sábado, 12 de enero de 2013

La Marina, 2



No, no lo lamento y voy a incumplir mi propósito de dedicar una sola entrada a la Marina para no abrumar a quienes no tengan vivencias marineras o si las tuvieron, no las sintieron o simplemente no les guste el tema, pero al menos relataré, aunque sea de forma resumida, tres aspectos que considero peculiares de la Armada, de lo contrario me quedaría una "quemazón" interior que me duraría hasta que la Parca que corta el hilo de la vida, se le antoje usar las tijeras con el mío. Espero pasar desapercibido para ella unos cuantos años más.

COMIDA.- Ya comentaba en la entrada anterior que, en general, se comía bien teniendo en cuenta la época: Desde mediados de 1962 hasta finales de 1965. Y si la alimentación no era mala en las dependencias de tierra, aún era mejor en los buques de guerra, al menos en el mío y en los demás que conocía de la Base de Cartagena.
Lo curioso es que se acudía al comedor para el almuerzo y cena tras la llamada por altavoz: "¡Pasar por la línea! ¡Pasar por la línea!" Una vez allí, cogíamos una bandeja compartimentada de... ¡acero inoxidable! -algo raro entonces- el cubierto y el pan y la deslizábamos, uno tras otro, por una especie de pasarela mientras que los cocineros nos iban rellenando los huecos y ¡hala! a sentarnos a las mesas. En realidad era un sistema muy americanizado. Navegando, si la mar estaba un poco revuelta, había que ser precavido y sujetar la bandeja con una mano, de lo contrario podía caer el contenido encima de uno UNO y lo peor es que cayera encima de OTRO.

Después de las largas guardias navegando de noche, siempre nos podían servir en la cocina un tazón de sopas de ajo calentitas, en realidad un revuelto licuado de pan, ajo y huevo. No es que resultasen precisamente un manjar, pero para el frío y el agotamiento, resultaban reconfortantes.

Otra distinción más, es que a los marinos nos pagaban las llamadas RACIONES A PLATA, o lo que es lo mismo, después de un permiso, nos abonaban el valor diario de lo estipulado por persona para comida, multiplicado por los días de ausencia. Un dinerito extra que se daba en varias ocasiones al año. Creo recordar que nuestra paga ordinaria de cabos segundos especialistas era de 656 pesetas mensuales, incluida la prima de embarque, con lo que yo procuraba cubrir mis gastos personales sin recurrir en lo posible a la ayuda económica familiar
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VESTUARIO.- Al contrario que en las otras Armas, en la Marina nos equipaban de un completo ajuar de uniformes y calzado para los dos años que entonces duraba el servicio militar obligatorio y éste quedaba en PROPIEDAD. Después algunas  prendas se podían acondicionar para uso particular, en especial el chaquetón marinero de color azul y botones de ancla, parecido a lo que en la vida civil llamaban "lobo marino". A los profesionales, nos entregaban nuevas prendas finalizados los dos primeros años. Para su transporte en permisos o traslados usábamos un gran saco de lona de color crudo, por lo que era típico en las bases navales y  en determinadas poblaciones de destino o tránsito, ver marineros caminando con ese bulto sobre el hombro. En primavera y verano se vestía de blanco y de azul en tiempo de frío. A bordo, como ropa de faena, usábamos un atuendo cómodo y "chulo", como se dice ahora: Una especie de botines hasta los tobillos, con piso de goma labrada como antideslizante, pantalón largo de color gris y un polo blanco de cuello redondo. Si hacía frío se añadía un jersey azul de lana con cuello de cisne. Íbamos descubiertos, salvo la  guardia de portalón en los puertos.

SOLEDAD.- Las noches de navegaciones de maniobras en alta mar, las largas horas de guardia arriba, en el Director de Tiro, junto a mi entrañable compañero, José Antonio Aliau, de San Carlos de la Rápita (Tarragona), el continuo murmullo  del agua surcada por el buque en su avance y el bramido del oleaje, a veces tan impetuoso, que rompía contra el casco inundando a ráfagas la cubierta, ha quedado grabado en mi mente para siempre. Pero sobre todo, la profunda sensación de SOLEDAD, atenuada por la visión lejana de alguna tenue luz en la superficie, que significaba compañía, que no estábamos solos en la tenebrosa inmensidad del océano. En algunos amaneceres, teníamos la compensación de contemplar la majestuosa belleza de la salida del sol y entonces... entonces todo comenzaba a renacer
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Como homenaje a todos los hombres y mujeres de la mar, finalizo estos relatos dedicados a la Marina, con este enlace para poder escuchar: la SALVE MARINERA, entonada en actos solemnes y de forma particularmente emotiva algunos atardeceres, navegando y formados en la toldilla, (cubierta de popa).

