierra le sea leve), he considerado oportuno recoger el testigo para que estas vivencias no queden en el olvido. Por mi parte he de añadir que desde que las escuchaba me fui convirtiendo en un entusiasta estudioso de la Guerra Civil, pero siempre desde un punto de vista histórico. Algo que creo positivo por el pensamiento aquel de: Pueblo que olvida su Historia está condenado a repetirla.


martes, 25 de septiembre de 2012

El palomar



Comentaba en el CUARTEL 2 que, como excepción, me salía de la línea ahora dedicada a anécdotas infantiles principalmente, pero mira por dónde he recordado otro caso que tenía en la recámara y que considero necesario relatar.

La torre de la iglesia de mi pueblo se terminó de construir en la primera mitad de siglo XVI, aunque no creo que pueda definirse con un estílo arquitectónico en concreto, pienso que es parecido al mudéjar, sobre todo por el material empleado en su construcción: El ladrillo rojo macizo.

El edificio estaba en general deteriorado por el paso de los siglos, principalmente la parte superior, por lo que llegaron a un acuerdo con la D. G. de Regiones Devastadas y Reparaciones para su restauracíon, organismo estatal que realizó la obra en 1955.

Ignoro de dónde partirían las directrices, pero lo cierto que en vez de construir en armonía con el conjunto del edificio, lo que realmente levantaron en la cima fue "un palomar", como se llamó popularmente a ese añadido y creo que acertadamente, pues tal semeja, como puede apreciarse en la foto de cabecera. Es más, por sus paredes blancas y su tejadillo de teja árabe, a mí también me parece que lo que colocaron en lo alto fue un cortijino.

Comprendo que el actual estado de la torre le resulte familiar y hasta bonito a las nuevas generaciones, acostumbradas ya a esa visión, pero para quienes conocimos el anterior remate y además vamos poco por el pueblo, al menos en mi caso, el conjunto resulta como un insulto a la vista, un atentado a la Arquitectura.

Pero hubo otro atentado aún más grave, éste contra la Naturaleza. No se les ocurre otra cosa que, para iniciar la obra, arrojar al suelo los nidos de las cigüeñas, con las crías ya crecidas pero sin capacidad de vuelo aún. No recuerdo por quién, pero hasta a mí llegó un cigüeñino que intené criar alimentándolo con renacuajos, pero porque no estuviera bien o por mi falta de pericia, el animalito se me murió. ¡Qué pena!.

Quien estaba entonces en el pueblo de Comandante de Puesto de la Guardia Civil me comentó hace años que se aplicaron al responsable o responsables de tal acción contra la naturaleza las medidas punibles que entonces pudieron, pero no recuerdo bien sus palabras y después de 57 años no voy a perder el tiempo en averiguaciones que ya de nada servirían.