P.D. No he conseguido enlace apropiado para visionar o escuchar una navegación nocturna con mar gruesa, o la Salve Marinera entonada a bordo.

miércoles, 2 de enero de 2013

La Marina



Bueno, pues atendiendo a esa llamada marinera que comentaba en la entrada anterior, ya estoy en el Cuartel de Instrución de Marinería (CIM) de San Fernando (Cádiz). Eso ocurría a principios de julio de 1962 y nos presentamos un numeroso grupo de chavales en torno a los dieciocho años, pues la edad mínima para el ingreso creo que eran los diecisiete. Se trataba de incorporarse a la Armada tras superar un examen previo de conocimientos no muy riguroso y otro de facultades físicas más exigente, como voluntarios a elegir después una especialidad. (No, no nos preguntaron si sabiamos nadar, para responder el clásico chiste: ¡Qué pasa! ¿No hay barcos?)

No tema el lector que lo vaya a abrumar y hacerlo desistir de seguir adelante, contando "batallitas" ni las novatadas de la "mili", aburridas por reiteradas. Voy a resumir mi largo paso por la Armada como profesional, etapa que para mí fue muy importante. En el CIM cumplimos el Periodo de Instrucción bajo una férrea disciplina y juramos bandera. A continuación viajamos por tren hasta el Ferrol (entonces del Caudillo) y nos incorporarnos al Buque Escuela Galatea, que estuvo en servicio para los Guardiamarinas hasta que se incorporó el J. S. Elcano, pasando entonces para entrenamiento de los suboficiales o aspirantes a serlo y finalizando sus navegaciones en 1959, quedando entonces atracado en el muelle del arsenal de esa ciudad. Allí cumplimos con el llamado Periodo de Ambientación hasta diciembre de ese año. Después de elegir especialidad, marchamos de permiso navideño para presentarnos luego a las diferentes escuelas de especialistas. Yo, siempre un poco aventurero, opté por Artillería Naval.

Solo voy a destacar la subida a los palos como típicas actividades marineras. En el CIM de San Fernando había un altísimo mástil fijado en la parte trasera del cuartel y nos hacían trepar descalzos por las jarcias y en fila de a uno, hasta llegar al arraigado (lo llamaría arriesgado), otra pequeña escala casi paralela al suelo, donde teníamos que ponernos como gatos panza arriba, para encaramarnos en la cofa, el lugar del serviola (vigía) y descender por otra jarcia opuesta. A pesar que había una red debajo, yo, más que vértigo, sentía miedo. En el Galatea era aún peor, pues como se puede apreciar en la foto de cabecera, después de trepar teniamos que caminar por las vergas y agarrados a un cabo (soga para entendernos, aunque este término en la Marina era sacrílego) a nuestra espalda, con los brazos extendidos y en un instante saludar militarmente y gritar ¡viva! no recuerdo a qué ni a quién y allí no había red debajo. Se llamaba Saludo a la Voz (qué manía la de la Marina con los putos "palitos". Dudaba si, por error, había ingresado en el circo). No presencié ningún accidente, pero me consta de uno ocurrido años atrás y que no sería el único. Hace poco me comentaba mi mujer que en una concentración de veleros en Cádiz, vió por televisión ese ejercicio, pero que los marineros se aseguraban con arneses. ¡Hombre...! Pero lo cierto es que está bien, pues esos alardes de temeridad no tenian sentido.

En enero de 1963 nos presentamos en la E.T.A.N. JANER de San Fernando (Escuela de Artillería) los diecisiete que elegimos esa profesión. Cursamos estudios durante seis meses como alumnos especialistas y otros seis como cabos segundos. Estudios muy completos desarrollados en un buen ambiente y donde aparte de las materias esfecíficas de la artillería también se incluian asignaturas tales como Geografía o Matemáticas. Después vendrían dos años de prácticas en buques de guerra. Yo estuve ese tiempo entre las fragatas rápidas Furor y Rayo, ambas de la misma serie, con base en Cartagena (bueno, fuimos a Ferrol con la Furor, que se quedó allí y volvimos con la Rayo, ya modernizada). La vida a bordo era dura a veces y otras no tanto. La superestructura, (parte visible de la nave) se está picando y pintando constantemente, pero los Especialistas nos librábamos en ocasiones de los trabajos más duros, con la excepción de un riguroso suboficial que no hacía distinciones y a todos nos hacía coger el cubo de pintura, la piqueta y la brocha y ¡hale! a la faena. Como no podíamos desobedecer órdenes, nos dio por decir en alta voz para que lo escuchara: "Señora, ¿que su hijo no caga?, no se preocupe usted, no lo tire, métalo en la Marina y se va a cagar hasta en su puta madre". En lugar de arrestarnos, parece que se apiadó y a un compañero y a mí nos mandó pintar las letras y números de las amuras, situados encima de una guindola (andamio) colgada desde la borda, al menos era una labor casi artística, de pincel y no de brocha gorda.

De las mútiples navegaciones, algunas muy duras, solo voy a seleccionar dos: No recuerdo con exactitud si fue en 1964 o al año siguiente, cuando atracamos en el puerto de Vinaroz, donde la alcaldesa nos entregó una bandera de combate (desde nuestra partida de Cartagena nos acompañaba otro buque, creo que era el destructor Liniers). Además, coincidía con la famosa Fiesta del Langostino de esa importante población. Todo fueron agasajos y atenciones. Maravilloso. El regreso lo hicimos costeando, haciendo escala en Castellón, bordeando el impresionante farallón del peñón de Ifach en Calpe y recalando en Alicante. Buena comida, como era habitual en los buques de guerra. Teníamos hasta máquina para hacernos helados de postre. Vamos, como si de un crucero se tratase.

A Casablanca sí es seguro que llegamos en el verano 1964 (*) junto al resto de la flota que venía de Canarias. Era y es una ciudad muy populosa y combinaba entonces la modernidad francesa, pues hasta hacía pocos años formaba parte de su protectorado marroquí, con el exotismo árabe. La numerosa colonia de españoles, muchos aún exiliados de la guerra civil, hasta se emocionaban y nos abrazaban por las calles y con sus hijas, de edad aproximada a la nuestra, nos prepararon divertidas fiestas. Cerca de los barcos veiamos extasiados a chicas jóvenes ¡en bikini! practicando esquí acuático, algo que no habíamos visto nunca en la realidad. Se comenta que en los ejércitos se añade bromuro en la comida para apagar la libido juvenil. ¡Mentira! o al menos el de mi barco era de muy baja calidad. Inolvidable viaje.

En diciembre de 1965, cuando iba a ascender a cabo primero, estuve sopesando continuar en la Armada pues, aunque dura, me gustaba esa vida en los barcos, con una disciplina relajada, pero quedaban años para acceder a los cursos de suboficial, era un cuerpo de grandes exigencias y preparación. Creo que debe ser así. Finalmente, depués de tres años, cinco meses y cinco días, según consta en mi historial militar, opté por retornar a la vida civil. Pero aún hoy, cuando veo a los marinos, los siento como algo propio. Tal vez, como dice Serrat en su poética canción "Mediterráneo", siga teniendo alma de marinero.

Añadiré una anécdota que me parece graciosa y es que, estando en la Escuela de Artillería en San Fernado, había allí un soboficial muy riguroso, por eso le teníamos un poco de inquina. Era algo cargado de espaldas y un compañero "cañaílla" (así llaman popularmente a los nativos de esa ciudad) que era vecino suyo, decía con su habitual gracejo, que no es que fuera ligeramente jorobado, sino que la culpa la tenía su mujer, que le colgaba la chaqueta en una tinaja.

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Para asegurar el año de visita a Casablanca me baso en que , en 1964 estuvimos en Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife y en 1965 repetimos Las Palmas y después Puerto Rosario, en Fuerteventura. Curiosamente, en Tenerife nos programaron una visita al Valle de la Orotava, pero no pudimos acudir todos, entre ellos yo, por falta de plazas de transporte. Por el contrario, desde Casablanca, había que hacer un viaje a Rabat por asuntos protocolarios y de homenaje a la tumba de Mohamed V, abuelo del actual monarca marroquí y después ser invitados a una comida típica, pero parece que pocos fueron los que querían perderse uno de los tres días de atenciones particulares en esa ciudad. Así que nos formaron en las toldillas (cubierta de popa) y por el método electivo del: "Tú sí, tú no" se eligieron los "voluntarios". A mi me tocó el "no".

 

 

 

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viernes, 21 de diciembre de 2012

Sevilla, 1


Como anunciaba en la entrada del pasado 26 de noviembre -Torrelaguna-, llegué a la histórica y bella ciudad de Sevilla en la primavera de 1962, en días cercanos a la tan celebrada y artística Semana Santa. Lo recuerdo porque en el Ayuntamiento estaban expuestos los estrenos de las Hermandades próximas a procesionar. Comencé la convivencia con mi Casi (foto de cabecera), ya casada con Franciso, (Paco) y con dos niños, uno de poco más de un año y otro con escasos meses. Vivían en la calle Pavía, situada en el céntrico barrio del Arenal, prácticamente a la sombra de la Giralda. También residían en el domicilio: Ana (Anita), hermana de mi cuñado, el marido de ésta: José (Pepe) y dos hijos de este matrimonio: José Luis (Luis), muy joven entonces y María del Carmen (Mary), adolescente que ya empezaba a mocear. Desde aquellas lejanas fechas y hasta ahora, esas personas pasaron a formar parte de mi familia afectiva, pues si es importante la fuerza de la sangre según la Novela Ejemplar homónima de Miguel de Cervantes, todos sabemos que tanto o más lo es el "roce" y sobre todo el comportamiento. De ellos recibí todo su apoyo desde el principio.

A los pocos días de mi llegada a Sevilla, Pepe, (el Tito Pepe) ya me consiguió un empleo, ahora, para variar, en unos importantes almacenes de grifería, sanitarios de cuartos de baño y otros materiales para la construcción. Continuaba así mi variada actividad laboral, iniciada ya a los 13 años en mi Extremadura natal, como comentaba en uno de los epidodios dedicados a la infancia. Trabajaba, no por seguir ese mítico castigo bíblico sobre el bobalicón de Adán, que por dejarse engatusar por la picarona de Evita y comer el fruto prohibido, se condenaron y nos condenaron en adelante a comer el pan conseguido con el sudor de la PROPIA FRENTE. Desde temprana edad estaba mentalizado de que lo que NO HAY que hacer, si se está capacitado, es comer el pan conseguido con el sudor de FRENTE AJENA.

Pero mira por dónde, que en esa Semana Santa atracó el destructor Churruca en el muelle del Guadalquivir, justo antes de llegar al puente de San Telmo, que entonces era levadizo, para enfocar en la "madrugá" del Viernes Santo a la Virgen de la Esperanza a su paso por el puente de Triana, como era la costumbre, por tratarse de la virgen de los marineros. Espectáculo sobrecogedor, que hacía enmudecer a la multitud, al margen de creencias religiosas. La vista de un buque de guerra y el deambular de los marineros por la ciudad reavivaron mi espiritu aventurero y mi interés por ingresar en la Armada. Creo que el cartel de cabecera, que también formaba parte de una campaña publicitaria por televisión, es de años posteriores, pero creo que resulta adecuado y representativo para exponerlo aquí, pues es seguro que de alguna forma, la Marina me "llamó" y yo, abediente, me dije: Pues allá voy, a ver qué quiere de mí. Pero esto ya lo contaré en el siguiente capítulo y dejo éste así de resumido para aburrir menos al posible lector y porque, en realidad, transcurrieron pocos meses desde mi llegada a Sevilla hasta que acudí al reclamo marinero.

Espartaco



En noviembre de 1959, cuando yo llevaba poco más de dos meses viviendo en Torrelaguna y aún seguía ocioso, estaban reclutando personal de ese pueblo y de otros de la comarca para figurar como esclavos en el rodaje de la batalla principal de la película ESPARTACO, dirigida por Stanley Kubrick y protagonizada por Kirk Douglas. Tuve la suerte de ser seleccionado, y digo suerte no solo por lo que representaba para un chaval estar presente en un escenario bélico aunque fuera de ficción, sino por la paga de cien pesetas, ¡veinte duros diarios!, cifra entonces fabulosa no solo para mí, sino incluso para un padre o madre de familia, que ganarían entonces, por lo general, unas mil pesetas al mes aproximadamente.

A los pocos días comenzaron a recogernos en autobús por la mañana muy temprano para trasladarnos a unas enormes tiendas instaladas provisionalmente en unos campos del término de Colmenar Viejo. Allí nos abastecían de la indumentaria apropiada: Una manta agujereada en el centro para introducirla por la cabeza, con otros dos agujeros laterales para sacar los brazos y una soga para atárnosla en la cintura. También nos proveían del armamento necesario, totalmente heterogéneo, como es lógico suponer para un ejercito improvisado de esclavos rebelados contra el poder de Roma. Sorprendentemente, me encontré en el rodaje con un paisano mío que estaba haciendo la "mili" y nos jartamos de reír de nuestra apariencia; bueno, más él de mí y que yo de él, pues yo estaba hecho un adefesio, y en cambio, él lucía como un apuesto legionario romano.

Caminabamos después hasta una próxima vaguada verde, extensa, sin rocas, libre de árboles y con unos montes de fondo. Nos situabamos en una suave ladera de la misma pasadas las altas estructuras metálicas de control del rodaje y la zona donde estaban los carromatos con animales de tiro, se supone que con víveres y enseres, custodiados por personas de ambos sexos no combatientes. Los puestos de combate eran ocupados por hombres, muchos adolescentes, como era mi caso, pero no faltaban mujeres también. El primer día, para presumir de armamento ante mis compañeros, conseguí un escudo como el de los romanos y una lanza, pero resulta que ese escudo, curvado, en forma de rombo truncado y adornado con unos rayos de latón, pesaba de lo lindo y cuando nos hicieron dar algunas carreras yo, con mi liviana corpulencia, quedé exhausto. Como éramos una multitud de varios miles de personas, no tuve excesiva dificultad en deshacerme de tan pesado material y agenciarme un escudo redondo de aluminio y una espada corta del mismo metal, réplica de la famosa gladio romana. Eso era ya más ligero de manejar durante toda la jornada. En adelante, perdí todo afán de presunción.

A lo lejos, en la ladera de enfrente y con un fondo montañoso, se situaban las legiones romanas en formación de combate, encarnadas por militares del ejército español, creo que de un campamento próximo. Cuando les daban órdenes de atacarnos, lo hacían con un despliegue perfecto, con los centuriones a caballo, cubiertos con los típicos cascos adornados con penachos rojos. Como eran días fríos pero soleados, a veces nos llegaban los destellos de los rayos metálicos de los escudos y a medida que se acercaban escuchábamos el ruido que hacian sus faldellines de tiras de cuero con incustraciones también metálicas. Cuando estaban muy próximos, la vanguardia realizaba rápidos movimientos de maniobra. Puedo asegurar que el espectáculo era asombroso, enervante y a veces nos hacía hasta enmudecer.

Yo, muy valiente, me situaba a la derecha en primera línea, a la izquierda según se mira la pantalla como se muestra en esta escena que enlazo de You Tube (claro está que es imposible reconocer a nadie en tal multitud y con enfoques tan fugaces), junto a unos rollos de cañizo impregnados de un líquido inflamable y al lado de unos extras verdaderos, corpulentos y con las piernas brillantes de algún tipo de maquillaje. Cuando nos ordenaban atacar, estos extras prendían los rollos y haciéndolos rodar en llamas, los seguíamos corriendo hacia los romanos. La verdad es que, aunque éramos conscientes de la ficción, se nos despertaba el "ardor guerrero". Quizá hubiera sido capaz de atacar con mi espada y luego me hubieran puesto en la cartilla militar no eso de: Valor, SE LE SUPONE, sino SE LE RECONOCE. Hombre... no hubiera estado bien. ¿Y si, casualmente, hubiera herido a mi paisano?

Nuestra actuación duró solo tres días, fue una pena por la pérdida de jornadas tan aventureras, aunque a veces la acción se hacía pesada por las continuas interrupciones para hacernos repetir la misma escena, pero lo más doloroso fue perder tan elevado sueldo, que casi ahorrabamos en su totalidad. Por ejemplo, mis amigos y yo solo gastabamos cinco pesetas a mediodía en un refresco y un bocadillo. Como soy un poco fanfarroncete, cuando machaconamente repito aquella vivencia, digo que Kirk Douglas fue compañero mío de reparto.

P. D. Esta entrada fue incluida en el blog el pasado 9 de diciembre, fecha que coincidia con el cumpleaños de Kirk Douglas, algo que no sabía y curiosamente con el mio, algo que "casi" no sabía, pues procuro olvidarlos tradicionalmente, aunque no falta alguien que me lo recuerde y me "de el día", pero mira por donde que por "pinchar" donde no debía y no atender la propia advertencia del ordenador, quedó borrada de forma definitiva. 

 

 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Torrelaguna



Corría el año 1959 cuando mi hermana Chari con su niño de unos meses nacido en Aranjuez, se trasladó a vivir a Torrelaguna, siguiendo a su marido que había encontrado trabajo de conductor (también era un experto mecánico) de un camión para el acarreo de materiales para unas obras de ampliación que se estaban realizando entonces en el Canal de Isabel II que abastece de agua a Madrid. Torrelaguna es un pueblo situado hacia el norte de la comunidad madrileña y no muy lejos de la sierra. Como esa hermana se hizo la principal responsable de atenderme, pues yo aún contaba con 15 años, dejé el trabajo en la tienda de Aranjuez y me fui a vivir con ella, llegando a Torrelaguna a principios de septiembre del año citado.

Un tiempo depués encontré un nuevo empleo, esta vez de aprendiz de chapista, con dos profesionales que habían llegado de Madrid aprovechando el aumento temporal de la flota de vehículos. Pero cuando ya estaba haciendo mis "pinitos" con la soldadura autógena con bombonas de oxígeno y acetileno a presión (incluso conocí los antiguos gasogénos de carburo), mi aprendizaje quedó truncado por la inesperada desaparición de la escena de esos individuos, que no dejaron ni rastro. Resultaba gracioso ver por el pueblo algunos vehículos parcheados con las imprimaciones previas al pintado y a los dueños con un cabreo tremendo porque en algún caso hasta habían anticipado dinero. La "gracia" también me salpicaba a mí, que no cobré ni un duro después de varios meses de trabajo.

Durante una temporada de paro forzoso, yo acompañaba ocasionalmente a mi cuñado en sus viajes, más por entretenimiento que como ayudante, que tampoco era necesario. Pero terminadas las obras o reducidas a un mínimo de trabajo, él precisó un nuevo empleo que consiguió finalmente como conductor en La Quesera Torrelagunense, conocida popularmente en el pueblo como La Quesería. No tardé mucho en incorporame también a esa empresa, o sea, que ahora, para variar, me convertí en quesero.

Mi cuñado y yo salíamos de madrugada con el camión para ir recogiendo la leche de oveja entre los ganaderos de la comarca, por territorio de las provincias de Madrid y Guadalajara. Los inviernos en esas estepas castellanas son gélidos, por lo que pasabamos un frío tremendo, pero al cabo de un tiempo yo estaba integrado en la completa elaboración de los quesos y sus derivados. Se aprovechaba todo, hasta el suero final servía de alimentación a los cerdos de las dos familias propietarias que además eran ganaderos y agricultores y vivían en los laterales del edificio de la fábrica y disponían cada una de un extenso corral. Durante la larga temporada de fabricación, el trabajo era intensisímo y de muchas horas diarias y los empresarios trabajaban al unísono con los empleados, solo descansabamos las tardes de los domingos. Ignoro el índice de paro del pueblo, pero tenía que ser muy alto. ¡Coño, si todo el trabajo lo teníamos acaparado nosotros!

En verano, la actividad se reducía a producir los pocos quesos de algunas partidas de leche recogida por compromisos adquiridos y de esa elaboración me solía encargar yo. La primera vez, por impericia con el cuajo, me "cargué" unas veinte piezas que correspondían al total de la fabricación de la jornada. Pero no pasó nada, fueron "gajes del oficio" y, en adelante, todo me salió correctamente. Como empecé a trabajar siendo un adolescente de 16 años las familias propietarias me tenían mucho aprecio y yo también a ellas. Por el poco trabajo en esa época del año tenía tiempo libre, así que me empleaban como comodín, encargandome variadas y suaves tareas agrícolas. Allí pudo estar mi futuro laboral, pero a pesar de la constante atención de mi hermana Chari, por causas que no vienen al caso, determiné cambiar de aires y trasladarme a Sevilla para vivir con mi hermana menor. Mi Casi. Pero eso ya es otra historia.

Bueno, añadiré a modo de anécdota dos casos que me ocurrieron trabajando en La Quesería: Había dos ganaderos cercanos a Torrelaguna, uno en una finca llamada La Casa Oficios y otro en Redueña, un pueblecito próximo. La recogida de la leche en esos casos, si no le venía bien al camión, se hacía de forma particular. Una vez me enviaron a Redueña con un pequeño carro tirado por una mula, cuando en una cuesta abajo próxima a un puente, el animal cogió carrera y yo no supe dominar la situación, pues ya he dicho en otras ocasiones que yo era hijo de "artista" y no entendía nada de animales de tiro ni de campo. Salí indemne de forma sorprendente, pero con mucho miedo y dije que yo no era carrero en adelante. En otra ocasión regresaba de La Casa Oficios montado en un burro grande muy vivo, de color blancuzco, cuando de pronto el pollino de puso cachondo olfateando una burra que iba delante y se desbocó con la calentura sin que yo pudiera atajar su trote. Terminé descabalgado, maltrecho y rodeado de los cántaros abollados o con la leche derramada por las costuras de estaño despegadas. En adelante, las más de las veces, para este ocasional acarreo, cabalgaba yo en otro burro de caracteristicas opuestas: Era de color negro, pequeño, vago, lento, vamos un penco en toda regla, pero eso sí, seguro porque a aquel jumento no se le hubiese ocurrido, no ya trotar, siquiera aligerar el paso, ni por una burra propicia a mano.


Me quedó en el "tintero" contar que, en diciembre de 1959, fuimos en autobús gratuíto desde Torrelaguna a Madrid jovenes de ambos sexos y supongo que de todos los pueblos próximos a la capital, para figurar como espectadores en el Paseo de la Castellana, ante el recorrido en coche de Franco y Eisenhower, presidente de los Estados Unidos. Fue un hecho histórico y, simplemente, así lo expongo.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Aranjuez, 2



Con la entrada Aranjuez,1 finalizaron los relatos dedicados a mis vivencias infantiles, salvo que me haya quedado alguna anécdota en el "tintero" que considere interesante agregar, al menos para mis recuerdos y entretenimiento.

Regreso a esa población en el verano de 1958, donde continuaba mi hermano Quico y había llegado mi hermana Chari, cada uno ya casados, mi hermano incluso con una niña de apenas un añito. También estaba ya allí mi padre, mientras mi madre quedaba hospitalizada en Madrid, como era frecuente. Mi hermana menor, Casi, vivía en Sevilla y mi hermana Lelo, que como comenté en ocasión anterior, quedó en el pueblo para la eternidad en plena juventud. Es notorio que ya no antepongo el posesivo MI directamente ante el nombre de los hermanos y otros seres queridos como era lo habitual en Extremadura, no porque ya no sintiera así, sino para sintonizar con el habla de la zona. En una ocasión que dije a un amigo: "¡Mira, por ahí pasa tu Chari!", me contestó: "¿Mi Chari?, será mi hermana Chari". Bueno, es cuestión de narrativa, en este aspecto sigo pensando como en mi infancia extremeña.

Con ese viaje, me sumo ya definitivamente a la segunda fase de la emigración, al éxodo extremeño, originado por motivos económicos y cierto trasfondo político, precedido unos años por la colonización del Plan Badajoz, donde dieron vivienda y parcela a algunas familias campesinas y continuado a principios de los años sesenta por la demanda de mano de obra, incluso sin cualificar, por parte de algunos paises europeos del entorno, principalmente Alemania. En consecuencia, el número de habitantes del pueblo y de Extremadura en general quedó reducido de forma muy considerable.

Desde febrero hasta agosto de 1959 me incorporé al mundo laboral, trabajé en una importante tienda, Ultramarinos Tejedor, donde incluso me dieron de alta en la Seguridad Social de entonces. Después de los descuentos, me quedaban unos ingresos netos de 217,43 pesetas mensuales y una paga extra en julio de 108,72 pts., según consta en las nóminas que aún conservo. En realidad, ya había trabajado en Campillo desde los 13 años en un comercio de tejidos, donde fui tratado como un miembro más de la familia. Pero como contraste y costumbre, allí, y creo que en toda la zona, consideraban que un aprendiz cobraba solo con eso, con el aprendizaje de un oficio. Curiosamente los niños que trabajaban en el campo por cuenta ajena percibían una paga, aunque escasa, o al menos la manutención de la jornada.

Aún así, me podía considerar afortunado, pues los hijos de los campesinos asalariados o poco hacendados, se incorporaban al trabajo a edad más temprana y abandonaban la escuela, al menos de forma regular. Era necesario para la economía familiar. Ignoro la existencia de leyes sobre la edad mínima para el trabajo infantil, pero de existir, éstas se infringían de forma regular. Mi caso fue como el de otros muchos de la España de entonces, todavía con secuelas de la pasada y cruenta Guerra Civil, o sea, el de un estudiante frustado, pues la enseñanza media y sobre todo la superior, era un privilegio que solo se podían permitir las clases acomodadas, máxime si para cursar esos estudios tenías que trasladarte y vivir en las ciudades que contaban con universidades. La excepción la constituían algunos mecenazgos o casos de pérdidas de vocación tras el paso por el Seminario. Así que conmigo "murió" un estudiante vocacional, pero vivió un constante lector desde la infancia.

Pero bien, yo era feliz en mi tienda de Aranjuez y durante los fines de semana deseaba que llegara el lunes para ponerme detrás del mostrador a despachar. Me sentía importante. Por pura casualidad allí trabajaba uno de mis escasos amigos (me sentía un poco desarraigado), a quien curiosamente conocía desde mi primera estancia en 1955. Ese chaval, Félix, a quien no he visto desde entonces, era de mi misma edad, pero ya mucho más desenvuelto que yo en amores y amoríos. Nos juntabamos mucho, siempre estaba de buen humor y con su eterna cantinela:

Tu madre me ha dicho feo,

tu madre me ha dicho feo,

otra vez que me lo diga,

saco la picha y la meo.

También, empleando el tonillo de la "Polka del Barril de Cerveza", canturreaba repetidamente:

Estoy loco,

estoy loco,

estoy loco de contento,

tengo pelos en el "jeve"

y de noche me los cuento,

tengo más de ciento nueve.

No he conseguido averiguar a que se refería con eso del "jeve", ni sé si se escribe con be o con uve. Me imagino algo de las "partes bajas" o , lo más posible, una palabra inventada para la rima con nueve. Lo cierto es que esas letrillas verderonas y picarescas, aprendidas en la infancia o adolescencia, quedan grabadas en la mente de por vida.

Se me olvidaba y aunque sea como apostilla, añadiré que en 1958 vi por algunas calles de Aranjuez a Vicente Parra y Paquita Rico paseando en carroza, rodando parte de la película: "¿Dónde vas, Alfonso XII?"

lunes, 5 de noviembre de 2012

Aranjuez, 1



Como ya anticipaba en la entrada del pasado 5 de agosto, titulada "El arroyo", estuve una temporada en Aranjuez al amparo de mi hermano Quico y con unos familiares por parte materna. Esto ocurría entre finales del invierno y principios del verano de 1955, o sea, durante algo más de cuatro meses. No recuerdo con precisión las fechas.

Tan a su amparo estaba, que una tarde que se me rompió una sandalia me acerqué al taller donde trabajaba y lo localicé haciendo una reparación bajo un pequeño camión, le expliqué la situación y que yo no me iba de allí hasta que me comprara unas sandalias nuevas, porque los niños se reían de mí. Su lógica respuesta, aunque yo entonces no lo entendiera así fue: ¡Niñooo, me quieres dejar hasta que termine de trabajar y luego te las comproo!. Yo, empecinado en mi postura, no me avenía a razones y no paraba de insistir, pero al final no tuve más remedio que esperar al final de la jornada para que me las comprase. Esta sería una escena clásica del cine neorrealista italiano que tanto me gusta, pero que en aquella ocasión no era neorrealismo, sino , simplemente realismo. Pobre hermano mio, que tardecita le hice pasar.

Esos familiares a los que me refería al principio de la narración eran una tía de mi madre y sus siete hijos, tres varones y cuatro hembras, todos ya casados excepto las dos menores, así que en ausencia de mi hermano durante la jornada laboral, yo recorría sus casas donde me trataban con cariño, salíamos a veces a pasear e incluso acompañé en varias ocasiones a una de las solteras a la recogida de fresas en los campos propiedad también de otro familiar. Yo en realidad me lo tomaba como una jira campestre, correteaba por el entorno y no paraba de comer fresones recién cortados de la mata, más grandes y dulces para el paladar de un niño que las fresas, aunque éstas tenían un precio sensiblemente superior. (Actualmente solo se ven fresones en el mercado, aunque erróneamente los llamen fresas). Pero a pesar de las atenciones, de la frondosidad y belleza de los jardines por donde paseabamos y el caudal del río Tajo, mi mente infantil añoraba "mi arroyo", los campos de olivos, las extensas dehesas (decíamos jesas) extremeñas por donde correteaba, los frecuentes planeos de los buitres sobre el pueblo y más que nada, a mis amigos.

Para no perder el contacto con el pueblo mantenía correspondencia con un primo y amigo, metía las cartas en unos pequeños sobres azules muy baratos que había entonces y le pegaba un sello de Franco. Especifico de Franco porque no hacía mucho tiempo que el cartero me entregó una carta en la puerta de mi casa en Campillo, posiblemente de mi hermano y comprobé sorprendido que el personaje que venía en el sello no era Franco como siempre, sino otro, no recuerdo quién y entré gritando: ¡Mirad, hoy no viene Franco en el sello, viene el Gobierno!. Pensaba yo que el Gobierno al que se referían los mayores era una persona en concreto, pero ya en Aranjuez sabía que el Gobierno era los ministros y otros hombres que mandaban mucho, sí, pero que Franco mandaba más que todos ellos juntos.

¡Qué diera por conservar aquella correspondencia aunque ahora su lectura me hiciera brotar las lágrimas!, por aquello de que traer tiempos pasados a la memoria dan más pena que gloria. Pero aún quedan en mi mente dos noticias de las que intercambiabamos, a saber: Yo le comentaba a mi primo que en Aranjuez, los aparatos, como llamabamos en el pueblo a los aviones, pasaban tan bajos que se veían hasta los pilotos. En realidad los confundía con las avionetas que sobrevolaban ocasionalmente la ciudad. Mi primo me escribió una vez muy contento diciendome que le habían regalado como una pluma, a la que se achuchaba arriba y salía una punta con una bolita que escribía muy bien y ya no necesitaba el tintero. Describía los primeros bolígrafos que veíamos y, en realidad, esto no resultaba tan extraño habida cuenta que se trataba de un invento extrajero reciente, solo de la década anterior y que tardaron unos años en popularizarse.

Por fin regreso al pueblo y además en verano con todo el tiempo libre para mis juegos y correrías, pero mira por dónde, al principio serví de burlas y risas a mis amigos, porque por lo visto, con esa rápida asimilación de los niños, yo venía muy finolis, pronunciaba las esesss del final de las palabras y la jota muy sonora en vez de la hache aspirada extremeña. Pero fue un tiempo efímero, en breve recuperé mi propio acento y todo volvió a la normalidad.